Back Historia de la estupidez humana Save as PDF
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

A mediados del siglo XVIII inflamó a París una nueva perspectiva de rejuvenecimiento.
¿Por qué buscar la fuente de la eterna juventud en Bimini, cuando se hallaba aquí mismo, al alcance de nuestras manos? La sangre, el fluido vital, estaba presente por doquier; circulaba en la venas de los jóvenes. Bastaba utilizarla en beneficio de los ancianos… aún quedaría buena cantidad para sus propietarios originales.
Robert Desgabets fue el primero que concibió la idea de la transfusión de sangre. Sólo se ocupó del aspecto teórico del problema; pero pocos años después, en 1664, Richard Lowers, el médico y fisiólogo inglés, efectuó con éxito la operación, utilizando dos perros. La noticia alentó a Jean-Baptiste Denis, médico de la corte de Luis XIV, y el galeno propuso intentar el atrevido experimento sobre la persona de seres humanos.
Se trataba de un torpe tanteo, comparado con las maravillosas hazañas de la medicina moderna. El objetivo final era el rejuvenecimiento; y se creía que se lo alcanzaría extrayendo la sangre envejecida e introduciendo sangre joven. Las damas de París, tan reacias a envejecer, esperaron muy excitadas el resultado del experimento.
Un jornalero enfermo y anémico se ofreció como conejillo de Indias; afirmó que poco le importaba la posibilidad de un resultado negativo. De todos modos, no podía perder. El doctor Denis practicó primero una transfusión con sangre de cordero; milagrosamente, el paciente cobró nuevas fuerzas. La segunda transfusión también fue un éxito, y Denis se disponía a organizar un hospital consagrado a la “renovación de la sangre”, cuando el tercer paciente murió… probablemente porque su grupo sanguíneo era diferente. La viuda acudió a los tribunales, exigiendo indemnización, y ganó el juicio. El fallo de los jueces prohibió nuevos experimentos del mismo tipo y, lo mismo que en tantos otros casos, aquí acabó otra de las ilusiones de la humanidad.
Pero los mortales, obligados a padecer el invierno de la ancianidad, y a cavilar sobre el recuerdo de antiguas primaveras, no podían resignarse a aceptar el curso natural de las cosas. Se volvieron hacia la Biblia, y repasaron cuidadosamente el pasaje del Libro Primero de los Reyes, en el que se relata cierto incidente de la vida del rey David:
“Como el rey David era viejo, y entrado en días, cubríanle de vestidos, mas no se calentaba.
“Dijéronle por tanto sus siervos: Busquen a mi señor el rey una moza virgen para que esté delante del rey, y lo abrigue y duerma a su lado, y calentará a mi señor el rey.
“Y buscaron una moza hermosa por todo el término de Israel, y hallaron a Abisag Sunamita, y trajéronla al rey.
“Y la moza era hermosa, la cual calentaba al rey, y le servía, mas el rey nunca la conoció.”
El texto bíblico nada dice del método de rejuvenecimiento; probablemente se esperaba que el viejo rey se sintiera reconfortado por el espectáculo de la juventud que de ese modo se le administraba; de modo que, gracias a una antigua superstición médica, Abisag fue utilizada también como… ¡botella de agua caliente!
Pero el inocente texto- pues él “no la conoció”- despertó considerables esperanzas en los viejos y en los enfermos. La historia de Abisag la Sunamita condujo a la extraña moda del sunamitismo.
Conoció su apogeo en el París del siglo XVIII, cuando la moralidad de la época y el espíritu del siglo se hallaban en el punto más bajo, y los caballeros decrépitos alentaban la esperanza de recuperar su virilidad mediante esta cura tan peculiar.
El informe más detallado se encuentra en las memorias de Rétif de la Bretonne, el extraño personaje en cuyas obras- más extrañas aúnse delinea la geografía, la fisiología y la ética de las noches de París. El nombre de la proveedora de sunamitas que desempeñaban el papel de “botellas de agua caliente” era madame Janus. En su “instituto” esta mujer tenía cuarenta jóvenes bien adiestradas. El precio de una cura era dieciocho francos, la muchacha recibía seis, y madame Janus doce. La cura completa duraba veinticuatro días… mejor dicho, veinticuatro noches. Tres parejas de muchachas atendían el servicio, y se turnaban cada ocho días. La inteligente empresaria cuidaba los detalles: una de las muchachas era morena, y la otra rubia. Ni siquiera el más estricto moralista hubiera podido objetar el asunto, pues sólo se empleaban jóvenes de irreprochable reputación y perfecta inocencia. De acuerdo con la concepción “científica” general, únicamente doncellas estaban en condiciones de suministrar la cura… de lo contrario, podía temerse que hicieran más mal que bien. Para mayor seguridad, el cliente depositaba como garantía una suma importante; si no cumplía las reglas, perdía el depósito.
La concepción de la sunamita descubrió otro medio de avivar el fuego de la vida y de encender la llama del entusiasmo. En resumen, la idea era utilizar el aliento humano para restaurar el vigor y la virilidad del ser humano.
En su libro Syntagma inscriptionum antiquarum, Tomás Reinesius, el famoso anticuario (1587-1667), describió una extraña y antigua piedra conmemorativa. Fue hallada por un arqueólogo de Boloña, de nombre Gommarus. La inscripción decía: