Chapters (59)
- IMPRIMIR
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
Sólo conocemos un caso, en el que no uno sino diez homunculi fueron creados en el taller del alquimista.
Un hombre llamado Kammerer, secretario del conde Francisco José Kueffstein (1752-1818), ofrece una reseña detallada, desde 1773 en adelante, de los gastos, los ingresos, los viajes y los actos cotidianos de su amo (Este diario fue publicado por primera vez en el almanaque oculista Le Sphinx, y posteriormente fue reimpreso por Jean Finot en su obra La philosophie de la longevité. Kueffstein fue un rico propietario y alto funcionario de la corte de Viena). El diario relata con el mismo seco estilo asuntos tan diversos como el costo de las posadas y del polvo arroz utilizado en las pelucas, o el método de creación de los diez homúnculos.
De acuerdo con esta crónica, durante sus viajes a Italia el conde Kueffstein conoció el abate Geloni. Este se sentía tan atraído como el propio conde por los misterios de los Rosacruces. Los dos hombres se encerraron en el taller de Geloni, y pasaron cinco semanas explorando día y noche los misterios de la vida. Tan tenaz laboriosidad se vio coronada por el éxito: cierto día las criaturas de la ciencia comenzaron a agitarse en los alambiques. Con sus propio ojos el sorprendido secretario vio diez homúnculos: un rey, una reina, un arquitecto, un monje, un minero, una monja, un serafín, un caballero, un espíritu azul y otro rojo.
Cada uno de ellos se hallaba en un recipiente de medio galón, lleno de agua y cuidadosamente sellado. Los recipientes fueron llevado al jardín y enterrados en un cantero. Por espacio de cuatro semanas se regó el cantero con cierto misterioso cocimiento, después de lo cual comenzó a fermentar. Esta fermentación ejerció sin duda considerable efecto sobre las pequeñas criaturas, pues comenzaron a chillar como ratones. Al vigésimo noveno día se desenterraron los alambiques, y fueron llevados al taller, y después de unos pocos días de “tratamiento complementario” Kammerer pudo ver otra vez a sus nuevas relaciones.
Quedó sorprendido del cambio que habían sufrido. Habían crecido, estaban más desarrollados, y era fácil discernir las características de la vida futura. Los hombres tenían barba, y las mujeres poseían encanto y belleza. El abate les había suministrado ropas, el rey tenía corona y cetro, el caballero espada y lanza, y la reina un costoso collar.
Pero a medida que crecían, aumentaban las dificultades. Era necesario alimentarlos cada tres días, de acuerdo con cierta receta secreta, y en cada ocasión había que sellar los recipientes, pues los cautivos revelaban creciente inclinación a huir. En todo caso, revelaban mal carácter; en cierta ocasión, mientras recibía su alimento, el monje mordió el pulgar del abate (¿Antagonismo profesional?).
Hasta aquí, las anotaciones de Kammerer parecen imitación exacta de los cuentos fantásticos de E.T.A. Hoffmann o de Edgar Allan Poe. Pero ahora un dato real: el conde regresó a Viena y presentó sus “criaturas” a la logia rosacruz local. El secretario no da detalles de la notable exhibición; sólo dice que uno de los espectadores fue expulsado por el conde porque se atrevió a llamar a los homúnculos “horribles escuerzos”. Además, menciona a un conde Thun que creyó todos los dichos y hechos de Kueffstein, y posteriormente colaboró en los experimentos realizados por este último. Este conde Thun era bien conocido entonces en Viena. Era un “médico milagroso”, y se afirmaba que curaba a sus pacientes sólo con tocarlos. Su carrera concluyó en Leipzig, el año 1794, cuando se reunió en su sala de espera enorme número de pacientes, de modo que le fue imposible atenderlos a todos. Para resolver el problema, se limitó a vendarles los ojos, y ordenó a sus ayudantes que ejecutaran las maniobras habituales. Pero se descubrió el engaño, y el conde despareció de la vista del público.
Pero volvamos al diario.
A medida que los homunculi envejecían, se tornaban cada vez más rebeldes. Antes solían iluminar a su amo con lecturas discretas y ofrecían muchos sabios consejos. De pronto, todo cambió. El rey sólo quería hablar de política; la reina sólo se interesaba por asuntos de etiqueta; el minero se ocupaba exclusivamente de problemas del mundo subterráneo. Y si estaban de mal humor, molestaban al conde con declaraciones burlonas y sin fundamento. El pobre conde estaba bastante deprimido. En cierta ocasión quiso preguntar al monje cómo podía hallar un manuscrito de Paracelso que se había extraviado… y ocurrió un terrible accidente. El alambique se le deslizó entre las manos, se rompió en pedazos, el monje cayó al suelo y se hirió gravemente. En vano trataron de salvarlo, de lograr que reaccionara; aún los poderes magnéticos del conde Thun fracasaron, y el pequeño monje murió. Con cartulina negra le prepararon un ataúd, lo enterraron en el jardín, y su padre adoptivo derramó amargas lágrimas.
Pero eso no fue todo. Cierto día Kammerer echó una ojeada al taller, y comprobó con horror que el rey había escapado de la prisión de vidrio, y trataba afiebradamente de quitar el sello que cubría el recipiente de la reina. El secretario dio la voz de alarma, acudió velozmente el conde, y juntos iniciaron la caza del enamorado homunculus, que saltaba de un mueble a otro, revolviendo salvajemente los ojos. Consiguieron capturarlo cuando cayó rendido de cansancio. Y aun entonces consiguió morder la nariz del amo y causarle una fea herida.
El propietario de la familia homuncúlea debió sufrir otra desilusión. No podía resignarse a la pérdida del monje. Con la ayuda de conde Thun inició un nuevo experimento: se trataba de crear un almirante. El almirante artificial fue creado con todas las reglas del arte, pero alcanzó apenas el tamaño de una pequeña sanguijuela, y falleció al poco tiempo.
Aquí el diario del secretario guarda silencio sobre el desenlace de la situación. No sabemos cómo concluyó la cría artificial de seres humanos. De acuerdo con el almanaque ocultista, el conde Kueffstein cedió a los ruegos de su esposa, profundamente conmovida por el “sacrilegio”, y disolvió esta familia tan poco natural. Ignoramos cómo lo hizo, y qué destino les dio.
Tampoco conocemos la respuesta a un interrogante de mayor importancia: Esta fantástica historia, ¿tenía algún fundamento? ¿O fue pura invención del secretario? Si se trata de esto último, ¿qué propósito lo guió? Los adeptos de Paracelso creían en la verdad de todo el relato: de acuerdo con ello, Kueffstein había seguido las instrucciones del gran alquimista, y de ese modo había creado los Paracelso, homunculi. Otros, aunque fieles admiradores de consideraban muy aventurada la teoría de los homúnculos. Es imposible, decían, desafiar tan audazmente las leyes de la Naturaleza. Por otra parte, argüían, todo indica que las pequeñas criaturas no eran otra cosa que los espíritus elementales que desempeñan tan importante papel en las enseñanzas de Paracelso. Son criaturas sobrenaturales pero transitorias: sujetas a las leyes de la Naturaleza, seres intermedios entre los humanos y el auténtico mundo de los espíritus.
Esta explicación es tan clara en su propia oscuridad, que nos sentimos inclinados a aceptarla; pero hay un detalle que nos mueve a vacilación: la vejiga de vaca con que se sellaban los recipientes. Recuerdo las antiguas ferias, en Europa Central, que solía frecuentar cuando era niño, y Minimax, el diablillo encerrado en un tubo de vidrio… un espectáculo que siempre me atrajo poderosamente. “¡Minimax, cumple tu deber!” ordenaba el amo, y el diablillo se hundía hasta el fondo del recipiente, otra orden, y el muñeco subía rápidamente. En las ferias francesas se daba al juguete el nombre de diable cartésien, aunque no se sabe de cierto que el inventor haya sido Descartes. La esencia del truco consiste en colocar el pequeño juguete en un recipiente lleno de agua hasta el borde, equilibrándolo hasta que flote. El interior del muñeco está lleno de aire, que ha absorbido a través de un agujero en el estómago. Se sella el recipiente con una vejiga de vaca. Si alguien presiona la vejiga con el dedo, el agua desplazada llena el estómago de Minimax; aumenta el peso, y el muñeco se sumerge. Cuando desaparece la presión, el aire desplaza el agua, y el obediente diablillo vuelve al lugar original.
Podemos suponer, naturalmente, que el conde Kueffstein trajo de Italia el juguete, y con el fin de mantener el secreto del asunto engañó a su propio secretario. Pero, ¿cómo es posible que uno de los Minimaxhomunculi escapara de la prisión y empezara a correr entre los muebles de la habitación?
Creo que he hallado la respuesta en la trágica historia de los procesos por brujería. En junio de 1603, el parlement de París sentenció a una mujer llamada Marguerite Bouchey a ser quemada en la hoguera. Se la acusaba de mantener en su casa un demonio familiar, una mandrágora viva, y de cuidarla y alimentarla. Sometida a tortura, la infortunada mujer confesó que los cargos eran ciertos, su anterior patrón le había regalado el incubus. Era un trasgo repugnante, de pequeñas proporciones, parecido a un monito muy feo…
El “rey” enamorado del conde Kueffstein era probablemente una adquisición realizada en Italia, el mono amaestrado de algún saboyardo errante. El abate Geloni instruyó al conde, no en los misterios de las ciencias ocultas, sino más bien en algunos trucos de magia. El desconcertado secretario hizo lo que habitualmente hace la gente que difunde la nueva de hechos misteriosos: coloreó, agregó y exageró todo cuanto vio, y al fin es posible que él mismo creyera haber visto un Don Juan diminuto en lugar de un monito maligno…
De todos modos, hemos logrado establecer la siguiente premisa: de acuerdo con la enseñanza de Paracelso, era posible crear seres humanos sin ayuda de la mujer. Si esta teoría era correcta, cabía suponer que las mujeres también podrían engendrar niños por vías diferentes de las que prescribe la Naturaleza.
Y la prueba cabal de lo que afirmamos es un fallo judicial. (Publicado en Curiosités judiciaires, de B. Waré, París, 1859, pero citado frecuentemente en la literatura alemana del siglo XVII. Aparece, por ejemplo, en Der Grosse Schauplatz, Hamburgo, 1649-1652, de G. Plí. Harsdúrffer, en Relationes Curiosae, Hamburgo, 1683-1691, de E. G. Happel, y en Metamorphosis telae judiciariae, Nuremberg, 1684, de M. Abele.)
Ocurrió en la ciudad de Montpellier que un noble llamado Aiguemere entró al servicio del cardenal Valette, y lo acompañó a Alsacia. Después de cuatro años de ausencia, Aiguemere falleció. Por diversas razones, la esposa no pudo seguirlo cuando se incorporó a la corte del cardenal, y permaneció en la casa señorial, donde pasó los cuatro años en honorable reclusión.
Los hermanos del noble fallecido, los señores De La Forge y De Bourg-Le-Mont experimentaron considerable sorpresa cuando, poco después de la muerte de Aiguemere, fueron informados de que su cuñada viuda, lady Madeleine, estaba embarazada La sorpresa se convirtió en indignación cuando se enteraron del feliz acontecimiento: la viuda había dado a luz un niño. Poco les importaba la moral de lady Madeleine, pero el niño fue inscripto en los registros eclesiásticos como hijo del finado señor Aiguemere, y por consiguiente como legítimo heredero de todas sus tierras y posesiones.
Esto ya era demasiado. Los dos hermanos iniciaron proceso, con el fin de obtener la declaración de ilegitimidad del niño. Poca duda cabía respecto del resultado probable. Como estaba demostrado que la viuda no había visto a su esposo durante cuatro años, el tribunal declaró que el difunto no podía ser el padre, por lo que el niño fue declarado ilegitimo y excluido de la herencia.
Pero la viuda no aceptó el fallo. Apeló al parlement de Grenoble (en Francia los parlements eran cortes de apelación). Fundó su reclamo en la solemne declaración de que durante la ausencia de su esposo había llevado una vida pura y virtuosa, ningún hombre había entrado jamás en sus habitaciones, y por consiguiente era imposible que un extraño fuera el padre de su hijo. Lo que había ocurrido era fantástico pero real: la mujer afirmó que, poco antes de morir, el esposo la había visitado. No real y físicamente… sino durante el sueño de la dama. De todos modos, este encuentro conyugal había tenido exactamente los mismos efectos que una noche de amor en la vida real. Pronto se advirtieron las consecuencias, y entonces ella había relatado el caso a varios testigos. Por lo cual pedía que se escuchara a esos testigos y a varios expertos.
Y entonces se dio una situación que desconcertó a todos los espíritus sensibles.
El parlement de Grenoble aceptó los testigos.
Las nobles damas Isabel Delberiche, Louise Nacard, Marie de Salles y otras se presentaron a declarar. Afirmaron, bajo juramento, que al principio de su preñez Lady Madeleine les había hablado del sueño milagroso, y que había asegurado que jamás había tenido relación con ningún hombre que no fuera su esposo; por lo cual el niño que esperaba debía ser fruto de este sueño extremadamente vívido.
Esta interesante evidencia fue completada por cuatro parteras: Mesdames Guillemette Garnier, Louise Dartault, Perrette Chauffage y Marie Laimant. Las cuatro femmes sages atestiguaron unánimemente que el fenómeno era muy posible, y que conocían otros casos similares.
El parlement de Grenoble era muy concienzudo, y no se contentó con la opinión de las cuatro comadronas. Llamó a prestar declaración a cuatro médicos prestigiosos, con el fin de escuchar opiniones realmente expertas. Los doctores Denis Sardine, Pierre Mearaud, Jacques Gaffié y Alienor de BellevaI declararon, después de madura reflexión, que el caso de Lady Madeleine no era inverosímil. Uno de los argumentos de más peso esgrimidos fue el ejemplo de los harenes turcos, donde (de acuerdo con los expertos) ocurría a menudo que, a pesar del aislamiento en que se hallaban las odaliscas, y de que el amo no ejercía con frecuencia sus derechos conyugales, las mujeres presentaban de tanto en tanto a su señor los frutos del amor. Según palabras de Harsdórffer, la explicación médica del caso era “inapropiada para oídos virtuosos”.
Estos ponderados testimonios fueron examinados cuidadosamente por el parlement de Grenoble, y se dio sentencia en favor de Lady Madeleine. El fallo decía lo siguiente:
“En vista de las pruebas obtenidas, de las opiniones y de los razonamientos expertos presentados por muchos médicos, parteras y otras personas de valer residentes en Montpellier, sobre la verosimilitud del hecho debatido, el tribunal ordena que el niño en cuestión sea declarado hijo legítimo y heredero del señor de Aiguemere. Además, conjura a los señores De La Forge y De Bourg-le-Mont, como demandantes en primera instancia, a declarar que la arriba mencionada Madame d’Aiguemére es mujer virtuosa y respetable, formulando una atestación por escrito de este hecho después que este fallo haya adquirido validez. Fechado el 13 de Febrero de 1637, etc.”…
Era demasiado. Los hermanos se hubieran resignado a que el bastardo usurpara el título y la propiedad, pero extender un certificado moral a la cuñada adúltera, y convertirse en el hazmerreír de Montpellier… Era evidente que toda la ciudad participaba en una conspiración en apoyo de la viuda. El padre “soñado” había muerto y no podía intervenir; el padre real era seguramente un alto funcionario que movía los hilos de la extraña comedia.
Encolerizados, los dos hermanos apelaron a la suprema autoridad, la Sorbona de París. Aquí los conspiradores de Grenoble y de Montpellier carecían de influencia. La Sorbona anuló el fallo de Grenoble, y lo calificó de “erróneo en el más alto grado”; el “niño del sueño” fue declarado ilegitimo y despojado de su herencia.
¿Y qué decir de las opiniones expertas de los médicos de Montpellier? No es posible criticarlos muy duramente, pues en el siglo XVII, todavía se creía generalmente que el viento podía fecundar la matriz femenina.
Como en tantos casos parecidos, el origen de esta particular teoría biológica se encuentra en la literatura clásica. En su Georgicón (111, 271) Virgilio canta a Céfiro, el Viento del Oeste, que es capaz de desempeñar el papel del padrillo y de fecundar el vientre de las yeguas. Plinio explica en términos científicos este milagro, y lo expone con su habitual concisión:
“Es bien sabido que en Portugal, en el distrito de Lisboa y del Tagus, las yeguas escapan del Viento del Oeste y son fertilizadas por él. Los potrillos nacidos de dicha unión son extremadamente veloces, pero no viven más de tres años.” (Lib. VIII, e. 421/2.)
Pierre Bayle, en las notas de su ensayo Hippomanes, consideró que este mito merecía detallada discusión. Considerable número de autores latinos (Varro, Solinus, Columella, etc.) tomaron muy en serio la capacidad amorosa del viento. El hecho hubiera tenido poca importancia, pero lo cierto es que este viento lascivo continuó soplando hasta fines del siglo XVI. Entre los muchos representantes de la teoría, Bayle menciona a Louis Carrion, profesor de la Universidad de Lovaina, y firma creyente en los conceptos señalados. Esta irresponsable tradición fue característica del hombre de ciencia encerrado en su gabinete, que prefería creer en la autoridad de un libro antes que en los viajeros que habían visitado Portugal y solicitado en vano ver yeguas fertilizadas por el viento. Nadie las había visto jamás, todas las yeguas afirmaban que sus potrillos habían sido engendrados en legítimo matrimonio.
Gradualmente se descubrió el origen de la leyenda. En la antigüedad, los marinos fenicios habían explorado la costa occidental de Iberia, regresando con la noticia de que la suave brisa oceánica fertilizaba el suelo; en los ricos prados pastaban caballos veloces como el viento… como si el viento mismo hubiera sido el padre de tan bellos animales. Alguien confundió los elementos de la metáfora, los mezcló con cierta salsa científica, y los presentó al mundo.
El parlement de Grenoble no se hubiera atrevido a emitir su celebrado fallo si dichas leyendas no hubieran sido consideradas entonces hechos auténticos. Si las yeguas portuguesas habían desafiado las leyes de la Naturaleza, ¿por qué era imposible que una noble dama francesa concibiera en el sueño?
Aproximadamente cien años después, a mediados del siglo XVIII, la Sociedad Real de Londres se ocupó de un caso semejante. No se conocen detalles de la discusión o de su resultados, pero el asunto fue sin duda muy jugoso, como lo demuestra la amarga sátira escrita por Sir John Hill, enemigo jurado de la Academia, bajo el seudónimo de Abraham Johnson. Fue un libro muy popular y aún llegó a la biblioteca de María Antonieta. Su título: Lucina sine concubitu.
Sir John partía de la concepción científica contemporánea según la cual el aire abundaba en innumerables animalculae, pequeñas criaturas, invisibles al ojo desnudo.
Si entraban en el organismo femenino, cobraban fuerza, y en condiciones favorables se transformaban en seres humanos. Esta era la explicación del incremento de la raza caballar portuguesa, pues el viento del oeste traía considerable cantidad de estos animalculae. El autor, Abraham Johnson, afirmaba haber inventado un artefacto llamado cilindrico-catoptrico-rotundo-concavo-convex. Con él había extraído del viento cierto número de animalculae, y los había extendido sobre un papel, como si hubieran sido huevos del gusano de seda. Bajo el microscopio se los veía claramente como hombres y mujeres en miniatura, pero bien desarrollados. En interés de la ciencia, había continuado el experimento: obligó a su criada a tragar algunos, mezclados en alcohol… y la muchacha quedó embarazada.
La maligna sátira despojó para siempre a Céfiro de su gloria de semental. Naturalmente, los franceses también se ocuparon del asunto, y un año después apareció una “sátira de la sátira”, con este sugestivo título: Concubitus sine Lucina, ou plaisir sans peine (Londres, 1752).
Uno de los aspectos más divertidos del caso fue que el gran Albrecht von Haller tomó el asunto en serio, y lo incluyó en su Bibliotihera anatomica.
El ejemplo de las yeguas portuguesas fertilizó la imaginación de los fabulistas, aunque en el caso de estos últimos la esencia del asunto no era la paternidad del viento, sino más bien la de la nieve. La colección Cent Nouvelles Nouvelles (publicada por primera vez en 1432) relata la historia del mercader que regresa después de una ausencia de diez años, y encuentra en su hogar un niño más que los que dejó. La esposa ya ha preparado una explicación: “Juro que no he conocido a otro hombre que tú. Sin embargo, una mañana bajé al jardín para recoger un poco de acedera; arranqué una hoja y la comí. Sobre la planta habla caído un poco de nieve fresca. Apenas la hube tragado sentí lo mismo que las veces anteriores en que quedé embarazada. Es evidente que este bello niño es nuestro hijo.” El esposo era hombre discreto y cauteloso; fingió creer la historia. Esperó unos años, hasta que el niño creció, y entonces lo llevó consigo en viaje de negocios, y lo vendió como esclavo en África, por cien piezas de oro.
Cuando regresó, su esposa le preguntó por el hijo. “Ay, querida mía”, suspiró el mercader, “cuando desembarcamos en África, el calor era terrible, y nuestro muchacho, que era hijo de la nieve, comenzó a derretirse. Y antes de que pudiéramos prestarle ayuda, se disolvió ante nuestros propios ojos. La anécdota sobrevivió durante siglos; y aún bajo la forma de relato jocoso demuestra que dicha paternidad no era considerada imposible entonces. Posterionnente, Grécourt utilizó el mismo tema en su poema L`Enfant deneige. El húngaro Samuel Andrad, en otra versión transformó la acedera en carámbano, como fertilizador más probable.
Uno de los más coloridos ejemplos de paternidad “a distancia” fue utilizado por el famoso novelista magiar Maurus Jokai, en su novela Un aventurero notorio en el siglo XVII. Naturalmente, Jokai amplió y desarrolló la historia original, condensada en pocas frases en la fuente que el autor utilizó, la Rheinnischer Antiquarius. El aventurero contrajo matrimonio con una muchacha rica de Holanda, que persuadió a su esposo de la conveniencia de viajar a las Indias Orientales, para adquirir fama y riqueza en los trópicos. Al cabo de pocos años se elevó a la categoría de alto funcionario y regresé al hogar, donde halló un niño. La esposa ya tenía preparada una explicación: cierta noche en que ansiaba hallarse junto a su esposo, se vio milagrosamente transportada a las Indias Orientales, y retornó al hogar después de breve interludio conyugal. El esposo se comportó sensatamente, y fingió creer el relato; pero poco después la llevó consigo en un corto viaje, y la arrojó a un lugar de arenas movedizas, donde pereció miserablemente.
Puede afirmarse que con esta cita en el sueño se ha completado el círculo: hemos retornado al sueño de la viuda de Montpellier. El relato holandés fue incluido en el libro del erudito Martin Zeiler: Miscellanea oder Allerley zusammen getragene politische, historische und andere Denckwürdige Sachen (Nuremberg, 1661). Zeiler, profesor de la Universidad de Ulm, afirmó que poseía informaciones definidas sobre el caso. Había ocurrido en Vlissingen, apenas cuatro años antes de la publicación de su libro; y la viuda en cuestión había sido transportada a las Indias Orientales por los “espíritus benévolos”.
Después de lo anterior, el viaje de la señora Samuel Guppy reviste, hasta cierto punto, carácter de anticlímax. Afirmóse que la buena señora había realizado su excursión en 1871, y que se había visto “precipitada instantáneamente” de su hogar en Highbury a una casa en la calle Lambis Conduit, a unas tres millas de distancia, donde cayó ruidosamente en medio de una séance. En su libro Duendes y trasgos sobre Inglaterra., dice Harry Price: “Naturalmente, todo el asunto fue un engaño; pero este moderno “tránsito de Venus” (en paños menores, y de un peso de 107 libras) no fue nunca desmentido formalmente. Y, quizás afortunadamente, la excursión nocturna no tuvo otras consecuencias… es decir, la familia Guppy no aumentó.