Back Historia de la estupidez humana Save as PDF
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

Con el fin de comprenderlo, ante todo debemos familiarizarnos con los extraordinarios detalles del renacimiento del fénix.
En su condición de símbolo, el fénix representaba en el mundo antiguo la inmortalidad, la eternidad. Los emperadores de Bizancio lo utilizaron en ese carácter como elemento decorativo de sus monedas y medallas. Durante siglos los gobernantes europeos utilizaron en sus monedas al ave inmortal, y la convirtieron en representación de los ideales de pureza, perfección y virtud. En 1665, la reina Cristina de Suecia ordenó fundir una medalla con la imagen del fénix. Además, había una inscripción con la siguiente palabra, escrita en letras griegas, y de sonido perfectamente griego: Makellos. Desgraciadamente la misteriosa palabra no pudo ser hallada en ningún diccionario. Los filólogos cavilaron e investigaron, pero sin el menor éxito. La reina esperó cierto tiempo, y al cabo, reveló muy regocijada el misterio: no se trataba de una palabra griega, sino alemana. Makellos significa simplemente “inmaculado”.
Con respecto a la apariencia del fénix, todas las descripciones coinciden en que era un hermoso pájaro. Su forma era parecida a la del ave del paraíso, pero de proporciones considerablemente mayores… como las de un águila bien desarrollada. Tenía la cabeza y el cuello dorados, y el plumaje del pecho era azul brillante; el cuerpo estaba cubierto por plumas rojas, amarillas y verdes, y la larga cola recorría toda la gama del anaranjado claro al púrpura. Este acuerdo universal sobre la descripción del fénix era tanto más notable cuanto que nadie lo había visto nunca con sus propios ojos. Sin duda alguien había imaginado, al principio de la leyenda, el aspecto probable del glorioso pájaro, y esta descripción imaginaria había pasado de un libro a otro, más o menos como un pájaro salta de rama en rama.
El lugar donde ocurría el milagro del renacimiento había sido siempre Egipto, en el templo del dios Sol, en Heliópolis. Cuando el pájaro sentía que había llegado el momento, se acercaba desde el este con ruidoso batir de alas, amontonaba perfumadas hierbas secas sobre el altar del dios Sol, y se acostaba en el nido así formado. Los rayos del sol, reflejados por el brillante plumaje, incendiaban el nido, y el fénix se convertía en cenizas. Al día siguiente, de las cenizas emergía un gusanito, que comenzaba a crecer, y echaba plumas, pocos días después el nuevo pájaro aparecía completo, perfecto en todos sus detalles, echaba a volar, y comenzaba una nueva etapa de su vida, en verdad inmortal.
Los autores griegos y latinos estimaban que los “cielos vitales” del fénix inmortal duraban de 500 a 540 años. Las 3214 fuentes egipcias eran más precisas: de acuerdo con estas últimas, el fénix llegaba cada seiscientos cincuenta y dos años al templo del dios Sol, para consumirse en el fuego. Afírmase que fue visto durante el reinado del faraón Sesostris, en 2555 a.C., luego durante el reinado de Amós, en 1904 a.C. y así sucesivamente. De acuerdo con estos datos, los astrónomos modernos han llegado a la conclusión de que los 652 años de vida del fénix (es decir, el llamado período del fénix), correspondían al tiempo transcurrido entre dos pasajes de Mercurio por las órbitas del Sol. De modo que el fénix no habría sido otra cosa que un símbolo astronómico, un jeroglífico que señalaba el tránsito de Mercurio.
Por lo tanto, el “gusano” fue seguramente una simple abreviatura, que surgió del polvo de viejos libros, y se transformó en deslumbrante pájaro en la imaginación de poetas y fabricantes de mitos. Por otra parte, hemos de reconocer que no todos los hombres cultos creían en la tradición del fénix. Hubo escépticos que, a pesar de que no estaban en condiciones de descubrir el origen del mito, hallaron argumentos de peso para oponerse a la existencia del pájaro milagroso. Apelaban a un sencillo argumento: de acuerdo con la Biblia, Noé embarcó en el Arca un macho y una hembra de cada especie; por consiguiente, los animales que sobrevivieron al Diluvio sólo pudieron reproducirse de acuerdo con las leyes de la Naturaleza. Y esta premisa se oponía absolutamente a cualquier mito alusivo a un pájaro que nacía o renacía de sus propias cenizas, pasando por un estado intermedio de gusano.
No es éste el lugar apropiado para analizar esa explicación científica o seudocientífica. Pero quien alguna vez haya mirado desde una altura en dirección a las pirámides de Egipto, y contemplado la puesta del sol en el desierto, con sus ardientes colores, comprenderá fácilmente el mito del fénix. Pues este espectáculo cotidiano es uno de los más prodigiosos fuegos artificiales ideados por la Naturaleza. Se diría que el sol poniente ha incendiado el desierto, y que las llamas alcanzan al cielo, tiñéndolo de rojo. Es fácil advertir que la imaginación de los hombres primitivos pudo interpretar este espectáculo celestial afirmando que el sol se quemaba en su propio fuego, para renacer al día siguiente…
Pero los hombres eruditos de siglos pasados rara vez abandonaban sus gabinetes. Los viejos tomos encuadernados en cuero formaban impresionantes hileras, y contenían el testimonios de grandes y famosos predecesores. Alguien había efectuado la descripción del fénix; otro lo había seguido; y luego un tercero, y al fin se contaban decenas y centenas de “testigos”. Y si veinte sabios, o cien afirmaban algo, sin duda era verdad…
Sin embargo, el fénix también abrió paso a la teoría de la palingénesis.
Al principio, la ciencia no quiso acometer la tarea de obtener hombres del polvo. Cuando mucho, procuraba hacerlo con algunas flores. Nada se pierde en la Naturaleza, decían los soñadores de la ciencia. Si la reina de las flores, la magnífica rosa, era reducida a polvo mediante un proceso adecuado, en las cenizas aún se hallaban las sales propias de la flor viva. En cada grano de sal sobrevivían todos los elementos constituyentes de la planta… exactamente como en la semilla. Por lo tanto, las sales debían ser extraídas químicamente de las cenizas, y después de depositarlas en un alambique, puestas al fuego. Bajo la influencia del calor, estos elementos se separaban de las sales y se unían con arreglo a las “leyes de la simpatía”. La rosa crecería ante nuestros propios ojos, echaría brotes, y finalmente aparecería en toda su belleza la flor completamente desarrollada. La única diferencia residía en que esta flor artificial no era otra cosa que el fantasma, el espíritu abstracto de la original. Y cuando se apartara del fuego el alambique, la flor recreada artificialmente comenzaría a encogerse y desaparecería.
Esta era la teoría. Pero, ¿alguien había logrado descubrir el “proceso apropiado” para revivir una flor muerta?
Afirmase que sí. El testigo es Sir Kenelm Digby, autor inglés, comandante naval y diplomático; hombre que había servido sucesivamente a Carlos I, a Cromwell y a Carlos II; amigo de Descartes, y autor de gran número de libros y folletos.
Sir Kenelm no afirmó haber sido testigo presencial: su testimonio es de segunda mano. Cita a André Duchesne (o, según el nombre que se le daba en el mundo de la ciencia, Andreas Quercetanus) el “padre de la historia francesa”, que con sus propios ojos había visto doce botellas selladas en el taller de un alquimista polaco. Una contenía las cenizas de una rosa, la otra las de un tulipán, y así por el estilo. El polaco colocaba las botellas sobre un fuego moderado, y al cabo de pocos minutos aparecían las flores milagrosas. Cuando retiraba del fuego los recipientes, las flores quedaban reducidas a cenizas.
¿Quién era este alquimista polaco, y dónde practicó su magia? Ni Digby ni su fuente original aclaran estos interrogantes. Pero todos los que posteriormente escribieron sobre la palingénesis citan religiosamente el testimonio de los médicos francés e inglés, y a través de estos, los resultados obtenidos por el misterioso polaco. Y hay buen número de obras que tratan la teoría y la historia de la palingénesis: desde Curiosités de la nature (París, 1753), del abate de Vallemont, a Histoire critique des pratiques superstitieuses (Paris, 1702), de Pierre Lebrun; desde Aufschlüsse zur Magie (Munich, 1806), de Karl von Eckartshausen, a L`alchimie et les alchimistes (Paris, 1860), de Louis Figuier. Pocos autores se remontan a Quercetanus; la mayoría se consideran felices de utilizar el trabajo de Sir Kenelm Discours sur la végétation des plantes (1661), conocido de los autores continentales por el título de la traducción francesa.
Otro testigo citado con frecuencia fue Athanasius Kircher, el erudito jesuita romano. Afirmábase que también él había logrado revivir una flor reducida a cenizas. La mostró a la reina Cristina de Suecia, pero una noche de invierno dejó en la ventana el recipiente, y una helada imprevista quebró el cristal. Digby atestigua la verdad de la historia. “Kircher me explicó el secreto del proceso”, escribe, “pero entonces yo me hallaba ocupado en asuntos de más peso, y no realicé personalmente el experimento”.
Una verdadera lástima. Y lo peor es que Sir Kenelm no se mostró tan comunicativo como aparentemente lo fue el padre Kircher; no publicó el importantísimo secreto: a saber, cómo recrear animales (animales reales, vivos y comestibles) a partir de las cenizas.
Pues Digby aseguraba que lo habla logrado. Eligió una magnífica langosta viva y, utilizando su propio método secreto, la cocinó, la hirvió, la remojó y la curó, hasta que quedó reducida a cenizas de langosta, embebidas en las sales que constituían la base de su renacimiento. Continuó torturando estas cenizas, hasta alcanzar éxito; de las cenizas salieron pequeñas langostas, y crecieron, se desarrollaron y engordaron, para suministrar al fin la materia prima de un plato muy sabroso.
En realidad, al reservarse el secreto, Sir Kenelm adoptó una actitud muy egoísta… ¡sobre todo si se considera el precio actual de la langosta! Otros demostraron mayor espíritu de solidaridad, y ofrecieron al mundo el resultado de sus investigaciones. En el segundo volumen de la obra de Eckartshausen hay por lo menos treinta recetas sobre el modo de “recrear” plantas y animales a partir de sus respectivas cenizas. Infortunadamente, ninguna de ellas servirá para dar variedad al menú de la familia común. Los consejos incluidos en el libro se refieren a la recreación o renacimiento de jejenes, escorpiones, serpientes y lombrices de tierra. Tomemos un ejemplo: las lombrices de tierra son muy pequeñas al principio, pero si se les suministra una abundante dieta de tierra, se convierten en especímenes gigantes.
Si el lector no tiene interés por las lombrices de tierra o por los escorpiones, puede intentar el siguiente experimento: tome un pollo joven, colóquelo en un alambique, redúzcalo a polvo, selle herméticamente el contenido y entiérrelo. Pocos días después se formará un líquido viscoso, bajo la influencia de la fermentación. Vierta el contenido en una cáscara de huevo vacía, cierre la abertura, deposite el huevo bajo el cuerpo de una gallina, y ésta empollará otro pollito.
Esta absurda fata morgana de la palingénesis poseía efectivamente cierta base real. Las muy discutidas sales se hallaban en las cenizas de la planta, y si el recipiente pasaba repentinamente de un medio frío a otro caliente, es muy posible que sobre el vidrio se formaran ciertos depósitos… como los que forma el hielo sobre el vidrio de una ventana. El resto era fruto de una imaginación lujuriosa y del rumor que cobraba mayores proporciones a medida que pasaba de boca en boca.
El libro del abate de Vallemont trae el grabado en cobre de un gorrión encerrado en un recipiente de vidrio. Fue “creación artificial” de un químico francés llamado Claves; surgió del polvo, y el polvo retornaba, según que se lo mantuviera sobre el fuego o se lo retirara de él. La posibilidad de esta “vida fantasmal” condujo a la ciencia a ciertas conclusiones definitivas. Y tan importante doctrina debe ser tratada con el debido respeto; al fin y al cabo, fue aceptada por hombres serios y eruditos.
Por otra parte, es bien sabido que en los cementerios a menudo aparecen los espíritus de los muertos, vagabundeando entre las tumbas. El pueblo supersticioso cree que dichas apariciones son los propios muertos; otros afirman que cierto demonio cobra esa forma fantasmal y desarrolla un juego infernal con los mortales. La palingénesis suministró a la ciencia la clave del enigma. Las sales contenidas en el cuerpo humano, y liberadas por la fermentación, se elevaban a la superficie del suelo, y allí, de acuerdo con la ley de simpatía, la sombra del muerto cristalizaba en una aparición visible. Los supuestos fantasmas no eran otra cosa que fantasmas… es decir, desde el punto de vista científico, fenómenos comunes y cotidianos.
Una teoría valiosa, sin duda. Era un golpe mortal asestado a la superstición. Arruinaba (o abrigaba la esperanza de arruinar) el floreciente negocio de los médium y todos los que se dedicaban a evocar el espíritu de los muertos. Después de todo, y de acuerdo con esta explicación, no evocaban a los auténticos espíritus, sino a los falsos… sombras artificiales que se elevaban de las sales del cuerpo humano. Seguramente era el truco al que apelaban todos, desde la Bruja de Endor al último adivino de feria.
¡Lástima grande que la teoría científica fuera por lo menos tan absurda como la superstición a la que se proponía combatir!