Back Historia de la estupidez humana Save as PDF
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

Se levanta el telón… y comienza la ceremonia del despertar. El rey descendía del famoso lecho colocado en el centro preciso del palacio… el foco de Versalles, del mismo modo que el sol era el centro del sistema solar, y el Rey Sol lo era de su corte. Después de breve plegaria, el jefe de lacayos derramaba sobre las manos reales unas pocas gotas de eau de vie perfumada, las que representaban las abluciones. El Primer Chambelán ofrecía las zapatillas reales, luego entregaba la bata real al Gran Maestre del Guardarropa, y ayudaba a Su Majestad a vestirla. El rey se sentaba en su sillón. El barbero de la corte quitaba el gorro de dormir real y peinaba los cabellos del monarca, mientras el primer Chambelán sostenía un espejo.
No se trata de detalles muy interesantes, pero en la vida de Versalles poseían enorme significado y gran importancia. Acomodar las zapatillas en el pie real o ayudar a Su Majestad a ponerse la bata representaban señalados favores que todos los cortesanos envidiaban amargamente.
El orden estricto que se seguía durante la ceremonia fue establecido por el propio rey, y debía ser acatado sin el más leve desvío. Hasta el día de la muerte o enfermedad final del monarca, el primer chambelán fue siempre el encargado de acercarle las zapatillas, y el Gran Maestre del Guardarropa se ocupó en pasarle la bata. Proponer un cambio del ceremonial hubiera sido inconcebible y habría equivalido a una revolución.
Esta era la primera parte, el aspecto íntimo del despertar. Seguía luego el segundo acto, más solemne.
Los servidores apostados a la entrada de la habitación abrían las amplias puertas. Entraba la corte. Duques y pares, embajadores, mariscales de Francia, ministros de la Corona, presidentes de los parlamentos… dignatarios de todo tipo y pelaje. Ocupaban los lugares cuidadosamente establecidos de antemano, del lado exterior de la barrera dorada que dividía el dormitorio en dos partes, y contemplaban el espectáculo con silenciosa ansiedad. Era, ciertamente, un espectáculo de gran gala, en el cual representaba el primer papel, como siempre, el supremo dignatario y principal actor de Francia.
Escena primera: El rey se quita la bata. El Gran Maestre del Guardarropa ayudaba por la derecha, el jefe de lacayos por la izquierda. Sin duda, la bata era una prenda menos trascendente que la camisa. Mucho más complejo era el acto en virtud del cual el rey se despojaba de la camisa de noche y se ponía la camisa de día. Un caballero de cámara la entregaba al primer chambelán, que la pasaba al duque de Orleáns, cuyo rango sólo era inferior al del propio rey. El rey recibía la camisa de manos del duque, se la ponía sobre los hombros, y con la ayuda de dos chambelanes se quitaba la camisa de noche y se acomodaba la de día.
La función de gala continuaba. Los funcionarios de la corte ayudaban a Su Majestad a completar su arreglo, a ponerse los zapatos, a asegurar las hebillas de diamantes, a colgar la espada y la cinta de la orden elegida por el monarca. El Gran Maestre del Guardarropa (generalmente el duque de más edad) desempeñaba un papel importantísimo. Sostenía en sus manos las ropas usadas el día anterior mientras el rey retiraba los pequeños objetos de uso diario y los trasladaba a los bolsillos de la ropa que estaba vistiendo; también presentaba al monarca en una bandeja de oro, tres pañuelos bordados, para que el rey eligiera uno; y entregaba a Su Majestad el sombrero, los guantes y el bastón.
En los días nublados, si se necesitaba luz, se daba también una oportunidad a algún miembro del público. El chambelán principal preguntaba en voz baja al rey quién debía sostener el candelabro. Su Majestad nombraba a este o a aquel dignatario, que con el pecho hinchado de orgullo se encargaba de sostener el candelabro de dos brazos durante el tiempo que duraba el tocado real. Obsérvese bien: candelabro de dos brazos… pues Luis había regulado también el empleo de velas y de candelabros en el complicado sistema de la etiqueta de la corte. Sólo el rey tenía derecho a un candelabro de dos brazos, los demás debían contentarse con un candelabro de un brazo.
Este principio fue aplicado a todos los aspectos de la vida. Luis gustaba de las chaquetas recamadas de oro… por consiguiente, hubiera sido inconcebible que el mortal común usara nada semejante. Pero, como raro favor, permitía que ciertos individuos meritorios recamaran de oro sus chaquetas. Se otorgaba un permiso escrito, firmado por Su Majestad y refrendado por el primer ministro. Esas chaquetas tenían un nombre especial: justaucorps á brevet, chaquetas certificadas”.
Cuando el espectáculo cotidiano concluía, el rey abandonaba la cámara y los cortesanos lo seguían. Pero en la cámara real se desarrollaba entonces una breve “ceremonia secundaria”. Era preciso arreglar el lecho real. No, por cierto, apresuradamente, como suele ocurrir con la mayoría de las camas comunes. Este procedimiento tenía también sus reglas escritas. Un lacayo se colocaba a la cabecera de la cama, y el otro a los pies, y el tapicero de palacio arreglaba el augusto lecho. Debía hallarse presente uno de los chambelanes, con el fin de vigilar el cumplimiento de las reglas de la operación.
La propia cama, lo mismo que los restantes muebles o artículos de uso cotidiano, debía ser tratada con el debido respeto. Quien pasaba la barrera que dividía la cámara estaba obligado a realizar una genuflexión ante el lecho.
La costumbre del despertar fue adoptada por muchas cortes europeas. Johann Küchelbecher describe en 1732 una ceremonia semejante en el Hofburg de Viena. La principal diferencia era aquí que el rey cumplía la ceremonia en una habitación cercana a la cámara, a la que entraba cubierto con una bata. Allí, sus chambelanes lo vestían, lavaban y peinaban. El lever de los Habsburgo era más exclusivo que el de Versalles; no se admitía a nadie sin un examen estricto de sus antepasados y de la pureza de su sangre.
Aún más complicado era el ceremonial de la mesa.
Cuando llegaba el momento de la comida de Luis XIV, el ujier principal golpeaba con su bastón la puerta de los Guardias Reales, y reclamaba en voz alta: “¡Caballeros, cubierto para el Rey!” Cada uno de los oficiales de la Guardia Real recogía el plato o cubierto que le había sido encomendado, y la procesión se encaminaba hacia el gran salón comedor; a la cabeza marchaba el ujier principal, luego los oficiales, y a ambos lados los guardias. Depositaban la carga sobre la mesa de servicio, y por el momento sus funciones habían concluido; tender la mesa era tarea de incumbencia de otros funcionarios de la corte. Una vez que habían cumplido su misión, el chambelán de servicio cortaba el pan e inspeccionaba la vajilla. Después de comprobar que todo estaba en orden, el ujier principal rugía nuevamente: “¡Caballeros, carne para el rey!”
Los guardias se ponían en posición de firmes y cierto número de dignatarios de la corte marchaban a la habitación vecina, donde examinaban atentamente los platos destinados a la mesa real. El chambelán de la corte los disponía en correcto orden; luego tomaba dos rebanadas de pan y las empapaba ligeramente en la salsa o jugo de las viandas. Probaba una y ofrecía la otra al mayordomo principal. Si estos altos dignatarios consideraban que los platos tenían buen sabor, la procesión se formaba nuevamente; a la cabeza se colocaba otra vez el ujier principal con su bastón, detrás el chambelán de la corte con su vara de oro, luego el chambelán con un plato, el mayordomo principal con el segundo, el inspector de la cocina real con el tercero, y detrás varios dignatarios de diferentes categorías. Los platos eran escoltados por guardias armados de carabinas… ¡probablemente para evitar que alguien robara los alimentos!
Una vez que los preciosos alimentos habían llegada al comedor, se anunciaba al rey- con arreglo a formalidades estrictamente prescritas- que el almuerzo o la cena estaban servidos. El servicio de la mesa era tarea de seis nobles chambelanes. Uno cortaba la carne, otro la servía, el tercero la ofrecía, y así sucesivamente. Cuando el rey deseaba beber, el copero de la corte exclamaba: “¡Bebida para el Rey!”
Doblaba la rodilla frente a Su Majestad, se dirigía a la alacena y recibía del bodeguero de la corte una bandeja con dos jarros de cristal. Uno contenía vino, el otro agua. Otra genuflexión, y entregaba la bandeja al chambelán encargado del servicio; este último mezclaba un poco de vino y agua en su propio vaso, probaba el líquido, y luego devolvía la bandeja al copero. Después de este procedimiento solemne y ceremonioso el rey podía beber al fin.
Con cada plato se repetía la misma ceremonia.
Cuando el día tan minuciosamente regulado acababa y el rey se retiraba, se reproducían las ceremonias del lever, pero a la inversa, como en un film que la cámara pasara de adelante para atrás. Baste decir que las abluciones nocturnas eran un poco más abundantes que las escasas gotas de eau de vie de la mañana. Se disponía una toalla sobre dos bandejas de oro, y un extremo estaba húmedo, y el otro seco. El rey utilizaba la parte húmeda para frotarse la cara y las manos, y se quitaba la humedad con la parte seca de la toalla. Innecesario es subrayar que la presentación de la toalla era función muy honrosa, y estaba reservada a los príncipes de la sangre. La etiqueta de la corte distinguía los diferentes aspectos de este sencillo acto con minuciosa delicadeza. Si también estaban presentes los hijos o los nietos del monarca, la toalla pasaba de manos del chambelán principal al príncipe de más elevada jerarquía. Si alrededor del rey había otros príncipes de la sangre, entregaba la toalla uno de los lacayos.
Este mínimo detalle nos indica que el Rey Sol estaba bañado en gloria, en la humilde adoración de sus súbditos, y en muchas otras cosas… pero nunca en agua.
Esta cotidiana idolatría ocupaba a un enjambre de dignatarios y funcionarios de la corte, de complicados y extensos títulos. La cocina real ocupaba no menos de noventa y seis supervisores nobles, entre ellos treinta y seis mayordomos, dieciséis inspectores, doce chambelanes y un chambelán principal. El personal de la cocina sumaba cuatrocientos cuarenta y ocho individuos, sin contar los servidores empleados en ella y los servidores que atendían a los servidores.
Tan gigantesco incremento de las jerarquías cortesanas tenía cierto fundamento real. En la deslumbrante corte de este monarca de suprema vanidad vivía un hombre equilibrado y comprensivo: Colbert, el ministro de finanzas. Se le ocurrió a Colbert que, si era necesario que el país se viera agobiado por los impuestos, bien podía establecerse un impuesto sobre la vanidad. Colbert vendía los títulos y las jerarquías de la corte. El más barato era el título de maestro de cocina: costaba sólo ocho mil francos. En proporción con el grado de importancia, se elevaba el costo: el mayordomo principal, por ejemplo, pagaba un millón y medio de francos por su deslumbrante puesto. Colbert confirió a esta dudosa transacción cierto aire de respetabilidad prometiendo pagar un interés anual sobre el capital que se depositaba. Sin duda, se pagaba el interés, pero los compradores sabían muy bien que jamás volverían a ver su capital, y trataban de compensarse por otros medios. De acuerdo con los cálculos de los historiadores, robaron cinco veces más que el interés de la inversión realizada.
Todo esto podría haber sido un fenómeno sin importancia, un capítulo ridículo pero secundario de la historia de la estupidez humana. Sin embargo, su costo fue enorme, no sólo para Francia sino para Europa en general. Por doquier aparecieron pequeñas (y a veces no tan pequeñas) reproducciones de la corte de Versalles. Los pequeños príncipes alemanes, así como los grandes duques y los nobles quisieron imitar al Rey Sol. Innumerables dominios y principados se arruinaron debido al estúpido deseo de emular a Luis XIV. Los soldados de Hesse que fueron vendidos y terminaron sus días en tierra extranjera, las innumerables y sucias “empresas comerciales” de los amos continentales se originaron principalmente en este sentimiento de vanidad. El Rey Sol podía sentirse orgulloso; era el centro no sólo de su corte y de Francia, sino de todo el mundo civilizado.