Back Historia de la estupidez humana Save as PDF
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

La palabra tiene muchos significados: bajeza, mezquindad, vulgaridad, acto bajo o mezquino. Pero la mejor traducción es servilismo.
La palabra servilismo proviene del latín servus, servidor; pero en Occidente el servidor rara vez o nunca ha sido abyecto esclavo. Pocos son los amos que exigieron que se les besara o lamiera las botas. En Inglaterra esa actitud fue siempre objeto de desprecio; en los Estados Unidos decayó y murió, ahogada por el vigoroso aire de la democracia.
Pero el servilismo reviste muchas formas, y el servilismo del cortesano fue siempre el más estúpido de todos. Este servilismo se expresa del modo más notable y vigoroso en la actitud que afirma que “la sangre real no es motivo de deshonra”. Tanto el simple burgués como el altanero par se sentían igualmente orgullosos y felices de que sus hijas, o quizás la propia esposa, sirvieran al placer del príncipe o del monarca. El adulterio fue un pasatiempo en Francia bajo Luis XII, la norma bajo Luis XIV y un deber durante la Regencia. La Chronique scandaleuse de las cortes abunda en episodios de esta naturaleza. Su expresión culminante fue quizás el famoso Pare de Cerfs de Luis XIV. Pero las galantes aventuras de Carlos II o las aventuras eróticas de Augusto el Fuerte fueron apenas menos generales y famosas. En Galanteries des rois de France, de Sauval; en Les favorites des rois de France, de Chateauneuf; en Amours et galanteries des rois de France, de SaintEdna, o en los seis volúmenes de Jean Hervez (La Régence galante; Les maitresses de Louis XV, etc.) el estudioso de los recovecos de la historia hallará amplio material. La Saxe galante, el libro del barón Pollnitz sobre la vida amorosa de Augusto el Fuerte, alcanzó una docena de ediciones. No hay escasez de material cuando se investiga la estupidez del servilismo.
El cocu, el esposo cornudo, es figura bastante familiar. Hay muchas teorías sobre el motivo de que se atribuya al esposo engañado la posesión de cuernos visibles o invisibles. “Llevar cuernos”, dice el Brewer Dictionary of Phrase and Fable, “es ser marido engañado. Es probable que esta antigua expresión se relaciones con la caza. En la estación del apareamiento, el ciervo elige varias hembras, que constituyen su harén, hasta que otro ciervo desafía sus derechos. Si cae derrotado, permanecerá solo hasta que encuentre un ciervo más débil, que tendrá que abandonar su propio harén. Como los ciervos tienen cuernos, y otros machos les arrebatan sus compañeros, es evidente la aplicación a la frase en cuestión”.
Pues yo creo que es cualquier cosa menos “evidente”; pues en el caso de los ciervos el “cornudo” es el macho fuerte, el que tiene éxito; sin embargo, hay otras teorías: Llevar cuernos: Esta expresión se origina en la antigua práctica de adherir o injertar las espuelas de un gallo castrado a la raíz de la cresta extirpada, donde crecían y se convertían en cuernos, a veces de varias pulgadas de longitud.
En apoyo de esta teoría se hace referencia a la palabra alemana Hahnrei, de la que se afirma que significa tanto capón como cornudo. El único inconveniente de esta teoría reside en que capón, en alemán, no es Hahnrei, sino Kapaun o Kapphahn. De todos modos, podemos dejar el problema librado a la sabiduría de los filólogos.
Hay una explicación más probable, que relaciona al cornudo y a sus cuernos con Andrónico I, emperador de Bizancio, que reinó durante dos años y fue nieto de Alejo I (Comneno). Gran parte de su vida sufrió las consecuencias de su propia conducta, harto licenciosa. Pasé doce años en prisión hasta que, en un intento de recuperar el poder, fue derribado por Isaac Angelus y asesinado por la multitud enfurecida. Elegía sus amantes entre las esposas de los dignatarios de la corte. Como forma de compensación, se regalaba al esposo un extenso territorio o parque de caza; y corno símbolo de su nueva propiedad, el beneficiario podía clavar las astas de un ciervo sobre la puerta de su residencia. Y todo el que pasaba frente a una puerta así cornificada podía hacerse una idea bastante clara del grado de fidelidad conyugal de ese hogar.
Equivocada o cierta, por lo menos esta explicación refleja la opinión y la creencia públicas.
Véanse las reacciones de Edward Hyde, Lord Clarendon, cuya hija Ana se convirtió en esposa secreta del duque de York, el futuro Jacobo II. Lo abrumaba la idea de que la realeza “se había mezclado con sangre común”, aunque en el caso se tratara de su propia hija. Y en una reunión del Consejo se expresó así:
“Prefería con mucho que su hija fuera la prostituta del duque, y no la esposa; pues no estaba obligado a proteger a una prostituta del más grande de los príncipes; y que la indignidad que él mismo padecía, con placer la sometería al mejor juicio de Dios.
“Pero si hubiera razón para sospechar la existencia de otra situación, estaba dispuesto a emitir un juicio positivo, con el cual, así lo esperaba, habrían de coincidir sus señorías:
“Que el rey ordenara el inmediato envío de a mujer a la Torre, donde debía ser encerrada en una mazmorra, bajo estricta guardia, para que nadie pudiera verla; y que luego se aprobara un acta del Parlamento, para que se la decapitara… a lo cual no sólo prestaría su consentimiento, pues de buena gana sería el primero en proponerlo…” (Clarendon, Life).
No es de extrañar que el conde perdiera el favor de Carlos II, ni que fuera acusado y desterrado, y acabara sus días en el exilio. Su peculiar sentido moral era, hasta cierto punto, servilismo a la inversa; no hubiera tenido inconveniente en que su hija fuera concubina del duque de York, pero la consideraba indigna de ser la esposa del duque de modo que, contra su propia voluntad, vino a ser el abuelo de la reina María y de la reina Ana.
En el hogar de una familia de clase media de la ciudad de Augsburgo se conserva el recuerdo de un episodio más inocente. Allí, bajo vidrio, está el retrato de cera y la golilla de encaje de Gustavo Adolfo, rey de Suecia. Relata la historia de estas reliquias una tableta de mármol adherida al vidrio:
“Esta golilla fue usada por el rey de Suecia, Gustavo Adolfo, que la regaló a mi bien amada esposa, Jacobina Lauber, en ocasión de la visita del muy respetado rey a Augsburgo. Como mi bien amada esposa era la más hermosa doncella de nuestra ciudad, fue muy graciosamente elegida por Su Majestad como compañera de danza en el baile de gala organizado por el alcalde y los regidores. El motivo del gracioso don fue que, cuando Su Majestad intentó entretenerse con la doncella arriba mencionada, ella rechazó con virginal modestia ciertas familiaridades, y causó con sus dedos los agujeros que se observan en esta golilla.”
La golilla exhibe considerables deterioros, lo que demuestra que el encuentro fue más que tormentoso. Se la ha considerado una curiosidad notable, pues en su Den kwürdigkeiten (Memorabilia, Ulm, 1819) Samuel Bauer le consagra un capítulo entero.
El conde La Garde, en sus memorias sobre la vida alegre del Congreso de Viena (1815), relata la aventura de la condesa húngara Kohary. Después de una función de gala, el numeroso público que descendía la gran escalinata de la Ópera se vio obligado a esperar que los diversos emperadores y reyes subieran a sus respectivos carruajes. En medio de la apretada multitud alguien tuvo la malhadada idea de pellizcar a la condesa en un lugar particularmente delicado de su anatomía. La condesa era una altiva belleza magiar, y sin vacilar se volvió y aplicó al ofensor dos violentas bofetadas. Y no se intimidó al descubrir que se trataba de Lord Steward, medio hermano de Lord Castlereagh y embajador británico en Viena.
Durante los siglos XV y XVI los zares de Rusia elegían esposa de acuerdo con un método un poco extraño. Organizaban en todo el país la búsqueda de candidatas y las reunían en Nidji-Novgorod, la capital, donde se celebraba un gran concurso de belleza. Eran elegibles todas las muchachas sanas y bellas, sin que importara que fuesen ricas o pobres, nobles o plebeyas. He aquí el úkase emitido por Iván el Terrible en 1546:
“En nombre de Iván Vassilievich, Gran Príncipe de todas las Rusias, dado en Novgorod, nuestra capital, a los príncipes y boyardos que habiten a una distancia de cincuenta a doscientas verstas de Novgorod. He elegido a N……. y a N……. y les he confiado la tarea de examinar a todas aquellas de vuestras hijas que puedan hallarse en condiciones de ser nuestra prometida. Tan pronto recibáis esta carta, los que tengan hijas solteras deberán acudir inmediatamente con ellas a Novgorod Grande… Quienes oculten a sus hijas y no las presenten a nuestros boyardos se atraerán grandes desgracias y terribles castigos. Circulad esta carta entre vosotros, sin que esté más de una hora en poder de cada uno.”
Una vez que los enviados del zar habían seleccionado a las candidatas de cada capital de provincia, las más bellas eran enviadas a Moscú. El primer zar que eligió esposa en tan singulares condiciones fue Vassili Ivanovich. En Moscú se reunieron mil quinientas jóvenes, cada una de ellas acompañada de su familia. Iván el Terrible eligió del mismo modo a su primera y bien amada esposa, Anastasia Romanov. Su tercer matrimonio fue también resultado de un concurso de belleza del que participaron dos mil jóvenes, Después de cuidadosos exámenes, este numeroso grupo quedó reducido a dos docenas de muchachas, y luego a una docena, todas atentamente revisadas por médicos y parteras. Las doce jóvenes eran igualmente sanas y fuertes, e igualmente bellas. Después de mucha reflexión, el zar eligió a María Sobakin y (puesto que se había tomado tanto trabajo) eligió también novia para su hijo Iván, una muchacha llamada Eudocia Saburov.
El príncipe A. Galitzin relata que, después de enviudar, Alexis Romanov hizo una visita al boyardo Matveev, propietario de una bella y bien organizada finca. El dueño de casa presentó ante el zar a la joven Natalia Narichkin, huérfana de un viejo amigo. Alexis se enamoró de ella y pocos días después regresó a pedirla en matrimonio. Matveev cayó de rodillas y rogó al zar que no violara la costumbre; si se casaba con la joven sin el habitual concurso de belleza, tanto la joven como Matveev, que era su tutor, serían asesinados por los rivales encolerizados. Alexis aceptó; sesenta jóvenes fueron enviadas al Kremlin, y se efectuó un concurso falso, en el que todo estaba resuelto de antemano. Natalia contrajo matrimonio con Alexis y fue madre de Pedro el Grande.