Back Historia de la estupidez humana Save as PDF
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

Y así comenzó la carrera legendaria del aurum vegetabile, el “oro que crece”.
Por lo demás, es absolutamente cierto que en los viñedos húngaros se han hallado estos zarcillos de oro en forma de alambre espiralado.
Un médico alemán, E. W. Happel, reunió las observaciones contemporáneas en su libro: Relationes Curiosae (1683, Hamburgo). Dos de los casos habían ocurrido en Eperjes, en el norte de Hungría, y fueron informados por el doctor M. H. Franckestein, en larga carta a su amigo Sachs de Lewenheim, eminente médico de Breslau.
El viñador de un noble estaba descansando después del trabajo, y de pronto advirtió un resplandor amarillo en el suelo. Lo examinó con atención y halló que estaba enterrado profundamente. Con gran dificultad consiguió arrancar un buen trozo. Llevó el objeto al orfebre. “Es oro puro, y del más fino”, dijo el experto. Feliz, el viñador vendió su hallazgo y regresó al lugar donde se había producido el milagro. Y ciertamente, el milagro hubo de repetirse: al cabo de pocos días, en el lugar del trozo arrancado apareció otro. La autenticidad del caso está demostrada por las actas de un juicio; pues el viñador continuó llevando al orfebre los trozos de oro, hasta que al fin se difundió el rumor, y tanto el propietario del viñedo como el gobierno le iniciaron juicio por haber iniciado la explotación del oro sin la debida autorización.
Otro caso: el arado de un campesino trajo a la superficie una raíz de oro de pocas pulgadas de longitud. El hombre no advirtió el valor del objeto, y lo transformó en pieza de arreo. En cierta ocasión, había llevado cierta cantidad de madera a la ciudad de Eperjes, y se detuvo frente a la casa del orfebre; éste vio la extraña pieza, y la compró por una nada.
Todavía en el siglo XVIII muchos eruditos cavilaban sobre el caso del “oro vegetal” de Hungría. En el verano de 1718 la conocida revista Breslauer Sammlungen le consagró un extenso artículo; en 1726 (volumen XXXVI) publicó un informe de Kesmark, ciudad de Alta Hungría. De acuerdo con el mismo, los cosechadores de la propiedad de Andras Pongracz, un noble húngaro, hallaron una pieza de buen tamaño de “oro natural” que pusieron en manos del amo, como correspondía. Se estableció el valor del oro en 68 guldens. (En aquellos tiempos un marco de Colonia equivalía a 72 guldens. Por consiguiente, el oro hallado era mas o menos la misma cantidad contenida en un marco de Colonia: es decir, 233,81 gramos, alrededor de 8 onzas troy.)
Pero ni esto fue suficiente para la hambrienta imaginación de los buscadores de oro. Y otro de sus alimentos fueron las uvas de oro. Son relativamente frecuentes los informes que aluden a la existencia de uvas en cuyo interior hay oro.
Matthew Held, el médico de corte de Sigmund Rackoczi, príncipe de Transilvania, relata que en un banquete celebrado en Sarospatak, la antigua ciudad universitaria del nordeste de Hungría, se sirvieron al principio uvas de piel dorada.
El príncipe Carlos Batthyany, famoso caballero de su época, presentó un racimo semejante a la emperatriz María Teresa. El hábil orfebre preparó una caja de oro, y en su interior había un ciervo de oro que sostenía en la boca las uvas de oro. Después de la disolución de la monarquía dual, la caja fue recuperada por Hungría, y conservada en el Museo Nacional de Budapest. Está clasificada con el nombre de “Caja Tokay”. El racimo se secó y descompuso, pero bajo la piel de las uvas había auténticos granos de oro. Naturalmente, habían sido introducidos allí por el hábil orfebre.
La noticia de la fruta milagrosa se difundió por doquier… y llegó a la lejana Inglaterra. Stephen Weszpremi, médico de la ciudad húngara de Debrecen, describió en 1773 el remate, durante sus años de estudiante, de los efectos de Richard Mead, el médico de la corte.
“Un lord inglés”, escribe Weszpremi, “hombre muy rico, compró a muy elevado precio un racimo de uvas secas y encogidas. Se creía que provenían de Hungría y contenían gran cantidad de granos amarillos que brillaban como oro”.
El rico par llevó el valioso racimo al profesor Morris, para que lo examinara. Weszpremi asistió al experimento, que resultó desalentador. El supuesto oro fue consumido por el fuego. “De modo que en breve lapso el áureo racimo húngaro del lord inglés se convirtió en cenizas, juntamente con todas las libras y los chelines que había pagado por él”.
¿Cuál era el fundamento de todas estas doradas fantasías?
Las raíces, los brotes y los zarcillos de oro no eran sino restos de antiguas joyas, celtas o de otra procedencia. En situaciones de peligro, sus propietarios las enterraban, y cuando trataban de recuperarlas, algunas se rompían o perdían. Quizás los propietarios habían perecido, y las joyas permanecían bajo tierra hasta que alguna raíz se enredaba en ellas y las llevaba a la superficie. Esos hilos de oro en forma de espiral abundan en los museos de todo el mundo.
En cuanto a las pepitas de oro, resultaron ser los huevos vacíos de una sabandija bastante común. El animalito salía del huevo y abandonaba la cáscara amarillenta para diversión de los coleccionistas de riquezas.
En conjunto, la leyenda no era otra cosa que el ensueño dorado concebido por la estupidez, el juego afiebrado de cerebros infectados de codicia. Pero el “áureo racimo” era uno entre muchos sueños. Los sueños rayaban muy alto, se elevaban hasta los cielos. La propia Providencia, decían los soñadores, Dios y la Causa Final habían elegido al oro como intérprete de sus mensajes proféticos a la humanidad.
En el ya mencionado ensayo de Weszpremi sobre el “oro vegetal” hay este pasaje: “Hasta ahora nos hemos comportado con respecto a nuestro oro que crece como lo hizo Jacob Horstius ante el diente áureo del muchacho silesiano, cuando se unió a Martin Rulandus y a otros sabios menores para proclamarlo gran milagro de la naturaleza, y escribió un libro entero sobre él.”
Jacob Horstius fue profesor y decano de la Universidad de Helmstat. Su libro, al que Weszpremi se refiere, fue publicado en Leipzig, en el año 1595, bajo este complicado título: De aureo dente maxillari pueri silessii, primum, utrum eius generatio naturalis fuerit, nec ne; deinde an digna eiurs interpretatio dari quaeat. Y la obra provocó una verdadera guerra en el mundo del saber.
El punto de partida fue el caso del niño silesiano que, créase o no, había echado una muela de oro. Una auténtica muela de oro, en el lado izquierdo de la mandíbula inferior. La posición poseía enorme significado.
Si un hombre de ciencia de esa época hubiera dicho que había visto a un niño de cuyos oídos manaba mercurio, o a quien le había crecido una uña de cobre, lo habrían encerrado sin más trámites. Pero como el metal aludido en la historia de Horstius era el oro, se consideró con gran reverencia el celestial milagro, y la ciencia aplicó todos sus poderes en un esfuerzo por resolver el enigma.
El profesor Horstius elaboró una teoría, en la que desplegó brillante lógica.
El niño había nacido el 22 de diciembre de 1585. El sol estaba bajo el signo de Aries, en conjunción con Saturno. Debido a las favorables condiciones astrológicas, las potencias que nutrieron el cuerpo del infante trabajaron con tan extraordinario celo que produjeron oro en lugar de hueso.
Este argumento explicaba por sí solo el milagro. Pero a la influencia de las estrellas se agregaba un hecho de efectos muy conocidos por la ciencia médica. Mientras la madre llevaba en su seno al niño, había visto objetos de oro, o monedas de ese metal, y luego se había tocado uno de los molares. Es bien sabido que si una mujer embarazada desea ardientemente algo, y al mismo tiempo su mano toca su propia cara, o la nariz, o el cuello, o cualquier otra parte del cuerpo, el niño llevará la imagen del objeto deseado bajo la forma de una marca de nacimiento en el mismo sitio. [Tal la teoría contemporánea de las influencias prenatales. El doctor Joubert, un médico de gran cultura, en su libro sobre las supersticiones médicas, publicado en 1601, aconsejaba a todas las madres no tocarse el rostro en esos casos, y llevar rápidamente la mano a cierto lugar posterior… en realidad, el autor define exactamente el sitio; pues (dice con cierta sorna) nadie verá una marca allí.]
Segundo problema: ¿Qué significa ese molar tan extraño?
Sin duda, escribe el erudito profesor, fue enviado como aviso celestial. En Hungría, la brillante victoria de Fulek, conquistada por los ejércitos cristianos sobre el turco pagano, fue seguida de sangrientas derrotas, como castigo a nuestros pecados. Pero Dios nos había dado esperanzas… pues un molar de oro significa la proximidad de una Edad de Oro. El Emperador de Roma se disponía a expulsar al turco de Europa, y luego comenzaría una Edad de Oro de mil años. Pero como la muela había aparecido en la mandíbula inferior y del lado izquierdo, era conveniente no alentar excesivas esperanzas, pues la Edad de Oro se vería precedida de inquietudes y tribulaciones.
Todo esto parecía tan lógico y promisorio que Martin Ruland, médico de Regensburg, se apresuró a escribir otro libro, apoyando todas las afirmaciones de Horstius. Por otra parte, Johann Ingolstadter se mostró escéptico y atacó a Ruland. Ruland replicó el ataque. Entonces entró en escena Duncan Liddel, quien adujo que Horstius no podía estar en lo cierto. ¿Por qué? Porque el 22 de diciembre de 1585 el sol no podía haber estado bajo el signo de Aries. Como los argumentos de una y de otra parte se tornaban extremadamente difusos, Andreas Libovius, el muy respetado químico de Coburgo, los resumió y comentó en otro libro.
Finalmente, un médico de Breslau tuvo una idea razonable. “Examinemos al niño”, propuso. (Hasta ese momento, a nadie se le había ocurrido nada parecido.) Al principio, el examen pareció favorecer a los creyentes. Un orfebre frotó el molar con cierta piedra, y se comprobó que era auténtico oro. Pero un médico local llamado Rhumbaum descubrió una grieta sospechosa en la parte superior de la muela. Examinó el sitio más atentamente, y resultó que la muela se movía. La muela estaba cubierta por una delgada capa de oro. No era una corona de oro como las que se emplean en la moderna odontología; los ingeniosos padres habían apretado un botón hueco de oro contra el molar del niño.
La bella burbuja profética reventó estrepitosamente. Cien años después los turcos fueron expulsados de Hungría (aunque no de Europa) pero aún no se vislumbra el comienzo de la Edad de Oro. O tal vez Ovidio acertó cuando dijo que la Edad de Oro ya había llegado, y que el oro era nuestro amo; pues con oro se consigue a la mujer, y el oro paga el amor.