Back Historia de la estupidez humana Save as PDF
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

(Más adelante hablamos del papel peculiar e indiferente que el esposo desempeñaba en todo esto.)
Las tradiciones de la caballería francesa también merecen ser mencionadas. Las obras de los trovadores provenzales demuestran que el servicio del caballero tenía varios grados. En el primero de ellos, el caballero alimentaba sus sentimientos en su propio corazón y no se atrevía a confesar su secreto amor (Feignaire). Si había revelado el secreto a la dama en cuestión, pasaba al segundo grado, que era el de peticionante (Pregaire). Si la dama aceptaba el ofrecimiento de servicio caballeresco, el caballero se convertía en “el que había sido escuchado” (Entendeire). Pero antes de alcanzar este grado, debía someterse a un período de prueba, que duraba mucho tiempo… a veces hasta cinco años. Una vez concluido el servicio de prueba, la dama recibía al caballero, transformado ahora en serviteur. No se trataba de un asunto privado, ni de un acuerdo íntimo, murmurado al oído: por el contrario, adoptaba la forma de una ceremonia pública. Y esta ceremonia se ajustaba exactamente a las mismas formalidades que la que establecía un vinculo entre el señor feudal y su vasallo. La dama se sentaba en un sillón, el caballero se arrodillaba frente a ella, y pronunciaba su voto de caballería con la cabeza descubierta, las manos juntas, como en el acto de orar. Para demostrar su conformidad, la dama tomaba entre sus manos las del caballero, y finalmente sellaba el vasallaje con un beso feudal. El caballero se comprometía a servidumbre; la mujer, en cambio, no tenía ninguna obligación.
“Todo lo que el caballero hacía, ya se tratase de participar en un torneo o de intervenir en una cruzada, lo hacía en nombre de su dama, y por su gloria y bajo sus órdenes. Cuando Hartmann von Aue salió a luchar contra los sarracenos, cantó: “Nadie me pregunte por qué voy a la guerra; pues les diré por mi propia voluntad que lo hago obedeciendo la orden del amor. Nada puede cambiarlo; nadie puede quebrar votos y juramentos. Muchos se vanaglorian de lo que hacen por el amor, pero son vanas palabras. ¿Dónde están los hechos? Verdadero amor es el que impulsa a un hombre a abandonar la tierra natal y a marchar a países distantes. Ved cómo el amor me arranca del hogar, aunque ni siquiera todos los ejércitos del sultán Saladino habrían podido tentarme a partir de Franconia…
Es verdad que en todos sus actos el caballero abrigaba la esperanza de una recompensa. Esta podía revestir diversas formas. Era considerada una recompensa en sí misma el hecho de que, gracias a su Frauendienst, el caballero se elevara sobre el tedio de la vida cotidiana y alcanzara cierto exaltado estado de ánimo (hóchgemuoutsin).
Albrecht von Johannsdorf, un Minnesänger del siglo XII, en una de sus canciones pide una recompensa a su dama.
¿Acaso las canciones que te he dedicado y las hazañas que realicé no merecen recompensa?”
“Tranquilízate”, replica la dama. “Recibirás tu recompensa y serás feliz”.
“¿Cuál será mi premio, noble dama?”
“Tu creciente fama y la mayor exaltación de tu espíritu son recompensa suficiente”. Y eso era todo.
Así se acostumbraba despedir al caballero; sin embargo, durante siglos no advirtió que este “espíritu más exaltado” era indicio de una pasión más bien unilateral. El hombre se consagraba, soportaba duras pruebas, recibía heridas en los torneos, iba en peregrinación a Tierra Santa… y mientras tanto la dama se contentaba con aceptarlo todo graciosamente, sin dar absolutamente nada en cambio. Los historiadores alemanes archivaron estos amores unilaterales bajo el rubro de “amor romántico”, y se complacieron particularmente en la palabra Minne, que era tan delicado rótulo de este inocente y encantador sentimiento. Pero aparentemente todos olvidaban que el romance florecía sólo en el hombre; en todo el asunto, el papel femenino era incoloro e insípido… absolutamente pasivo.
Pero, ¿para qué querían las damas esa adoración? Quizás por la sencilla razón de que se trataba de un galanteo… en lo que a ellas respecta, un galanteo carente de pasión y de sentimiento.
Así como el caballero necesitaba a la dama, ella necesitaba esta excitación de las emociones y de los sentidos, para llevar un poco de color a su vida monótona. Sabemos que durante la Edad Media el fundamento del matrimonio era, en la abrumadora mayoría de los casos, el interés familiar y no el amor. En la elección de esposo, los padres no consultaban a las hijas. A veces, ella encontraba paz y serenidad en esa unión sin amor; pero más a menudo era presa de mortal hastío. Y tampoco podía estar segura de la paz y de la serenidad, pues en su círculo íntimo el esposo medieval a menudo revelaba modales bastante toscos.
Considérese la noble pasión que la Canción de los Nibelungos atribuye a Sigfrido con respecto a Kriemhild. Sin embargo, véase lo que ocurrió después del conocido incidente en que Kriemhild insulta a Brunilda (hecho que perturbó considerablemente la paz de la corte de Worm). La propia Kriemhild relata a Hagen lo que Sigfrido le hizo:
“Mucho sufrí por ello”, dice la dama real
“Pues en castigo el cuerpo me llenó de cardenales.”
En los “altos círculos” estos castigos no eran de ningún modo raros. Ni siquiera una princesa podía estar segura de que el esposo no le daría una azotaina; hallamos incidentes de este tipo en las crónicas de diferentes siglos. Schweinichen, “recto y noble caballero”, relata en su interesante diario un episodio muy edificante de la vida conyugal del duque y la duquesa de Legnitz. El duque ofrecía un gran banquete, y al mismo había sido invitada cierta madame K., a la que la duquesa no podía soportar. Por consiguiente, esta última se negó a asistir al banquete. El duque “hirvió de cólera”, y fue a las habitaciones de la duquesa para tener una explicación. Schweinichen, que era chambelán del duque, relata el caso con cierta reserva:
“Su Gracia usó palabras extremadamente duras contra la duquesa, y le dijo que, como había invitado a gran número de cortesanos, deseaba que la duquesa se reuniera con ellos inmediatamente. Después de muchas excusas, la duquesa exclamó que no deseaba sentarse al lado de una perra como madame K. Ante lo cual la cólera de Su Gracia subió de punto, y empezó a tutoyer (tutear) a la duquesa, y dijo: “Tú sabes que madame K. no es una perra”. Y luego abofeteó tan fuertemente a la duquesa, que ella trastabilló, y yo alcancé a tomarla en mis brazos. Su Gracia estaba a punto de golpear más severamente a la duquesa, pero yo cerré rápidamente la puerta. Debido a esta actitud Su Gracia se enojó muchísimo conmigo, pues dijo que nadie tenía derecho a interferir cuando un marido castigaba a su mujer.”
De lo que siguió baste decir que, después de prolongadas negociaciones, y de la estipulación de diferentes condiciones, la duquesa se mostró dispuesta a perdonar y participar en el banquete, “a pesar de que tenía un ojo de color muy morado, debido al golpe que había recibido”.
Sin duda, fue un golpe aplicado con mucha fuerza. Pero se trata de un exceso de menor importancia, comparado con el puntapié que el caballero La Tour-Landry menciona en el poema didáctico dirigido a sus hijas. El manuscrito data del siglo XIV, contiene noventa y ocho capítulos de preceptos para una conducta moral y civilizada, e ilustra estas normas con ejemplos y breves anécdotas. El buen caballero hace gran hincapié en la obediencia, y relata el caso de una mujer que siempre contradecía a su marido. Finalmente, el esposo se enfureció, la derribé de un golpe y, cuando yacía en el suelo, le aplicó un puntapié en el rostro, rompiéndole el puente de la nariz. Y ésta es la moraleja que el gentil padre extrae de la historia: “Y así la mujer quedó desfigurada para siempre, a causa de su malvada naturaleza. Mejor habría estado si se hubiese comportado discretamente, obedeciendo al esposo, pues a éste le incumbe mandar, y es virtud de la mujer la obediencia y el silencio.” El caballero no tiene una palabra de censura para el esposo.
Quizás el pasaje citado baste para caracterizar la vida doméstica en la época de la caballería. Las mujeres, encadenadas a maridos borrachos y brutales, gozaban de cierto amos y señores salían de caza, o respiro sólo cuando sus marchaban a la guerra, o visitaban la corte real. Por otra parte, durante estas ausencias se sentían oprimidas por las tediosas y estrechas limitaciones de castillos y mansiones. Establecer una relación amorosa ilegal era asunto de peligro; en cambio, el inofensivo Frauendienst era precisamente lo que más convenía al entretenimiento y diversión de las nobles damas. Por lo tanto, mostraron la mayor inclinación a popularizar esta peculiar institución, que en si misma no era otra cosa que un juego de amor… es decir, un galanteo prolongado.
¡Era tanto lo que el caballero aceptado podía hacer para honor y entretenimiento de su dama!
Si sabía escribir versos, elogiaba los encantos y las virtudes de su ideal… los ponía por las nubes, y aún más alto. He aquí un breve muestrario de, las encantadoras comparaciones que los caballeros del amor utilizaban para dirigirse a la dama elegida:
“Oh, Estrella de la Mañana, Capullo de Mayo, Rocío de las Lilas, Hierba del Paraíso, Racimo de Otoño, Jardín de Especias, Atalaya de Alegrías, Delicia Estival, Fuente de Felicidad, Foresta Florida, Nido de Amor del corazón, Valle de Placeres, Reparadora Fuente de Amor, Canción del Ruiseñor, Arpa del Alma, Pascua Florida, Perfume de Miel, Consolación Eterna, Peso de la Bienaventuranza, Prado Florido, Dulce Limosna, Cielo de los Ojos… etc… etc…
Arnaut de Marueil, un trovador provenzal, estaba tan intoxicado de amor que, deseoso de inventar nuevas formas de elogio, glorificó a su dama en los siguientes términos: “Oh, Espejo de Amor, Llave de Gloria, Sol de Marzo, Lluvia de Abril, Rosa de Mayo, Sombra Estival…”
Sea cual fuere nuestra opinión sobre estos exaltados elogios, lo cierto es que se les atribuía sentido literal. Rambaut, conde de Orange, cantó así: “La sonrisa de mi graciosa dama me hace más feliz que si cuatrocientos ángeles me sonrieran desde los cielos. Tanta alegría siento, que podría reconfortar a un millar de entristecidos, y todos mis parientes podrían vivir de ese sentimiento, sin más alimento…
Palabra inflamadas, pero no vacías, pues el trovador era ciertamente muy capaz de este entusiasmo ultraterreno. Es bien conocida la historia de Jaufre Rudel y la condesa de Trípolis. Ha sido utilizada muchas veces en varias versiones románticas (entre ellas, el poema de Heine es quizás la más conocida), por lo que el lector de espíritu concreto y escéptico bien puede negarse a creer una palabra. Sin embargo, la sustancia del relato es absolutamente real. Friedrich Diez descubrió la fuente original, que relata la historia con la tersura de las viejas crónicas:
“Jaufre Rudel, duque de Blaya, se enamoró de la condesa de Trípolis, sin haberla visto jamás, nada más que de oír los relatos de su caridad y de otras virtudes, que difundían los peregrinos que regresaban de Antioquía. Comenzó a componer magníficos poemas dedicados a la condesa; y luego, consumido de anhelo, tomó la Cruz y embarcó para Oriente. En camino lo abatió grave dolencia. Cuando llegaron a Trípolis, sus compañeros, creyéndole muerto, depositaron su cuerpo en un rincón. La condesa, que todo lo supo, acudió presurosa, se sentó en el lecho y tomó entre sus brazos al duque. El noble caballero revivió, vio a la condesa y agradeció a Dios porque había prolongado su vida hasta ese feliz momento. Y luego murió en brazos de la condesa. Ella lo enterró con grande honores en la Iglesia de Trípolis, y, postrada por el dolor, ese mismo día se retiró a un convento.”
Diez reunió otros datos contemporáneos sobre el duque de Blaya, comparó la versión de la crónica con los poemas de Rudel que aún se conservaban, y llegó a la conclusión final de que la historia era real.
Esta extática pasión explica los innumerables absurdos que caracterizan el amor caballeresco. No se trataba, sin embargo, de un fenómeno debido a desequilibrio o a una concepción quijotesca del amor. Estas actitudes se fundaban en sentimientos auténticos, y el mundo consideraba muy seriamente los relatos de tan grotescas hazañas. En la mayoría de los casos la dama se mostraba un tanto renuente, y debía ser cortejada y asediada de acuerdo con las reglas del juego, hasta que finalmente aceptaba al enamorado caballero, dejando librado al criterio de este último qué hazañas debía realizar para demostrar su amor. Pero había casos en que, con sádica crueldad, la dama fijaba personalmente muy duras condiciones, y su rendido admirador se sometía a ellas sin la menor protesta.
Anthony Méray relata la historia de los tres caballeros y de la “prueba de la camisa”. Tres nobles paladines competían por los favores de una dama. Finalmente, ella decidió inclinarse por el que vistiera la camisa de la dama en el torneo. Puede creerse que se trataba de una prueba sencilla… salvo que el caballero no debía vestir la camisa encima ni debajo de la armadura, sino en lugar de ella, sobre el cuerpo desnudo. Era una muerte segura o, en las más favorables condiciones, implicaba sufrir terrible castigo de espada y de lanza. Dos de los tres caballeros tuvieron el buen sentido de rechazar la prueba, y se retiraron. Ocurrió lo inevitable: al fin del torneo el caballero fue llevado medio muerto a presencia de su dama, y en los ojos del herido aún brillaba la pasión. Como era costumbre, la dama ofreció un gran banquete y sirvió a sus huéspedes, en honor del héroe. En esta ocasión, ella se deslizó la camisa manchada de sangre sobre su propio vestido, y con este extraño tocado desempeño el papel de anfitriona.
En los torneos caballerescos era frecuente vestir la camisa de una dama; naturalmente, casi siempre se la llevaba sobre la armadura. Era una especie de talismán que protegía al caballero y le infundía nuevas fuerzas. Hoy daríamos a esta práctica el nombre menos grato de fetichismo. Wolfram von Eschenbach habla del heroico Gamuret, que vestía la camisa de su bien amada Eerzeloyde, no sólo durante los torneos sino en batalla. Uno de los De Couroy envió su propia camisa ala amada, pidiéndole que durmiera en ella. Mucho después, Brantome describe, en un capítulo consagrado a las bellas piernas, una costumbre bastante extraña. Dice haber conocido nobles que, antes de ponerse un par de medias de seda nuevas, las enviaban a la dama de sus sueños, solicitándoles que usaran la prenda durante ocho o diez días. “Y entonces”, escribe el más celebrado chismoso de todos los tiempos, “comenzaban a usarlas, con gran placer de sus cuerpos y almas”.
El fuego del amor caballeresco tenía muchas variaciones. Está el caso del señor Guillen de Balauni, que eligió por amada a la señora de Javiac. La dama consideró con benevolencia los ruegos del caballero, y lo aceptó como servidor regular. Durante cierto tiempo este amor platónico continuó de acuerdo con los cánones establecidos, pero un día el señor de Balauni se enteró del caso de una pareja de enamorados que habían disputado, para reconciliarse después. Y el protagonista de la historia suministró algunos detalles íntimos… entre otras cosas, explicó cuán dulce era hacer las paces con la dama, después de un período de amorosa disputa.
Tanto agradó la idea al señor de Balaun, que quiso probar con su propia dama el sabor agridulce de la disputa y la reconciliación. Naturalmente, ante todo debía pelear con ella, y lo logró torpemente, pues no se le ocurrió nada mejor que expulsar a un mensajero que le traía una carta de la señora de Javiac. A poco la dama lo visitó personalmente, para averiguar por qué estaba resentido. El caballero se las dio de ofendido, y también la sacó con cajas destempladas. Este debió haber sido el primer acto de la juguetona disputa. Pero aquí la comedia se convirtió en drama, pues la dama se negó a tener nuevo trato con su descortés enamorado, y cuando éste apareció en el castillo de la señora de Javiac, la noble dama ordenó que lo arrojaran al foso.
Habiendo fracasado, el pobre Balaun apeló a un intermediario. Pidió a uno de sus amigos que explicara a la enojada dama el verdadero motivo de su conducta, con el fin de dar por terminada la disputa. El amigo regresó con la siguiente respuesta: “Muy bien, la señora de Javiac os perdona, pero como penitencia exige que os arranquéis la uña del dedo meñique, y que se la enviéis con un poema en el que condenaréis vuestra propia locura”. No hay mejor ejemplo del estúpido romanticismo de la época de la caballería que el resto del relato. El señor de Balaun mandó buscar al cirujano, se hizo arrancar la uña, y con lágrimas de dolor y felicidad compuso los versos que se le pedían. Luego se dirigió al castillo de su amada, acompañado por el amigo. La dama lo esperaba en la entrada; el caballero cayó de rodillas, y le presentó la uña arrancada y el poema; ella, bañada en lágrimas, aceptó ambos presentes, y el señor de Balaun recibió como recompensa el beso del perdón.
Después de lo cual, quizás es más fácil comprender la famosa balada de Schiller, sobre el guante que la dama arroja a los leones. El caballero acepta rescatarlo, pero con él cruza la cara de la cruel mujer. La anécdota aparece por vez primera en Brantóme, que asegura su autenticidad. Para demostrar la verosimilitud del caso, Brantóme cita otro caso del que fue testigo presencial. Una dama exigió a su enamorado que, como prueba de la profundidad de sus sentimientos, se atravesara el brazo con una daga. El caballero estaba muy dispuesto a satisfacer el pedido, y Brantóme se vio obligado a emplear toda su fuerza para evitar tan absurda automutilación.
(Este tipo de belle dame sans merci existe aún en nuestro siglo. En el proceso realizado en, Venecia contra la condesa Tarnowska- acusada de asesinar al esposo- el fiscal utilizó con bastante éxito los anteriores asuntos amorosos de la dama. Así, se descubrió que había tenido un admirador, el conde Bergowski, a quien exigió, como prueba de amor, que en su presencia se atravesara la mano con una bala. El enamorado desenfundó inmediatamente un arma y disparó sobre su propia mano.)
Brantóme también cita el caso del caballero de Genlís, que paseaba con su amada sobre un puente del Sena, cuando de pronto la dama se sintió poseída por el demonio del galanteo sádico. Dejó caer al río su precioso pañuelo de encaje y urgió a de Genlís a que se arrojara al río para rescatarlo. El caballero protestó en vano que no sabía nadar; la dama lo calificó de cobarde, y Genlís se zambulló. Felizmente, en las cercanías se hallaban algunos boteros, que recogieron a de Genlís cuando poco faltaba para que se ahogara. El relato no aclara si la experiencia enfrió el ardor del caballero.
Las expansiones de los trovadores eran para la dama secreta fuente de goce; pero en general la etiqueta de la época no permitía que se nombrara a la noble señora. No se prohibía describirla, para que fuera posible reconocerla; pero era preciso acatar las reglas del juego.
De modo que todo esto equivalía más o menos a probar unas gotas del licor erótico en las bodegas del amor. La relación se expresaba cabal y públicamente sólo cuando el caballero combatía en un torneo por el honor de su dama.
Todavía resulta difícil comprender la institución de las justas… o por lo menos esta parte de ella. Marido y mujer se sentaban en el palco, y contemplaban serenamente al caballero que entraba en batalla en representación de una mujer casada. A veces ocurría que el propio esposo participaba en el torneo… y luchaba por la gloria de otra dama, que bien podía ser la esposa del admirador de la mujer del primero. (Esto parecerá un poco complicado, pero no podemos evitarlo.) Esta tontería puede ser comprendida sólo si conocemos los elementos del Frauendienst, y recordamos que la mayoría de los torneos se celebraban en honor de las damas. Más enorgullecía a un caballero el título de serviteur d’amour que cualquier hazaña heroica en la guerra.
Tan en serio tomaban esta servidumbre, que a menudo la dama conducía a la arena al caballero, sosteniendo una cadena delicadamente forjada, o una cinta de seda, como símbolo de la adhesión masculina.
En 1468 se celebró una gran justa en la corte de Borgoña, en honor de la esposa de Carlos el Temerario. Los caballeros desfilaron uno tras otro, y de pronto apareció una extraña procesión. Al frente cabalgaba un enano sobre un minúsculo caballo blanco, detrás, varios escuderos arrastraban un enorme castillo de utilería. La imitación de madera tenía cuatro torres y toscas almenas. Los muros llegaban al suelo, y ocultaban lo que habla en su interior. El enano se detuvo frente a la tribuna de las demás y leyó la siguiente proclama:
“¡Grandes y graciosas princesas y damas! ¡El caballero que es prisionero de su dama os saluda con la mayor humildad! Está preso en este castillo, y sólo la gracia y el perdón de su dama pueden liberarlo. Por lo tanto, os conjura, muy nobles princesas y damas, a que os reunáis en consejo… quizás la que no debe oponerse a la liberación del caballero esté presente en vuestras deliberaciones. El caballero abriga la esperanza de que el juicio de las damas lo libertará de su dolorosa cautividad, pues de lo contrario no podrá participar en el torneo de hoy… etc…”
Las princesas y nobles damas resolvieron que el caballero debía salir de su prisión. Después de lo cual, el enano abrió la puerta del castillo de madera (utilizando para ello una enorme llave) y, con agradable sorpresa de las damas, apareció un caballero llamado Roussy, con su armadura completa y su caballo bellamente enjaezado.
En estos torneos, el caballero llevaba invariablemente el voto o favor de su dama en el casco o en la lanza. Era siempre algún accesorio de la vestimenta femenina: una cinta, un velo, una pluma, un guante, un collar o algún objeto semejante. Eran los famosos talismanes, llamados en esa época faveurs o emprises damour. A veces, en el calor de la batalla, dicho faveur caía al suelo; en tales ocasiones, desde la tribuna la dama arrojaba otro a su caballero. Y a veces (como puede verse en el romance caballeresco llamado Perceforest) en medio de los violentos encuentros los objetos caían en gran número; entonces, las damas, presas de gran excitación, arrojaban más y más objetos, arrancándolos de cualquier parte; de modo que cuando concluía el torneo, advertían horrorizadas que prácticamente se habían desnudado en medio de la multitud, la cual reía de buena gana.
Era obligación del marido mostrarse complacido si el caballero o campeón de su esposa triunfaba… aún si el derrotado era el propio marido. Esa era la costumbre, y nada se podía contra ella. Era más que una costumbre: era la moda y la moda es peor tirano que cualquiera de los maestros de la estupidez. Es muy capaz de alargar una pollera, hasta convertirla en una pieza de género de doce yardas de longitud; o de hinchar la misma prenda con una crinolina o un miriñaque.
Del mismo modo, la moda del Frauendienst llegó a verdaderos extremos. Excelente cosa era que el caballero se consagrase a la tarea de proteger a las mujeres, y lo mismo puede decirse de la institución de los caballeros andantes, que salían a defender viudas y huérfanos; pero bajo los dictados de la moda, el magnífico principio pronto se deterioró. La pauta uniforme de los torneos no satisfizo a los espíritus más inquietos. Era preciso inventar algo nuevo para conquistar el favor de las damas.
La innovación consistió en que el caballero procuró- en honor de su dama- aumentar las dificultades que debía afrontar en el curso del torneo. Algunos caballeros se negaron a llevar armadura en las manos, en los brazos o en las piernas, procurando demostrar de ese modo que sus respectivos ángeles guardianes los protegerían mejor que el hierro o el acero.
El duque de Santré habla de la llegada a París de un caballero extranjero, que llevaba brazaletes de oro alrededor del codo derecho y del tobillo derecho; ambos brazaletes estaban unidos por una larga cadena, también de oro. Se cometían tonterías semejantes aún cuando se tratara de una verdadera batalla. En las Chronicles de Froissart se menciona el caso de unos jóvenes caballeros ingleses, que en 1336 desembarcaron en Francia para luchar por su rey. Llevaban parches sobre uno de los ojos, pues habían jurado a sus respectivas damas que hasta que hubieran demostrado su coraje en algún hecho heroico, sólo utilizarían un ojo.
Cuando el caballero andante se cubría con la armadura verde y salía a buscar aventuras, cometía muchas idioteces… el tipo de hazaña temeraria tan maravillosamente caricaturizada en Don Quijote. La más brillante sátira de todos los tiempos nos lleva a olvidar que estas cosas ocurrieron realmente, y que eran tomadas absolutamente en serio.
Poco a poco, la situación de las mujeres desamparadas pasó a segundo plano. El caballero andante deseaba exaltar la gloria de su propia señora. Cuando llegaba al dominio de un señor feudal, formulaba un desafío, llamando a todos los caballeros a enfrentarlo en combate pour l’amour de sa dame. Estas invitaciones venían acuñadas en los más corteses términos. El desafiante pedía a su adversario que lo recomendara al favor de su propia dama, y le deseaba al mismo tiempo que gozara de todos los placeres del amor con la elegida de su corazón. Después de intercambiar estas corteses fórmulas, se arrojaban el uno sobre el otro, y procuraban romperse mutuamente la cabeza… pour l’amour de sa dame.
El vencedor no se satisfacía con la mera gloria. Las costumbres de la caballería incluían la extraña condición de que el caballero vencido debía ofrecerse como esclavo a la dama del vencedor. Desafiar esta convención implicaba el ostracismo, la expulsión de las filas de la caballería. En un baile de la corte, Juana, reina de Nápoles, honró a un caballero de Mantua bailando con él. El noble caballero se sintió abrumado por el honor, y allí mismo juró que partiría inmediatamente y que no regresaría hasta haber conquistado dos caballeros para el servicio de la reina. Logró su propósito, pero la reina (de acuerdo con la costumbre) recibió bondadosamente a los caballeros y les devolvió la libertad.
Vulson de la Colombiére relata un caso más fantástico aún. El caballero del cuento se comprometió a obtener para su amada los retratos de treinta damas… naturalmente, después de vencer a los correspondientes serviteurs. El valeroso predecesor de Don Quijote llevaba pintada sobre su propio escudo la imagen de su dama, y así salió a cumplir su propósito. Cuando se topaba con un caballero que no estaba dispuesto a reconocer que el rostro pintado sobre el escudo era más bello que el de su propio dama, lo desafiaba a combate singular. El caballero vencido debía someterse, y entonces se pintaba el rostro de su dama bajo el retrato de la dama del caballero andante. La crónica afirma que el heroico caballero logró alcanzar su objetivo al cabo de un año.
La responsabilidad de esta colección de estupideces no incumbe solamente a los caballeros. Aunque intoxicados por estas oleadas de romanticismo mal digerido, sin duda se velan alentados por las mujeres. Complacía a las damas esa admiración que mitigaba un poco tanto hastío, y además su vanidad se sentía halagada. La dama de un castillo vecino podía ser de más elevado rango; en cambio, el caballero de esta dama había coleccionado mayor número de retratos, había llevado a más países los colores de su amada, y cometido más descabelladas tonterías.
Es posible que todo esto no fuera auténtico amor; pues el verdadero afecto habría provocado un sentimiento de ansiedad por el hombre que salía a luchar; una mujer de corazón no habría aumentado el peligro alentando aventuras y hazañas tontas y fútiles. En lugar de auténtico sentimiento, se trataba de vanidad mezclada con estupidez.
Un manuscrito único, escrito en el siglo XIII, contiene la historia de Ulrich von Lichtenstein. No fue escrito por él mismo, pues aunque el noble caballero compuso algunos hermosos poemas de amor, y fue uno de lo más destacados Minnesanger de su época, murió sin saber leer ni escribir. Dictó sus canciones y su propia biografía a un escribiente.
La historia oficial ha demostrado cierto desprecio por las memorias del noble Ulrich, y ha prestado poca atención a su contenido. No es difícil comprender la razón de esa actitud. Von Lichtenstein fue quizás el peor de todos los tontos que se enamoraron de las mujeres y las sirvieron. Fue la imagen viviente del imaginario Don Quijote. Naturalmente, los historiadores serios se sienten un tanto embarazados ante este estúpido héroe de tantas aventuras amorosas. Sin embargo, creo que están equivocados, pues si el apasionado caballero llegó a los peores extremos, lo hizo impulsado por la moda de su tiempo, y no es posible pintar el cuadro de una época si se omiten esas corrientes que periódicamente la recorren y que configuran la moda.
El manuscrito original se hallaba en Munich, en la Biblioteca Estatal bávara, aunque ignoro si ha sobrevivido a los azares de la guerra. Su título es Frauendienst. Aquí he utilizado la edición de Tieck, publicada en 1812 en la ciudad de Stuttgart, bajo el título: Frauendienst oder Geschichte und Liebe des Ritters und Sdngers UIrich von Lichtenstein von ihm selbst beschrieben (“Servicio de las mujeres, o historia del caballero y cantor U.v.L., relatada por él mismo”).
Ulrich von Lichtenstein fue un rico noble de Estiria. Murió en 1276. Su tumba se conserva aún hoy; y es notable porque en ella se conserva la más antigua inscripción alemana que hoy se conoce.
Los autores de biografías a veces apelan al clisé que consiste en comenzar la descripción del carácter de su héroe con las siguientes palabras. “Ya en su temprana juventud reveló las características que más tarde determinarían su carrera…” Este gastado lugar común muy bien podría aplicarse a Ulrich. Era un jovenzuelo cuando se enamoró de una dama de alcurnia, cuya compañía buscaba constantemente. En su condición de paje de noble cuna tenía acceso a las habitaciones de las damas, donde a veces se bebía el agua en que su adorada se había lavado las manos.
Es difícil establecer quién fue esa dama. De acuerdo con los datos de la autobiografía, puede darse por seguro que era mujer de muy elevado rango. Algunos indicios parecen apuntar a la esposa del príncipe Leopoldo de Austria.
Cuando el joven UIrich fue armado caballero en Viena, consideró llegado el momento de ofrecer formalmente sus servicios a la dama. Pero un caballero no tenía tan fácil acceso a una dama como un paje, de modo que debió buscar un intermediario. Afrontó la tarea una de las tías de Ulrich, íntima amiga de la dama elegida por el caballero.
Aquí comienza una larga relación. Ulrich envió sus canciones a la dama; ella las aceptó, y aun las elogió, pero contestó que no necesitaba un caballero, y que Ulrich no debía soñar siquiera con que sus servicios fueran aceptados. Con esta actitud la noble dama se atenla a las antiguas normas del galanteo: actitud de rechazo y palabras de aliento, manteniendo así al desgraciado amante en constante tormento de duda.
En cierta ocasión la dama dijo al tío de Ulrich: “Aunque vuestro sobrino fuera de mi mismo rango, no lo querría, porque el labio superior le forma una fea protuberancia.” Según, parece, el enamorado caballero tenía el característico labio de los Habsburgo… sólo que en su caso se trataba del labio superior y no del inferior.
Apenas la tía entregó el mensaje, UIrich se dirigió a Graz, llamó al más hábil cirujano de esa ciudad de Estiria, y le ofreció una gran suma de dinero para que le operara el labio. El cirujano acometió la tarea y la realizó con éxito… ¡y seguramente fue el primer caso que la historia registra de cirugía plástica! Claro está, entonces no se conocían anestésicos ni drogas calmantes, de modo que el cirujano propuso maniatar al caballero; temía que el dolor lo impulsara a realizar un movimiento brusco; el cuchillo podía deslizarse, y la operación fracasaría. Evidentemente, el buen doctor no sabía mucho de las virtudes caballerescas ni de la esencia del Frauendienst. Un auténtico caballero no podía perderse la oportunidad de soportar la tortura sin un solo quejido, en homenaje a su dama. Von Lichtenstein rehusó dejarse maniatar; se sentó en un banco, y no hizo un gesto ni emitió un solo grito mientras el cirujano reducía el labio a proporciones más normales.
La operación tuvo éxito, pero el infeliz paciente debió pasar seis meses en Graz, inmovilizado en su lecho, hasta que la herida curó completamente. Entretanto, perdió muchísimo peso, y prácticamente se convirtió en un esqueleto.
No podía comer ni beber; tenía los labios cubiertos por un horrible ungüento, y no lograba retener nada en el estómago. “Mi cuerpo sufría”, escribe el incorregible enamorado, “pero mi corazón estaba feliz”.
La dama se enteró de la intervención quirúrgica, y poco después escribió una carta a la tía de Ulrich, informándole que abandonaba su residencia y que viajaría acierta ciudad, donde con mucho gusto vería a la tía. “Y puede traer a su sobrino… pero sólo porque deseo ver su labio corregido; por ninguna otra razón”.
Al fin llegó el gran momento en que el noble caballero pudo expresar sus sentimientos, cara a cara con su adorada belleza, a la que siempre, en sus poemas, había llamado la Pura, la Dulce, la Bondadosa. Llegó el día, y apareció la dama; a caballo y sola, mientras la escolta quedaba muy rezagada. UIrich espoleó su caballo y se puso a la par de la dama; pero ella, naturalmente, se apartó rápidamente, como si el encuentro le desagradara. El infortunado joven no sospechó que esta actitud se ajustaba a las normas del juego amoroso. Ulrich estaba tan terriblemente embarazado, que sintió que la lengua se le pegaba al paladar, y no fue capaz de pronunciar una sola palabra. Profundamente avergonzado, se retrasó, y luego trató nuevamente de aproximarse, pero continuaba mudo. Cinco veces repitió la maniobra, y siempre con los mismos resultados negativos. Acabó la cabalgata, y se perdió la oportunidad. Ya de regreso, Ulrich sólo se atrevió a aproximarse a la dama para ayudarla a desmontar.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
La Pura, la Dulce, la Bondadosa aceptó la ayuda del caballero y desmontó, mientras Ulrich sostenía el estribo; pero antes de poner el pie en el suelo arrancó un mechón de cabellos de la cabeza de Ulrich y le murmuró al oído: “¡Esto, por vuestra cobardía!”
Mientras se frotaba el cuero cabelludo, el inexperto enamorado reflexionó sobre la misteriosa (?) observación y como ya no confiaba en la palabra hablada, nuevamente apeló al escribiente. En un extenso poema explicó sus sentimientos, y la buena tía se encargó de llevarlo a la dama. Aquí surgió otra situación inesperada. Ulrich recibió una respuesta, pero la mala suerte seguía encarnizándose en su persona. No sabía leer, y su escribiente se hallaba ausente. Durante diez días guardó contra su pecho la carta que no podía leer, durante diez días enteros padeció en el umbral de la bienaventuranza, hasta que el escribiente (la única persona en quien confiaba) regresó al lado del caballero. Ulrich sufrió terrible desilusión. La carta contenía un poema, muy breve, en el que cada sílaba era una gota de veneno. Era evidente que los versos habían sido compuestos por la propia dama, y en ellos se expresaba la idea de que quien deseaba algo prohibido a sí mismo estaba negándose:
Wer wünscht, was er nicht soll,
Der hat sich selbst versaget wohl.
Y para que no cupiera ninguna duda, la poetisa de elevada alcurnia repetía tres veces las dos líneas.
Pero esto no podía desalentar al obstinado amante. Era parte de todo este absurdo sistema el que, si provenía de la Pura, la Dulce, la Bondadosa, aún la maldad debía ser aceptada humildemente. Su amor no flaqueó, pero como las palabras no daban ningún resultado, intentó demostrar con hechos que merecía el favor de la dama.
Ulrich comenzó a aparecer en todos los torneos del país, y a luchar valerosamente por el honor de su señora.
Rompió cien lanzas contra sus adversarios, y siempre triunfó. Ya se le conocía como uno de los mejores caballeros. Pero continuaba persiguiéndolo su mala estrella: cierto día recibió fuerte golpe en la mano derecha, y perdió el dedo meñique. Salió del torneo, se dirigió a la ciudad, y una vez allí el cirujano descubrió que el dedo seguía adherido a la mano por una o dos pulgadas de piel, y que quizás fuera posible salvarlo. Se necesitaron varios meses de tratamiento, pero al fin el dedo curó, aunque quedó definitivamente deformado.
Y aquí comienza el verdadero relato, cuyo eje es este meñique.
Entretanto, von Lichtenstein había hallado un nuevo intermediario, en lugar de su tía, la cual evidentemente no era muy eficaz. Un caballero de su amistad tenía acceso a la corte ducal, y aceptó desempeñar el papel de mensajero. El amigo informó a la dama cuán heroicas hazañas ejecutaba Ulrich para demostrar su amor; hacía poco tiempo, agregó el caballero, que aun su dedo meñique había sufrido las consecuencias de tan hondo sentimiento. “No es verdad, son todas mentiras”, replicó la dama. “He oído de personas que me merecen confianza que todavía conserva dicho dedo”.
Esta despectiva observación entristeció a Ulrich von Lichtenstein; nuevamente montó a caballo, pero se dirigió, no a la casa del cirujano, sino a la de un íntimo amigo. Invocó su amistad, ¡y le pidió que le cortara el dedo! Al principio, el otro caballero se negó, y entonces el propio Ulrich apretó el cuchillo sobre el dedo y amenazó cortárselo. De modo que el amigo tomó un martillo, asestó un golpe al cuchillo, y el dedo voló por aire. La herida fue vendada y, de acuerdo con el relato del propio Ulrich, el caballero comenzó a componer un poema. Cuando concluyó su extensa obra maestra, hizo preparar una buena copia y la encuadernó en terciopelo verde; luego, encargó a un orfebre que fabricara un cierre para el libro, el cual debía tener la forma de un dedo de oro. ¡Y en esa envoltura de oro guardó el meñique que se había cortado!
El intermediante entregó el libro a la dama, y esperó los resultados. La reacción fue inmediata. Cuando vio el horrible regalo, la dama exclamó: “¡Dios mío, jamás creí que un hombre sensato pudiese cometer semejante tontería!
Pero el incidente la movió a enviar un mensaje: “Decid al noble caballero que guardaré el libro en mi cajón, y que diariamente contemplaré su dedo meñique; pero que no crea que se ha acercado a su meta ni siquiera el grosor de un cabello; ¡pues aunque me sirviera durante mil años sería tiempo perdido!”
A pesar de estas últimas palabras, el tenaz caballero se sintió transportado de alegría, pues consideraba que su dedo meñique estaba mucho mejor en el gabinete de la dama que adherido a su propia mano. Poseído de entusiasmo, concibió una empresa que sería la culminación de sus hazañas caballerescas en honor de la dama.
De todas las locuras registrada y documentadas en la época de la caballería, ésta fue la más absurda, y hoy nos resulta casi imposible comprender tan pervertida y deformada interpretación de los deberes y derechos del caballero. Pues Ulrich von Lichtenstein no era loco ni masoquista; el suyo fue un caso evidente de estupidez temporaria pero aguda.
Cierto día abandonó su castillo de Estiria, con el propósito ostensible de acudir a Roma en peregrinación. Pero pasó el invierno en Venecia, donde vivió de incógnito, ocupado en visitar las tiendas de los sastres locales y encargar ropas. Entiéndase bien: no ropas masculinas, sino femeninas. Y tampoco las compró para su bien amada, sino para sí mismo. Compró un guardarropa entero: doce polleras, treinta corpiños, tres capas de terciopelo blanco, e innumerables accesorios y prendas de diverso tipo. Finalmente, ordenó dos largas trenzas adornadas con perlas.
Cuando concluyó sus aprestos, y llegó la primavera, Ulrich preparó un detallado plan de viaje. Se proponía partir de Mestre, atravesar el norte de Italia, Carintia, Estiria y Viena, para llegar a Bohemia. El viaje debía llevarle veintinueve días, de acuerdo con un itinerario cuidadosamente calculado, en el que se preveían la hora de llegada a cada ciudad, y las posadas en que se hospedaría. Un mensajero montado llevaba consigo este plan a cada uno de los puntos de la ruta, y en cada sitio leía una proclama, en la que se afirmaba que el noble caballero se proponía viajar de incógnito y sostener un torneo en las diferentes etapas del trayecto. No viajaba en su condición de Señor de Lichtenstein, sino como innominado caballero… pero vestido con ropas de mujer, como la Diosa Venus en persona. La proclama decía:
“La Reina Venus, Diosa del Amor… saluda a todos los caballeros, a quienes aquí informa que se propone visitarlos personalmente, para instruir a todos y a cada uno en el modo de servir a las damas y de conquistar su amor. Se propone partir de la ciudad de Mestre con destino a Bohemia, y lo hará el día de San Jorge, y al caballero que con Ella rompa lanzas durante el camino, lo recompensará con un anillo de oro. Que el caballero envíe el anillo a la dama de su corazón; pues dicho anillo posee el mágico poder de engendrar en el corazón de los destinatarios auténtico amor por los remitentes. Pero si en el torneo la Diosa Venus venciera al caballero, será obligación de éste inclinarse hacia los cuatro rincones de la tierra en honor de cierta dama. El rostro de la Diosa permanecerá velado durante todo el torneo. Y el caballero que, informado de la llegada de la Diosa, se negara a enfrentarse con Ella, será considerado por Ella ajeno al ámbito del amor, y entregado al desprecio de todas las damas nobles.”
Es característico de la época que el pobre Ulrich no fuera metido en una camisa de fuerza o llevado al manicomio; por el contrario, la nueva aventura fue recibida con general aclamación. Cuando leemos la descripción de la “gira de Venus”, sólo hallamos universal aprobación. La “Diosa” fue recibida solemnemente a lo largo de la ruta, y ni un solo caballero esquivó el enfrentamiento. El resultado final fue por demás impresionante: Ulrich, en su atuendo venusiano, rompió trescientas siete lanzas, y distribuyó entre sus adversarios doscientos setenta anillos de oro. En el curso de estos encuentros no sufrió el menor daño; y en cierta ocasión realizó la hazaña de desmontar a cuatro caballeros en una sola justa.
Esta extraña empresa no convirtió a von Lichtenstein en una figura cómica. La más antigua colección de Minnesanger alemanes es el códice Manasse, de Zurich, que data de fines del siglo XIII; los propios cantores aparecen en una serie de bellos retratos en miniatura. Allí Ulrich está en muy buena compañía: se lo ha colocado entre Hartmann von Aue y Wolfran von Eschenbach, ambos muy destacados poetas. Cabalga con su armadura completa, en un caballo de hermosos arreos. En el casco, cuya visera está cerrada, se ha pintado la imagen de Venus arrodillada. Por consiguiente, la época no creía de ningún modo que su actitud fuera particularmente ridícula.
Como ejemplo de la pompa y circunstancia que rodearon el viaje, véase la entrada en Mestre:
Formaban la vanguardia cinco escuderos, seguidos por un portaestandarte que llevaba una bandera de color blanco nieve. Lo acompañaban dos trompeteros. Luego, venían tres caballos con armadura, y tres sin ella; más atrás, varios pajes, que transportaban el casco plateado y el escudo del caballero. Luego, otro trompetero con cuatro escuderos, que portaban plateados manojos de lanzas, dos muchachas vestidas de blanco, a caballo, y dos violinistas, también a caballo. Finalmente, la Diosa Venus en persona, cubierta por un manto de terciopelo blanco que le llegaba hasta los ojos; bajo el manto, un vestido de mujer, de seda y linón, y la cabeza cubierta por un sombrero recamado de perlas. Bajo el sombrero, dos largas trenzas adornadas también con perlas.
Así ataviada, Venus recorría la ruta elegida. Los caballeros competían por el honor de romper lanzas con “ella”. Llegado el momento de la justa, Venus se calzaba la armadura bajo el vestido, y en lugar del sombrero se tocaba con el yelmo… pero debajo de este último continuaban colgando las trenzas. Sería fútil describir los torneos, a pesar de que el noble UIrich relata escrupulosamente cada uno de ellos. En cierta ocasión se topó con un estúpido de su mismo calibre: un rey, vestido de mujer en honor de su dama, con peluca y trenzas. Y los dos idiotas disfrazados se arrojaron el uno sobre el otro, y al brutal choque los escudos volaron en pedazos.
A lo largo de la ruta, las damas recibían al campeón con expresiones de ilimitado entusiasmo. En Tarvis, doscientas mujeres se reunieron por la mañana frente a su alojamiento para acompañarlo a la iglesia. Estas misas y procesiones fueron quizás el aspecto más característico de toda la gira venusiana. Hoy diríamos que es blasfemia; pero en esa época a nadie conmovía que un hombre, disfrazado de mujer, entrara en la iglesia acompañado por una procesión, ocupara un asiento en el sector reservado a las mujeres, y aún tomara la comunión con el mismo grupo.
El aventurero del amor impresionó mucho a los corazones femeninos, pero siempre permaneció fiel a su propio amor, aunque debió sufrir grandes tentaciones. En un caso los servidores de una dama desconocida invadieron el dormitorio de Ulrich, cubrieron de rosas la persona del caballero, y le entregaron un precioso anillo de rubí, regalo de la noble dama, que deseaba permanecer en el anonimato.
Pero el más extraño episodio de este extraño viaje es tan peculiar, que quizás lo mejor sea citar al propio Ulrich von Lichtenstein. En una aldea de Estiria, no lejos de su propio castillo, después del torneo se encerró en sus habitaciones; pero luego escapó por otra puerta. La Diosa Venus recuperó su condición masculina. He aquí el relato de UIrich:
“Entonces, en compañía de un servidor de confianza, salí al campo y visité a mi querida esposa, que me recibió muy amablemente y se sintió muy complacida de mi visita. Allí pasé dos días magníficos, fui a misa el tercero, y rogué a Dios que preservara mi honor, como lo había hecho siempre. Me despedí afectuosamente de mi esposa, y con el corazón fortalecido regresé a reunirme con mis compañeros.”
Estas pocas líneas revelan que, entretanto, Ulrich von Lichtenstein había contraído matrimonio; su autobiografía nos informe después que ya era padre de cuatro hijos. Ni esta magnifica familia ni su amante esposa impedían sus actividades amatorias en otras direcciones. De tiempo en tiempo, sobre todo durante el invierno, regresaba a su castillo y reanudaba la vida conyugal; pero con la llegada de la primavera, abandonaba otra vez el cálido nido para perseguir sus románticos ensueños. Aparentemente, la esposa no veía nada objetable en estas actividades. Y aun es posible que su esposa se sintiera halagada por la fama conquistada por el esposo durante su Frauendienst. También es muy posible que ella tuviera su propio serviteur.
Naturalmente, el “incógnito” de la gira de Venus era mera formalidad; todos sabían que bajo el corpiño de seda latía el viril corazón de Ulrich von Lichtenstein. También lo sabía la elegida de su corazón. Cierto día, el mensajero confidencial llegó al alojamiento de Ulrich, portador de una inesperada comunicación. Traía un anillo de la amada del tenaz caballero. “Ella comparte la alegría de vuestra gloria”, decía el mensaje, “y ahora acepta vuestros servicios, y como voto os envía el anillo”. El “loco del amor” recibió arrodillado el presente.
¡Pobre hombre! Si hubiera conocidos las reglas y normas del juego de amor medieval, hubiera anticipado con matemática precisión el siguiente movimiento de su dama. Pasaron algunos días, y apareció nuevamente el intermediario, pero ahora su expresión era sombría y desalentada. “Vuestra dama ha descubierto que os entretenéis con otras mujeres; esta fuera de sí de cólera, y reclama la devolución del anillo, pues os considera indigno de llevarlo”.
Cuando oyó estos reproches, Ulrich von Lichtenstein, caballero sin miedo y sin reproche, rompió a llorar amargamente. Lloró como un niño, se frotó nerviosamente las manos, quiso morir. El mayordomo del castillo, un caballero barbudo y anciano, oyó los sollozos y los gritos y acudió presuroso; y al ver el estado en que se hallaba UIrich, “mezcló sus lágrimas con las del noble caballero”. Los dos afligidos campeones hicieron tal escena de gemidos y de llantos, que al cabo apareció el cuñado de Ulrich, les reprochó su afeminada conducta, y después de prolongada discusión logró contener un tanto el flujo lacrimoso.
El tenaz amador pasó días amargos. En su dolor, se volvió hacia la poesía, y envió sus versos a la “cruel belleza”. Y luego, dice en su relato: “Me separé dolorido de mi mensajero; y visité a mi querida esposa, a quien amo más que a nadie en el mundo, a pesar de que elegí por señora a otra dama. Y con ella pasé diez días felices, antes de continuar viaje bajo mi carga de aflicción”.
Quizás sea difícil, a siete siglos de distancia, comprender este “sistema rotativo”; pero lo cierto es que formaba parte de la época de la caballería.
El romance de Ulrich llegó a su culminación definitiva. Los poemas ablandaron el corazón de la cruel belleza; días después llegó otro mensaje en el que la dama perdonaba al caballero, y le concedía una entrevista personal. Pero para evitar toda publicidad indeseable, invitaba al caballero a disfrazarse de mendigo y a mezclarse con los leprosos que esperaban limosna a la entrada del castillo. Allí se le daría la señal secreta para la cita.
Ni siquiera entonces el Don Quijote del amor comprendió el juego. Vistió los harapos de mendigo, y pasó varios días errando entre los leprosos, enfermo de asco y de náuseas. Varias veces la lluvia empapó sus ropas, y el frío de la noche mordió sus carnes ateridas. Finalmente, llegó una doncella con el anhelado mensaje: a tal y cual hora de la noche debía apostarse al pie de la ventana, con una luz en la mano. UIrich se despojó de las ropas de mendigo, y esperó, cubierto solamente por una camisa, bajo la ventana. A la hora señalada descendió una especie de plataforma de sábanas, el caballero puso el pie en ella y se sintió elevado hasta la ventana por gentiles pero firmes manos femeninas. Apenas entró en la cámara le echaron sobre los hombros una capa de seda recamada de oro, y lo llevaron a presencia de la dama. Después de tantos años de fatigas, estaban al fin en el umbral de la bienaventuranza.
La dama lo recibió amablemente, elogió su lealtad, y le dijo muchas frases halagadoras. Pero las emociones reprimidas derribaron todas las barreras y Ulrich comenzó a exigir pruebas tangibles del amor de la dama. Naturalmente, era imposible satisfacer el pedido; alrededor de la dama había ocho servidores; pero UIrich se negó a escuchar razones, y se mostró cada vez más atrevido. Finalmente, juró que no se movería de allí hasta no recibir la recompensa del Beiliegen.
Se trataba de otra institución peculiar de la época de caballería. Su nombre completo era Beiliegen auf Glauben. En esencia, consistía en lo siguiente: se permitía al caballero acostarse junto a su dama durante una noche entera… pero sólo “dentro de los límites de la virtud y del honor”. Debía jurar que no intentaría lesionar la castidad de la dama, y generalmente se cumplía el juramento. Era quizá la forma más retorcida de galanteo.
El único modo de calmar a Ulrich fue prometerle su recompensa… pero con una condición. La dama dijo que accedería al pedido del caballero, si éste demostraba primero su lealtad, para ello, debía subir nuevamente a la plataforma de sábanas, y ésta descendería un poco; y una vez que UIrich hubiera demostrado su constancia, se le permitiría entrar en la cámara de su amada. Esta vez Ulrich decidió proceder sobre seguro; aceptó la prueba… pero únicamente si, mientras tanto, podía retener la mano de la dama. Se aceptó la condición, el caballero subió a la plataforma y, mientras ésta descendía lentamente, la Dulce, la Pura, la Bondadosa señora dijo a UIrich: “Veo que merecéis mi favor… besadme ahora…”
Casi desvanecido de felicidad, UIrich elevó sus labios sedientos pero cometió el error de soltar la blanca mano. En ese mismo instante fue arrojado, con plataforma y todo, al patio del castillo. Y por cierto que no fue casualidad… cuando sus doloridas piernas le permitieron incorporarse, la plataforma había desaparecido.
¡Y ni siquiera esta experiencia enfrió su ardor! La dama inventó una explicación, y Ulrich continuó escribiendo versos, hasta que llegó el desastre final. El diario no explica qué hizo la dama, consumada maestra en torturas amorosas, pero sin duda fue algo terrible, pues el propio UIrich afirma que le fue imposible perdonarla. Y así acabó su Frauendienst, pues (según propias palabras de Ulrich), sólo un loco podía servir indefinidamente sin ninguna esperanza de recompensa”.
Lo cual, en todo caso, demuestra que este idiota del amor se creía hombre discreto.