Back Historia de la estupidez humana
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

Aquí debemos comenzar por establecer la diferencia entre el “secreto” de la longevidad y el de la eterna juventud.
Entre los longevos célebres, Juan Rovin y su esposa ocupan un lugar distinguido. Rovin nació en Karansebes, Transilvania. Vivió hasta la madura edad de 172 años, y su esposa Sara hasta los 164. De esta vida matusalénica, pasaron 147 años en feliz y armonioso matrimonio. De acuerdo con las crónicas contemporáneas, este matrimonio modelo tenía una dieta muy sencilla: leche y tortas de maíz. “Por consiguiente”, dice la crónica del siglo XVI, “si se desea vivir largamente, sígase el ejemplo de estos dos seres: vivir frugal y sencillamente de pan y de leche o, si se carece de esta última, de agua”.
Por muy tentadora que pudiera parecer la idea de vivir 147 años con la misma mujer (comiendo tortas de maíz y bebiendo leche) en general la humanidad ha preferido una vida más breve, compensada por las satisfacciones halladas en la buena mesa.
Sin embargo, el secreto de una larga vida ya había sido develado por la escuela médica de Salerno: Haec tria: mens hilaries, requies, moderata diaeta (Estos tres: serenidad mental, dieta moderada y tranquila). Y en el curso de los últimos dos mil años, la ciencia médica no ha cesado de reiterar la misma fórmula, tanto a ricos como a pobres. Ramazzini, rector de la Universidad de Padua, escribió especialmente para los príncipes una guía de la salud (De principium valetudine tuenda, Padova, 1710). En ella aconsejaba a todos los gobernantes no comer ni beber en exceso, abstenerse de súbitos accesos de pasión, y elegir sus entretenimientos de un modo digno de su noble condición. Y si se desatara una plaga, el príncipe debía abandonar la capital y dirigirse a alguno de sus castillos.
Es fácil comprender por qué la Universidad de Padua albergó a estos campeones de la regla de oro. Pues aquí vivió y murió el más notable representante del concepto de la vida moderada, ser Ludovico Cornaro.
Este noble veneciano había pasado los primeros cuarenta años de su vida desafiando todos y cada uno de los principios de la escuela de Salerno. Sus excesos lo llevaron al borde de la tumba, de modo que abandonó la ancha vía de los placeres mundanos y resolvió seguir el recto y estrecho sendero de la moderación. Tenía ochenta y tres años cuando publicó sus experiencias en un extenso ensayo. Tres años después presentó otro volumen; cinco años más tarde, vio la luz el tercero. Pero consideró que aún había bastante material para nuevos libros. Esperó otros siete años, y a la edad de noventa y ocho publicó su famoso y amplio estudio, Discorsi della vita sobria (Padova, 1558). Gozó otros seis años, de los gentiles placeres de una ancianidad serena y murió mientras dormía en su sillón, el 26 de abril de 1566, a la edad de 104 años.
El libro es un himno a la moderación, a la que Cornaro llama Hija de la Razón, Madre de Virtudes, Sustancia de la Vida; enseña a los ricos a gozar sabiamente de la abundancia; a los pobres a soportar su suerte sin resentimiento. Purifica los sentidos, fortalece el cuerpo, ilumina la mente, robustece la memoria, embellece el alma; afloja los lazos que nos unen a la arcilla, nos eleva por encima de nosotros mismos… y así por el estilo.
Pero este libro conquistó fama no sólo a causa de estos sentimientos, indudablemente discretos y delicados; sobrevivió a su autor durante siglos porque contenía la descripción de una dieta que él siguió con voluntad de hierro. Hace ciento cincuenta años era todavía uno de los temas enseñados en la Universidad de Padua; Ramazzini escribió un extenso ensayo sobre el asunto, y dio conferencias sobre aspectos conexos del tema.
El secreto del modo de vida de Cornaro consistía en comer y beber sólo la cantidad mínima necesaria para mantener el cuerpo. Construyó balanzas muy precisas, con las que media su ración cotidiana: doce onzas de alimento y catorce onzas de bebida. (La onza italiana era un poco mayor que la inglesa.) Con esta dieta de encarcelado vivió hasta la madura edad de ochenta años, en que su familia comenzó a preocuparse por la posibilidad de que la excesiva moderación concluyera por perjudicarlo. Consiguieron persuadirlo de que era conveniente comer más. El viejo caballero se dejó convencer y aumentó en dos onzas la cantidad de alimento. Pero este modesto incremento le echó a perder el estómago, se enfermó, y todos temieron que el acto de glotonería que se le había obligado a cometer causara su muerte. Con gran dificultad curó de su enfermedad, y declaró que deseaba vivir de acuerdo con sus propias ideas, y que su familia haría mejor en mantenerse apartada del asunto.
El obstinado Matusalén continuó torturando a la hija de la razón y a la madre de virtudes, hasta que al fin consiguió aflojar los lazos que lo unían a la arcilla. Consiguió mantenerse con dos yemas de huevo diarias. Y las consumía por partes: una en el almuerzo, y la otra durante la cena.
Hasta aquí nos hemos ocupado de actos que fueron expresión de sabiduría… aunque a veces un poco exagerada. Pero el resto es parte de nuestro tema principal.
Los apóstoles de la moderación conquistaron muy pocos discípulos. A decir verdad, la humanidad nunca se intereso por una vida muy prolongada, si ello implicaba tortas de maíz y de yemas de huevo. En lugar de vivir de tan sombría y tediosa realidad, prefirió seguir la pista de un sueño deslumbrante… la ilusión de la eterna juventud.
La idea de que debía existir cierta panacea milagrosa (algún medio que permitiera transformar la ancianidad achacosa en juventud triunfante, sin necesidad de mortificación) ha inspirado a la humanidad desde las fábulas mágicas de los mitos clásicos hasta los experimentos que el profesor Steinach realizó con glándulas de monos.
De acuerdo con la mitología griega, el secreto de la eterna belleza de Hera consistía en sus periódicas visitas a la Fuente de Juvencia, donde se bañaba. La tradición de siglos convirtió este cuento de hadas en realidad aceptada por la concepción del mundo antiguo, y la leyenda perduró hasta la Edad Media. Sin embargo, el poder rejuvenecedor de la fuente mitológica se vio más o menos refutado por la lista casi infinita que la misma mitología griega ofrecía de las aventuras extraconyugales de Zeus. Si tan deslumbrantes eran la belleza y la juventud de la diosa, por qué estos devaneos amorosos?
La mitología escandinava ubicaba la fuente milagrosa, la Jungbrunnen en el castillo de Iduna. Lucas Cranach y sus compañeros de escuela pintaron docenas de cuadros sobre tan sugestivo tema, de un lado, entran en la fuente ancianos decrépitos y secos; del otro, salen seres jóvenes y bellos…
Las novelas románticas de caballería, los romances medievales, también incluyen extensas referencias a la fuente de la eterna juventud. Cuando comenzó la exploración de nuevos y desconocidos continentes, la gente supuso que entre los tesoros de estas “regiones meridionales” debía contarse la fuente maravillosa. ¿Se hallaba en la India, donde Alejandro el Grande ya la había buscado? ¿O en el país fabuloso del Preste Juan, al que la imaginación ubicaba en Asia o en Abisinia? Después del descubrimiento de América, estas especulaciones se concentraron particularmente, y un conquistador español equipó dos naves con el fin preciso de buscar la famosa fuente.
Su nombre, naturalmente, era Ponce de León, y se sabía (o se imaginaba) que Bimini era el nombre de la isla donde se hallaba la fuente que milagrosamente convertía a los viejos en jóvenes. Conquistadores férreos y decididos a todo, probados en feroces batallas, atravesaron los océanos desconocidos en dirección a la isla misteriosa. La atrevida empresa no utilizaba como guía el compás dela ciencia… sino la estúpida charla de algunos nativos. Nada tan característico del alma del conquistador español, mezcla de desprecio a la muerte, de viril determinación y de credulidad infantil, como el hecho de que se dejara influir por una combinación de romances caballerescos y de historias fabulosas fabricadas por los indios. Es muy probable que la población nativa, que odiaba a los conquistadores, difundiera deliberadamente el cuento de la fuente mágica de Bimini con el mismo propósito que la movió a hablar del sueño de Eldorado… para desembarazarse de una vez de los invasores extranjeros.
Ponce de León no halló Bimini. Pero cuando navegaba hacia el norte descubrió una hermosa costa, cubierta de flores y abundante en frutas. Por causa de las flores que la adornaban generosamente la bautizó con el nombre de Florida. Durante cierto tiempo buscó la fuente, pero al fin se cansó del asunto y embarcó de regreso a la patria, mas enfermo y más viejo que cuando salió.
El fracaso de la expedición a Bimini desilusionó a la vieja Europa, tan deseosa de rejuvenecimiento. Se comprendió que las fuentes de la eterna juventud eran simplemente fuentes termales, y que el influjo de las leyendas las había transformado en fantásticos e inalcanzables sueños de rejuvenecimiento.
Pero, como es el caso con harta frecuencia, la humanidad no pudo resignarse a la idea de perder uno de sus más queridos sueños.
No existía una Fuente de Juvencia, pero había seres humanos rejuvenecidos. Así lo afirmaron graves hombres de ciencia y famosos viajeros.
El caso más famoso fue el de la abadesa de Monviedro, de quien nos habla Velascus de Tarento. La piadosa virgen había alcanzado pacíficamente su centésimo aniversario en el convento donde residía, cuando ocurrió el milagro. De pronto, tuvo una nueva dentición; largos y abundantes cabellos negros reemplazaron a los escasos mechones blancos; el pergamino amarillento de su rostro se convirtió en fresca y rosada piel. La piadosa anciana se sintió poco complacida con esta broma de la Naturaleza; la situación provocaba en ella profundo embarazo… sobre todo porque la noticia de su milagrosa transformación atraía a grandes multitudes.
Hubo también casos similares en otras “comunidades cerradas”, pero de carácter completamente opuesto al de los conventos de monjas.
Paul Lucas, el anticuario y viajero francés, favorito de Luis XIV, llegó a Constantinopla durante un viaje por el Oriente. Según relata en su libro Voyage dans la Turquie (París, 1713) la esposa favorita del sultán había caído gravemente enferma. Dióse por sentado que el anticuario francés poseía conocimientos médicos (después de todo, era un “sabio”) de modo que el sultán mandó buscarle, y le rogó que examinara a su esposa. El francés fue llevado al santuario interior del harén. Cuando entró en el cuarto de enferma de la sultana, vio salir a dos hermosas jóvenes.
-Son las odaliscas- explicó el eunuco que lo acompañaba- que el Padishá ha elegido para atender a la inválida.
El francés se sorprendió:
-Si el Sultán ha elegido a algunas de sus favoritas para esa tarea, ¿por qué prefirió precisamente a estas jóvenes e inexpertas criaturas?
El eunuco se echó a reír.
-No son tan jóvenes- explicó-. Ambas tienen bastante más de setenta años.
Lucas se sintió intrigado. Y al fin descubrió que las odaliscas bebían té preparado con cierta hierba, y que la bebida las mantenía jóvenes. El cauteloso viajero (que sin duda temió el asedio de las damas parisienses) agregó que la hierba sólo crecía en el jardín del Gran Serrallo, y que estaba destinada exclusivamente al consumo del harén.
Pero el más notable “milagro de rejuvenecimiento” fue el, caso del hindú de 370 años. Su sorprendente vida fue evocada por López Castanheda, el historiador de la corte portuguesa. Este hombre extraordinario alcanzó tan considerable edad no como venerable anciano, sino en todo su juvenil vigor, y con abundante cabello negro; pues durante su prolongada vida se rejuveneció por lo menos cuatro veces. Utilizó discretamente los recursos inagotables de su juventud: casó varias veces, se divorció de sus esposas (algunas de ellas fallecieron) y volvió a casarse. Tuvo no menos de setecientas durante períodos más o menos prolongados, a lo largo de su vida. Y como el autor del relato era un historiador de la corte, jamás se dudó de la autenticidad de la versión.
El milagro del rejuvenecimiento fue observado en el mundo animal… o por lo menos así lo creyeron millones de ilusos. Cuando el águila envejecía, utilizaba los rayos ardientes del sol para desembarazarse del plumaje gastado; luego, echaba plumas nuevas y vivía durante un siglo. Y era bien sabido que el ciervo recuperaba su juventud de tiempo en tiempo.
Por consiguiente, argüían los soñadores, el rejuvenecimiento no reconocía obstáculos biológicos; a lo sumo, era preciso hallar los medios de revigorizar el cuerpo humano senil.
¿Existía esa poción mágica?
La alquimia respondía a la pregunta con una afirmación rotunda y confiada.
El misterioso tinct sobre el que los eruditos alquimistas cavilaron durante mil años tenía muchos nombres. A veces se lo llamaba Gran Magisterium, o Materia Prima, o Elixir de la Vida; también recibía el nombre de Piedra Filosofal.
Esta poderosa magia no sólo transformaba en oro el metal sin valor, sino que también curaba todas las enfermedades y prolongaba la vida. Y aún aseguraba la eterna juventud, la inmortalidad del hombre feliz que lograra destilar el gran bálsamo de la vida en sus alambiques y retortas.
Pero, ¿alguien había alcanzado éxito?
Aquí, la elocuencia de los alquimistas se convertía en modesto murmullo.
Oh, sí, replicaban, sin duda algunos han logrado romper el sello hermético del secreto. Pero no han querido desafiar las leyes de Dios y el mandato de la naturaleza; han preferido llevarse a la tumba el terrible secreto.
Este argumento tiene tal poder de convicción, que apenas me atrevo a refutarlo. En todo caso, lo único que podemos hacer es examinar la literatura de los alquimistas, para comprobar si alguien descubrió el Elixir de la Vida y lo utilizó en su propio beneficio.
Por mi parte, sólo he hallado tres candidatos: Artephius, Nicolás Flanel, y el pintoresco conde Saint-Germain.
Artephius fue un conocido alquimista del siglo XII. Sus obras manuscritas seguramente fueron muy apreciadas, pues se las conservó durante siglos, y a principios del siglo XVII fueron publicadas en libro. Uno de sus trabajos, De vita propaganda, encara el problema de la prolongación de la vida. Con el fin de destacar el valor de sus consejos, el autor señala modestamente en el prefacio que escribió el libro a la edad de 1025 años. Como la mayoría de las personas saben a qué atenerse respecto de su propia edad, no queda otro remedio que aceptar esta venerable longevidad. Según Pico de la Mirándola, algunos hombres de saber la aceptaban. E iban más lejos aún; sostenían que el libro había sido escrito por el propio Apolonio de Tiana, el gran mago del siglo I de nuestra era, que habría vivido hasta el siglo XII, con el nombre de Artephius, gracias a la piedra filosofal. Los sabios que intervinieron en la polémica olvidaron sólo una posibilidad: que algún colega mal intencionado los hubiera hecho víctimas de un engaño (empresa que no ofrecía mayores dificultades, por tratarse de espíritus afectados por la fiebre de la alquimia).
Nicolás Flanel vivió en el París del siglo XIV. Alrededor de su figura la tradición tejió un manto de deslumbrantes leyendas. En su juventud compró por pocos francos un libro escrito sobre corteza de árbol, lleno de misteriosos símbolos y figuras. Como era incapaz de descifrarlos, hizo una promesa y fue en peregrinación a Santiago de Compostela. De regreso a su hogar, conoció en el camino a un médico judío, que le reveló la clave del enigma. Una vez en París, siguió las instrucciones del libro y comenzó a transformar el mercurio en oro. Fabricó oro por valor de muchos millones, y consagró esa fortuna a fines de caridad. Como era verdad que un rico burgués llamado Nicolás Flanel había destinado grandes sumas a obras de beneficencia, la imaginación medieval, siempre ansiosa de milagros, confundió la figura del mercader con la del alquimista, y creyó todo lo que la tradición oral difundió sobre este último. Un creyente de celo particularmente ardoroso llegó al extremo de comprar la casa de Flanel, en el número 16 de la Rue Marivaux, y la demolió completamente, en la esperanza de hallar en algún escondrijo el milagroso libro de corteza de árbol.
La literatura sobre Flanel es abundante, y alude a buen número de diferentes “secretos”, pero estos últimos pertenecen en realidad a la historia de la alquimia propiamente dicha. Baste decir aquí que se atribuía a Flanel el descubrimiento del Elixir de la Vida; que se aseguraba que no había muerto, afirmándose que en su ataúd se había depositado un muñeco de madera, después de lo cual había partido con su esposa hacia Oriente. Trescientos años después la feliz pareja aún vivía, como lo informa con toda seriedad un viajero francés:
“En Asia Menor conocí a un derviche de gran cultura, que era adepto de las ciencias secretas. Entre otras cosas me dijo que el maestro en esas ciencias era capaz de prolongar su propia vida durante mil años. Mencioné el caso de Flanel, que había hallado la Piedra Filosofal, a pesar de lo cual había muerto, como cualquier otro ser humano. El derviche se echó a reír, y afirmó que todos estábamos equivocados. Flanel y la esposa seguían vivos, y los conocía bien; juntos habían pasado cierto tiempo, algunos años atrás, en la India… Me relató otros hechos de Flanel, pero de ellos no mencionaré los menos verosímiles.”
El libro que contiene este extraordinario informe se llama Voyage dans la Grece, l’Asie Mineure, la Macédoine et l’Afrique (París, 1712), y está dedicado a Luis XIV. Su autor es el mismo Paul Lucas que relató sus experiencias en el Gran Serrallo, con las “jóvenes” de setenta y dos años rejuvenecidas por la misteriosa hierba de los jardines del harén… por lo cual, hemos de considerarlo, claro está, un testigo digno de la mayor confianza.
Bastará que reseñemos algunos elementos de la vida aventurera del conde Saint-Germain. Fue favorito e íntimo de Luis XIV, llevó una vida de lujo y de placer, aunque nadie sabía de dónde sacaba el dinero; exhibía magníficos diamantes de gran tamaño, y se afirmaba que los fabricaba personalmente; estaba iniciado en los misterios de los Rosacruces… y así por el estilo. Nadie conocía sus antecedentes precisos. Algunos decían que su madre era una princesa española; otros afirmaban que su padre era un judío portugués. En los últimos años de su vida circuló otra versión, de acuerdo con la cual era hijo ilegítimo de Ferenc Rakoczi, príncipe húngaro y jefe de la prolongada rebelión contra los Habsburgo. A fines de 1912, una entusiasta dama inglesa, Mrs. Cooper-Oakley, insistía en probar la verdad de esta teoría ridícula y totalmente insostenible.
Todos estos misterios y secretos excitaron la imaginación de los contemporáneos del conde, y ayudaron a desarrollar la leyenda. Se aseguraba que el conde conocía el secreto del Elixir de la Vida, y que él mismo era inmortal. Naturalmente, algunas damas de cierta edad afirmaron que sus abuelas ya habían conocido al conde, y que entonces tenía el mismo aspecto juvenil que ahora se le conocía. El propio conde jamás habló francamente de su inmortalidad, pero de tanto en tanto dejaba escapar una velada alusión, y de ellas podía deducirse que ya había pasado varios siglos en este mundo. Sabía contar anécdotas, con maravilloso arte, y era capaz de presentar episodios históricos muy antiguos como si hubieran ocurrido poco tiempo antes. En tales ocasiones a veces cometía un error… por cierto deliberado. Por ejemplo, relataba un caso de la vida de Enrique IV, y decía: “… y entonces el rey se volvió sonriente hacia mí… es decir, se volvió hacia el duque de X.”
La sociedad aristocrática de París creía en la inmortalidad de Saint Germain, del mismo modo que había creído en la de Flanel. Si todos aceptaban la realidad del Elixir de la Vida, ¿por qué habrían de dudar de sus efectos? De modo que los rumores y las leyendas cobraron forma y se difundieron. Las damas de los salones de París murmuraban que el conde había asistido al concilio de Nicea, que había conocido al Salvador, y que varias veces habla estado en los banquetes de Poncio Pilatos, en calidad de invitado.
Algunos bromistas consideraron que, si la sociedad era tan estúpida, no era censurable explotar esa estupidez colectiva, de modo que un aventurero de maneras elegantes, un tal Gauve, decidió personificar al conde Saint-Germain. El falso conde desempeñó su papel con arte exquisito. Relató aventuras que había vivido casi dos mil años antes; entusiasmándose, describió el palacio de Poncio Pilatos, y a la Sagrada Familia, y su amistad con la venerable Santa Ana, a quien posteriormente pudo prestar un gran servicio, pues fue la información suministrada por el conde en el concilio de Nicea la que determinó la canonización de la dama.
Cuando el auténtico conde se enteró del asunto, tan cercano al sacrilegio, se limitó a encogerse de hombros: “Si los tontos de París se complacen en tales estupideces”, dijo al barón Gleichen, “que se diviertan. Mi única virtud es que parezco más joven de lo que soy realmente… y eso es todo”.
La fábula no corrió solamente en París. Cruzó el canal de la Mancha y apareció en las columnas del London Chronicle. En el número del 3 de junio de 1760, este respetable órgano publicó un extenso artículo sobre la llegada a Londres del conde Saint-Germain. Un pasaje de la crónica describía un extraño incidente relacionado con el Elixir de la Vida. Como anécdota, la historia llegó hasta el siglo XX, y todavía aparece aquí y allá. Sin embargo, en el siglo XVIII se tomaba el asunto muy en serio, al punto, de que la gran Enciclopedia Larousse lo consideró ejemplo clásico de la estupidez humana, y reprodujo todo el artículo (página 70, volumen 14).
La versión ligeramente abreviada dice así:
“Una duquesa de sangre real pidió al conde que le diera unas gotas del líquido rejuvenecedor. En vista del elevado rango de la dama, no era posible rechazar el pedido. El conde le entregó una redoma, indicándole que tomara diez gotas en cada luna llena. La duquesa deseaba que su vieja doncella, Radegonde, no estuviera al tanto del secreto. Le dijo simplemente que se trataba de una medicina contra el cólico, y depositó el frasco en un cajón. Esa noche la duquesa fue a una fiesta, y mientras se hallaba ausente, la anciana Radegonde ingirió alimentos que no convenían a su constitución, y comenzó a padecer cólicos. Agobiada por el sufrimiento, tomó la redoma y la vació de un trago. Cuando varias horas después llegó la duquesa, halló en su dormitorio a una niñita de ocho años… Era Radegonde.”
Esta anécdota ha aparecido- en una docena de formas diferentesen cien distintos países. Lo cual demuestra la tenaz capacidad de supervivencia de los sueños de la humanidad.
Cagliostro no merece por cierto ser incluido entre los alquimistas, aunque él mismo difundió el rumor de que conocía el Elixir de la Vida. Sin embargo, no fue como alquimista que adquirió sus conocimientos sino en el papel de Gran Copto, jefe supremo de una absurda Logia Masónica que seguía los ritos del “antiguo Egipto”. Esta logia, en la que confluían toda suerte de confusos misticismos, no tuvo dificultad en reclutar adeptos en el París del siglo XVIII, donde prosperaban maravillosamente aventureros e impostores.
Cagliostro prometía a sus adeptos un doble rejuvenecimiento: moral y físico. El primero no atraía mucho a los parisienses… sin duda, se consideraban bastante morales, y no veían necesario exagerar la nota. Pero la renovación del cuerpo era asunto totalmente distinto. Sin embargo, el propio Gran Copto no publicó los detalles del asunto. Estos últimos aparecieron en un folleto anónimo que excitó la imaginación de los parisienses; por otra parte, algunos afirmaron que efectivamente había sido escrito por el propio Cagliostro. Su título era: Secret de la régénération, ou Perfection Physique per laquelle on peut arriver a la spiritualité de 5557 ans. He aquí la receta:
Retírese al campo en compañía de un amigo leal, y pase treinta y dos días a estricta dieta; durante este período purifique su sangre con suaves aplicaciones de sanguijuelas. Al trigésimo segundo día acuéstese y tome una pizca de la materia prima. (Naturalmente, el secreto de ésta última sólo era conocido por el Maestro.) La absorción de esta dosis estará seguida de tres días de inconsciencia, pero no es necesario alarmarse, y al cuarto día se tomará otra pequeña porción, la cual provocará alta fiebre, delirio, la caída del cabello, el aflojamiento de los dientes y despellejamiento. Al trigésimo sexto día se tomará la tercera dosis, que determinará un profundo sueño, del que el paciente no despertará hasta el trigésimo noveno día. Durante este lapso crecerán nuevamente los cabellos y saldrán los dientes, y se renovará la piel. Al trigésimo noveno día se tomarán diez gotas de la materia prima, mezcladas en vino, después de lo cual se recomienda un baño de agua tibia. Al cuadragésimo día el sujeto del proceso despertará, cincuenta años más joven.
La gran ventaja de la cura consistía en que era posible repetirla cada cincuenta años. Su mínima desventaja era que no podía repetirse ad infinitum, porque cuando el sujeto alcanzaba la edad de 5557 años perdía su eficacia.
A pesar de esta lamentable limitación, el Gran Copto se vio sin duda apremiado por sus adeptos, deseosos de conseguir la materia prima. Infortunadamente, anduvo complicado en el famoso o notorio asunto del collar, que suministró “materia prima” a tantos escritores (desde Dumas a Carlyle) y debió abandonar París, Francia, su Logia egipcia y a todas las apergaminadas momias que ansiaban rejuvenecer.
Otro “milagro” de alquimista se relacionaba con el maravilloso alcaest. Van Helmont, el médico y químico flamenco, inventor de la palabra “gas”, le cantó loas de inigualado fervor. El alcaest disolvía y fundía todas las sustancias: metal, madera, vidrio, diamante, piedras, plantas, músculos, huesos. Sus efectos eran tan universales como los del calor sobre la nieve. Van Helmont aseguraba haber hallado el milagroso elemento, y afirmaba que había realizado ya varios experimentos. Introducía carbón y madera en un recipiente de vidrio, agregaba un poco de alcaest… y al cabo de tres días la madera y el carbón se hallaban reducidos a una sustancia lechosa. Alrededor del tema surgió abundante literatura. Finalmente, Johann Kunckel, otro alquimista, que descubrió procesos para la fabricación de vidrio artificial de color y para la preparación de fósforo, hizo estallar la bella pompa de jabón. Se limitó a formular una sencilla pregunta: si el alcaest lo disolvía todo, ¿por qué no ejercía su acción sobre el recipiente de vidrio en el que se lo guardaba? Después de lo cual, esta panacea desapareció del catálogo de la alquimia.
En la biblioteca del conde Alejandro Apponyi hallé un librito que es una notable rareza. Fue publicado en París el año 1716, por Longueville-Harcourt, y su título es el siguiente: Histoire des personnes qui ont vécu plus d’un siecle, et de celles qui ont rajeuni, avec le secret du rajeunissement, tiré d’Arnauld de Villeneuve.
El autor reunió un colorido ramillete de personas que vivieron un siglo o más, y de ancianos rejuvenecidos; entre ellas hallamos a nuestros viejos conocidos, la monja de Monviedro y el hindú de 370 años. Pero estas tradicionales figuras revisten menos interés que el ensayo de Arnaldus Villanovanus sobre la eterna juventud.
¿Quién era Arnaldus Villanovanus? Uno de los sabios famosos del siglo XIII: médico, astrónomo y alquimista, hombre de extraordinaria erudición, médico de corte de los papas Bonifacio VIII y Clemente V.
El ensayo publicado por Longueville-Harcourt no se encuentra incluido entre las obras impresas de Arnaldus Villanovanus. El autor francés nos dice que fue conservado en manuscrito; el texto latino pasó a manos del abate Vallemont, que lo entregó a Longueville-Harcourt. Que la historia sea o no auténtica, poco importa; en sí misma, es reflejo del estado de los espíritus en el siglo XIII.
El método descrito en el documento es modelo de lógica escolástica; cada paso es perfecto y razonable… pero la idea fundamental es falsa. Se ha construido una pirámide regular, pero puesta al revés, y como material se ha utilizado el que suministró la medicina medieval.
La premisa básica de la teoría es bastante sencilla. Las plantas, los minerales y los animales contienen por igual poderosos elementos curativos de las diferentes enfermedades. Sólo se necesita destilar la esencia de las drogas más potentes y crear una terapia en el transcurso de la cual el paciente que busca rejuvenecerse absorbe la panacea universal de todas las enfermedades en la dosis apropiada. Si el sujeto observa cuidadosamente las reglas, el resultado final debe ser el rejuvenecimiento.
Ante todo, es preciso obtener un poco de azafrán oriental, hojas de rosas rojas, madera de sándalo, la raíz del áloe y ámbar gris. Estos materiales serán reducidos a polvo y mezclados con cera y aceite esencial. El ungüento así obtenido forma una pasta, y debe ser extendido sobre la región del corazón todas las noches, antes de acostarse.
Luego, la dieta; su duración depende del temperamento del paciente. La más breve es de dieciséis días, la más prolongada de treinta. El menú es bastante simple: una gallina por día, preparada en sopa. Naturalmente, no se trata de cualquier ave… sino de una gallina alimentada durante dos meses con cierta comida especial.
Este alimento para pollos era un tanto extraño… se componía exclusivamente de víboras (Aquí corresponde recordar que durante varios siglos Europa padeció la manía de las víboras. Atribuíanse milagrosos poderes curativos, no sólo a las víboras, sino también al “bálsamo teriacal” que se obtenía de ellas. Este bálsamo se vendía en pequeña tortas redondas, llamadas trochisci (de ahí el nombre de troquista o droguista).
Naturalmente, las gallinas no estaban dispuestas a comer víboras con la misma facilidad que ingerían lombrices de tierra. Era necesario seguir otros métodos. Primero se despellejaban las víboras, se cortaba la cabeza y la cola, se lavaban los cuerpos en vinagre, se los frotaba con sal y se los cortaba en pequeños trozos. Se colocaba en un recipiente el sabroso alimento, y se los mezclaba en partes iguales con romero, granos de anís y eneldo, agregando media libra de semillas de alcaravea; luego, debía llenarse el recipiente con agua limpia, y se ponía todo al fuego. Cuando el agua se había evaporado, se agregaba una buena porción de trigo puro, y se continuaba cocinando toda la mezcla, hasta que el trigo hubiere absorbido las valiosas cualidades de la víbora. El alimento estaba listo; se formaban pequeños glóbulos, arrollados en afrecho, y se servía a la gallina.
Mientras duraba la cura el paciente debía limitarse a comer diariamente dos platos de sopa de gallina y un poco de pan. Una vez concluido el período de dieta, el sujeto debía tomar doce baños- con el estómago vacío- en agua perfumada con ciertas hierbas.
Es imposible negar que toda esta concepción era lógica y razonable. No es posible alimentar al paciente con carne de víbora; entonces, que el efecto medicinal de la víbora sea absorbido por el trigo, que el trigo sea comido por la gallina, y la gallina consumida por la persona deseosa de rejuvenecer.
Hasta ahora, el asunto marcha perfectamente. Pero inmediatamente sigue la piece de résistance de la cura, la esencia milagrosa que libra batalla en el cuerpo bien preparado (bien preparado por la sopa de gallina y el emplasto sobre el corazón) contra los procesos tóxicos del envejecimiento, y triunfantemente renueva la juventud. Los médicos medievales, herederos de la antigua medicina árabe y griega, alentaban innumerables supersticiones sobre el efecto de sustancias absolutamente fantásticas y costosas. Creían en el poder curativo de las piedras preciosas, de las perlas, del coral, de los dientes de hipopótamo, del marfil, del corazón de ciervo, etc. Villanovanus coleccionó las sustancias de más poderoso efecto, y concibió una receta irresistible. No repetiré aquí las proporciones; es poco probable que ninguno de mis lectores intente preparar la mixtura.
Se necesitaban los siguientes productos: