Chapters (59)
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
La etiqueta española convirtió en divinidades las personas del rey y de la reina. Y los dioses no sonríen. La risa y la diversión fueron desterradas de la corte. De Felipe IV se afirma que en toda su vida sólo rió tres veces.
La reina tenía una dama de compañía de cierta edad, la Camarera Mayor. Su tarea consistía en mantenerse constantemente al lado de la reina, y en observar con férrea severidad el cumplimiento de la etiqueta. “¡La reina de España no debe reír!” advirtió una vez en que la joven reina estalló en carcajadas, ante las piruetas de un payaso de la corte. “¡La reina de España no debe asomarse a la ventana!” aunque la ventana daba al solitario jardín de un monasterio. En otra ocasión, como la reina hallara mucho placer en la charla ociosa de sus loros, la Camarera Mayor con sus propias manos retorció el cuello de las infortunadas aves.
Esta Camarera Mayor era la duquesa de Terranova, una mujer de cierta edad. Gozaba de completa autoridad en todos los asuntos de etiqueta; pero cuando la reina quedó embarazada, la duquesa pasó un mal rato. La costumbre española permitía que durante los primeros meses del embarazo la futura madre satisficiera cualquier capricho o apetito. La reina aprovechó la ocasión, y cuando la odiada bruja apareció para el saludo matutino, le aplicó dos fuertes bofetadas. “No pude resistir la tentación”, se apresuró a decir la reina, y la venerable Camarera Mayor no pudo decir una palabra.
En esa atmósfera, las damas de compañía se morían de hastío. También tenían una supervisora, la Guardadama, la cual, con la ayuda de varias colaboradoras, vigilaba la moral de las cortesanas. Las mujeres casadas no podían servir a la reina; sólo se aceptaban vírgenes o viudas. Debían vivir en el palacio; pero para que la vida que llevaban fuese más soportable, las reglas de la corte les permitían tener uno o más “admiradores oficiales”. Y éstos tenían su propio título: galanteos de palacio. El caballero podía ser casado o soltero, viejo o joven… para el caso era lo mismo, pues no existía la menor posibilidad de que sus servicios obtuvieran alguna recompensa concreta. Sólo gozaba del derecho de adorar y de servir a su dama.