Chapters (59)
- IMPRIMIR
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
He aquí, por ejemplo, algunos excelentes consejos sobre el modo de evitar las heridas.
“Búsquese y hállese el cráneo de un ahorcado, o de uno que haya muerto en la rueda, sobre el cual ya haya brotado moho. Señálese bien el lugar y déjese intacto el cráneo. Vuélvase al día siguiente y prepárese el cráneo para que sea fácil recoger el moho. El viernes siguiente, antes de la salida del sol, acúdase nuevamente al lugar, ráspese el moho, recójaselo en un trocito de paño, y cósaselo al forro de la chaqueta, bajo la axila izquierda. Mientras se use la chaqueta, se estará a salvo de bala, filo o estocada.”
De acuerdo con otra forma de la receta, es mejor tragar un poco de este moho antes de la batalla. El autor tenía un amigo, un valiente capitán, que atestiguó solemnemente el efecto de esta magia: durante veinticuatro horas hacía inviolable al sujeto.
Este “moho” no era la ridícula magia de las viejas gitanas, sino una verdadera panacea fundada en teorías científicas de la época que se relacionaban con el llamado moho del cráneo.
Esta particular sustancia era muy eficaz medicina de la antigua farmacopea. Su nombre oficial en latín era usnea humana. De acuerdo con la opinión contemporánea, puesto que era producida por el cráneo humano, debía ser excelente remedio contra cualquier desorden cerebral. Su estructura mohosa también tenía el poder de detener las hemorragias… Ni siquiera era necesario aplicarlo a la herida; bastaba que el guerrero herido lo sostuviera en la mano cerrada.
Sabemos que después de cierto tiempo aparece en el cráneo humano una sustancia más o menos mohosa. Pero, ¿por qué “El misterioso tesoro de los héroes”, insiste en que se utilice el cráneo de un ahorcado o de un decapitado? De acuerdo con la medicina mágica, ningún otro cráneo podía servir; pues en circunstancias normales la muerte era precedida por la enfermedad, y el cuerpo de un enfermo estaba manchado, de modo que era inapropiado para suministrar la panacea. Lógicamente, sólo el hombre que había muerto en buena salud poseía las cualidades indispensables; por lo tanto, era necesario conseguir cadáveres de ejecutados. El cráneo hallado en el campo de batalla también era apropiado; pero no era fácil obtener ese tipo de cráneo, pues los campos de batalla no siempre se hallaban a disposición del soldado que buscaba el precioso moho.
En mis investigaciones tropecé con un periódico que anunciaba una ocasión única: la venta de cabezas humanas ofrecidas en el mercado libre. El número 7 del Ordentliche Wöchentliche Post Zeitungen, publicado en Munich en el año, 1684, trae un informe sobre la feria de Año Nuevo en Leipzig. Menciona como rasgo característico de la feria el hecho de que algunos comerciantes emprendedores estaban vendiendo cabezas de turcos, perfectamente envasadas en barriles. Pocas semanas antes se había librado frente a las puertas de Viena una gran batalla entre los ejércitos turcos y los cristianos, y los horribles trofeos seguramente habían sido recogidos allí. Al principio no hubo mayor demanda, a pesar de que las cabezas eran baratas (un tálero imperial por pieza). Pero después los soldados descubrieron la existencia de la original mercancía, y se formaron colas, y el precio se elevó a la inflacionaria cifra de ocho táleros imperiales.
El mundo animal también podía suministrar valiosos medios de protección. Staricius llama la atención de sus lectores sobre la gamuza. Es bien sabido, escribe, que en determinadas épocas las balas no hieren a estos veloces animales. Ello se debe a que la gamuza conoce las hierbas que confieren inviolabilidad y, mientras dura la provisión, pueden pastar tranquilamente y sin el menor temor, conscientes de que es imposible hacerles daño. La cosa era muy sencilla, sólo se necesitaba recoger las hierbas en cuestión. Pero ¿dónde estaban, y cómo hallarlas? No podía esperarse que la gamuza suministrara la información correspondiente. Pero la Naturaleza daba la respuesta. En el estómago de la gamuza, las hierbas mal digeridas, mezcladas con pelo del propio animal, a veces formaban residuos endurecidos, que adaptaban la forma de pelotas. En las viejas farmacias se conocía este producto con el nombre de piedra-gamuza. Era un pariente pobre de la piedra bezoar, extraída del estómago de los antílopes y de otros animales asiáticos de cuernos, un material que fue tema de innumerables leyendas en su condición de supuesto antídoto infalible del veneno.
Por lo tanto, el cazador sólo debía esperar hasta que, con la desaparición de las hierbas milagrosas, la gamuza fuera nuevamente vulnerable; una vez derribado el animal, retiraba de su estómago la piedra gamuza, y se encontraba en posesión de la virtud mágica de todas las hierbas reunidas. He aquí las instrucciones para el uso de la maravillosa sustancia:
“Cuando la tierra esté bajo el signo de Marte, redúzcase la piedragamuza a polvo, tómese una pizca de vino de malvasía, y luego comiéncese a correr, hasta que todo el cuerpo esté cubierto de sudor. Repítase tres veces la misma operación, y todo el cuerpo se tornará invulnerable.”
Si todo esto no servía, había otros tipos de magia. En 1611, Kaspar Neithart, el verdugo de Passau (Austria) tuvo una idea brillante. Ofreció a los mercenarios, hombres por cierto no muy inteligentes, varios trozos de pergamino cubiertos de extraños signos y fórmulas. Y los convenció de que, si se colgaban los fragmentos alrededor del cuello (o, mejor aún, si los tragaban) serían inmunes al acero del enemigo.
Los signos mágicos y los encantamientos carecían de significado. Algunos incluían estas palabras: Arios, Beji, Glaigi, Ulpke, nalat nasaa, eri lupie- o grupos de letras elegidas al azar, insensatez pura. Pero las extrañas combinaciones y el misterio que siempre rodeaba a un verdugo excitaban la imaginación de los sencillos soldados, de modo que caían en tan primitivo ardid. Los trozos de pergamino eran pagados a precio de oro, y por lo menos tenían cierto efecto: infundían extraordinaria bravura a los soldados, pues estaban seguros de que las armas enemigas nada podían hacerles. Y si alguno cala, no era probable que pudiera quejarse del fracaso del amuleto. Si un soldado era herido, existía una sencilla explicación: el enemigo había aplicado fórmulas mágicas más potentes aún. ¡Pero el amuleto había demostrado su valor, pues la herida no era mortal!
Este sencillo pero astuto ardid hizo rico a Neithart. Y famoso también, pues el relato del truco sobrevivió durante mucho tiempo; en él se basaron el Passauer Kunst (Arte de Passau) y muchas otras leyendas.
Posteriormente surgió un rival, que prometió un éxito mayor aún: el llamado tálero de Mansfeld, acuñado en honor de Hoier Mansfeld por sus descendientes, los condes de Mansfeld. Este antepasado de la distinguida familia era un hombre importante. Nació mediante una operación cesárea; es decir, no como cualquier mortal, sino como Macduff, conquistador de Macbeth. Fue afortunado en la guerra, y jamás perdió una batalla. Resumió su gloria en este lema: Ich, Graf Hoier, ungebohren, Hab noch keine Schlacht verloren (Yo, el conde Hoier, que no he nacido, no he perdido aún una sola batalla). Los táleros, acuñados durante la Guerra de Treinta Años, en una cara tenían impreso el lema, y en la otra llevaban la imagen de San Jorge. Eran muy codiciados; los soldados se sentían felices de pagar diez o doce veces el valor nominal por cada uno de ellos.
Los mercenarios de cierta educación exigían de la magia protectora más que los soldados analfabetos. Generalmente utilizaban amuletos preparados por alquimistas y astrólogos con la ayuda de las ciencias ocultas.
Hoy es imposible interpretar los encantamientos mágicos incorporados a estos amuletos. Nadie ha podido explicar por qué incluso príncipes y generales tenían tanta fe en la palabra Ananisapta. Quizás era un acróstico formado por las letras iniciales de cierto poderoso encantamiento. Tampoco ha podido descifrarse el enigma de la llamada fórmula Sator; quizás jamás tuvo ningún significado. También se empleaban cuadrados mágicos, de abajo para arriba, de derecha a izquierda o diagonalmente era siempre la misma: treinta y cuatro. Y si se sumaban tres y cuatro el resultado era siete… cifra que, como todos saben, es la de mayor poder mágico entre todas. Locuras inofensivas, como las mascotas que los conductores modernos suelen llevar, o las menudas supersticiones de nuestra vida cotidiana.
Pero la magia de la vida militar revestía formas más particularmente malignas. Los alemanes la denominaban Festmachen (asegurar). Quien la practicaba concertaba un pacto con el diablo. Las publicaciones contemporáneas mencionan muchos casos, y lo hacen con supersticioso temor. Un soldado sueco no tragó la hostia sagrada en la comunión, y después de retirarla disimuladamente de la boca, la utilizó como amuleto para invocar a las potencias infernales. Parece que el encantamiento no fue muy poderoso, pues cuando se descubrió el crimen le arrancaron la lengua y lo destrozaron en la rueda.
La Sociedad alemana de Medicina e Historia Natural publicaba un importante boletín oficial, escrito en latín. Su extenso título solía abreviarse, y se lo conocía simplemente como Ephemerides. Esta pomposa y autorizada publicación jamás dudó de la posibilidad de realizar el Festmachen mediante un pacto con el diablo. E incluso sugirió un remedio eficaz. El texto latino es un tanto desvergonzado y escatológico; aquí, me limitaré a dar una idea general. Por ejemplo, el hombre que se disponía a combatir contra una persona sospechosa de alianza satánica, debía hundir la punta de su espada en el estiércol de los cerdos. En cuanto a las balas, antes de introducirlas en el mosquete, debía meterlas en su propia boca. Bueno, no exactamente en la boca, sino en otra abertura. Estas dos actitudes “intimidaban terriblemente” al diablo, luego lo enfurecían, y lo impulsaban a retirarse, dejando solo a su aliado… que entonces resultaba tan vulnerable como cualquier otro mortal.
Vaya lo dicho para demostrar cuál era la “actitud científica” en 1691.
Pero si todos estos amuletos y encantamientos de nada servían, había otros medios de asegurar la inviolabilidad frente a las armas del enemigo. Por ejemplo, la armadura.
Todo cuanto escribieron los autores clásicos, fue aceptado como la suprema verdad. Creíase absolutamente cierto que Vulcano había forjado para Aquiles una armadura que no sólo lo defendía de los golpes del adversario, sino que, nada más que de mirarla el enemigo era presa del pánico y se retiraba apresuradamente. (Un nuevo detalle de la psicología del gran héroe griego. Con semejante equipo, no era tarea difícil combatir contra los troyanos.) Durante mucho tiempo se caviló sobre el secreto de la maravillosa armadura. Sólo se sabía que estaba hecha de un metal llamado Electrum; pero no tenían la menor idea sobre los ingredientes de tan extraordinaria sustancia. Al fin, Paracelso suministró la solución.
Todos los metales, aseguró, están sometidos a la influencia de determinado planeta. Por consiguiente, si se mezclan los metales apropiados cuando las constelaciones precisas ocupan el cielo, se obtendrá una nueva sustancia metálica, que poseerá las potencias secretas derivadas de la estrella. Paracelso bautizó al nuevo metal con el nombre de Electrum Magicum. Era una amalgama de oro, plata, cobre, acero, plomo, estaño y mercurio. La receta prescribía grandes cantidades de oro y de plata, de modo que no estaba al alcance de los pobres.
Pero no era cosa fácil de obtener ni siquiera para el rico. Los libros mágicos que explicaban la preparación del Electrum Magicum, afirmaban que no era posible el éxito, a menos que se aplicaran rigurosamente ciertas reglas muy complejas.
La primera afirmaba que todo el proceso debía ser, aún en los más mínimos detalles, de carácter marcial. El cielo, el aire, el estado de la atmósfera, el día, la hora y el minuto, el lugar, los implementos y el fuego- y aún el alma, la moral y la voz del artesano- debían conformarse al espíritu de Marte. La forja y el martillo, las tenazas y el fuelle también debían ser manufacturados bajo las constelaciones apropiadas; con ese fin, debía buscarse el consejo de un astrónomo reputado. Marte, la estrella del Dios de la Guerra, desempeñaba el papel fundamental en todos los detalles astrológicos.
Pero veamos un ejemplo: ¿Cómo asegurar la “marcialidad” del fuego?
Muy sencillamente. El fuego provocado por el rayo era el único que merecía el calificativo de “marcial”, pues caía del cielo con tremendo poder destructivo, acompañado por horrísono trueno. Por lo tanto, era preciso esperar hasta que el rayo incendiara un árbol o un trozo de madera, transportar el fuego a casa, alimentarlo cuidadosamente en algún recipiente, y mantenerlo hasta que llegaba el exacto período astrológico que debía presidir la forja de la armadura.
Los siete metales debían ser fundidos en siete diferentes constelaciones; ciertamente, una dura prueba de paciencia. Pero ni siquiera esto bastaba. También el propio armero, como ya hemos dicho, debía hallarse de humor “marcial”. Su trabajo debía elevarse sobre el tedio de las tareas cotidianas, y era preciso que se sintiera inflamado de pasiones vigorosas y guerreras. Lo cual no era difícil de conseguir, si durante la ejecución del trabajo se recitaban versos heroicos… y en voz tan alta como fuera posible. El ritmo vigoroso y marcial transformaría la brasa de la emoción marcial en llama constante y perdurable.
Se recomendaba particularmente este grupo de hexámetros:
Ut luvus imbelles violentos territet agnos,
Ut timidos faevos exhorret Dama Molossos,
Sic haec incutiant mortalibus arma timorem.
Se aseguraba éxito completo si se grababa sobre la armadura algún símbolo o lema sugestivo; naturalmente, las tiras destinadas a asegurar el cuerpo debían ser también de calidad mágica. Se prefería el cuero de lobo o de hiena. Se creía que ambos animales poseían carácter marcial. Ya desde los tiempos de Plinio se les atribuía cualidades hipnóticas: si miraban a un hombre antes que éste a cualquiera de ellos, el infeliz mortal enmudecía y quedaba paralizado. La piel de lobo era particularmente eficaz cuando había sido cortada del lomo de un animal vivo. Aquí, el concepto fundamental era más o menos el mismo que presidía la teoría de la usnea humana. Cuando la esencia vital de un animal desaparecía, también se disipaban sus propiedades mágicas; por consiguiente, era necesario extraerlas mientras aún estaba vivo.
(Idéntica teoría se aplicó de un modo que podemos calificar de interesante y horrible al mismo tiempo, en las recetas que, según se decía, ayudaban a ganar pleitos. El abogado debía arrancar la lengua de un camaleón vivo, y colocarla bajo su propia lengua, mientras exponía su alegato. Era seguro que, de ese modo, ganaba el caso. Como todo el mundo sabe, los camaleones cambian de color de acuerdo con las necesidades.)
Ahora nuestro guerrero era invulnerable, y vestía la invencible armadura… Ya podía entrar en batalla. Pero no bastaba gozar de protección. Era necesario destruir al enemigo.
Aquí entraban en acción las espadas mágicas.
Las leyendas de la Edad Media abundan en estas espadas milagrosas. Apenas había héroe que no poseyera algún arma de este tipo… irresistible e indestructible. La mayoría tenía nombres especiales: Balmung, de Sigfrido; Durandal, de Rolando; Escalibur, del rey Arturo; Joyeuse, de Carlomagno; Courtin, de Ogier; Haute Clere, de Oliviero… y así por el estilo. Y quienes se hacían eco de las leyendas no se detenían a pensar que las virtudes marciales y el coraje guerrero de los héroes perdía por lo menos el cincuenta por ciento de su valor… pues los triunfos eran mérito principal de sus respectivas espadas.
Con el fin de forjar una espada de esta clase era preciso combinar ciertos elementos más o menos horribles.
Era indispensable que la hoja hubiera servido ya para matar a un hombre. La vaina debía forjarse con el rayo de una rueda que el verdugo hubiese usado para romper los huesos de un condenado. Se fabricaba la empuñadura con el hierro de una cadena utilizada en un ahorcamiento. Debía forrarse la vaina con tela empapada en sanguis menstruus primus virginis… En general, y sin necesidad de que ofrezcamos mayores detalles, el lector advertirá que la receta parecía la obra de un desequilibrado.
Podría creerse que con semejante equipo el guerrero estaba en condiciones de salir a luchar bravamente contra el enemigo. Nada de eso… necesitaba algo más para eliminar cualquier posibilidad de desaliento: el elixir del coraje. Durante la Guerra de Treinta Años, se lo conoció bajo el nombre de Aqua Magnanimitatis.
El noble brebaje se preparaba de acuerdo con la siguiente receta:
“En mitad del verano, tómese el látigo y castíguese vigorosamente un hormiguero, para que las hormigas, atemorizadas, exuden su secreción ácida y olorosa. Tómese cantidad suficiente de hormigas, y deposíteselas en un alambique. Viértase coñac fuerte y puro sobre ellas, séllese el recipiente y póngase al sol. Déjeselo allí durante catorce días, fíltrese y póngase en el licor obtenido media onza de canela.”
El brebaje debía beberse antes de la batalla, mezclando media cucharada en un vaso de buen vino. Inmediatamente, el soldado se sentía poseído del más heroico coraje. No se trataba de una pasión salvaje y sanguinaria, sino más bien del entusiasmo que lleva a realizar trascendentes y sugestivas hazañas.
Se aconsejaba también mezclar la poción con el aceite extraído de la cizaña, y frotarse las manos con la mezcla también convenía aplicarla a la hoja de la espada. Así preparado, un soldado podía afrontar sin dificultad a diez o doce adversarios, pues éstos sufrirían súbito desaliento. La naturaleza marcial de las hormigas explicaba el milagroso efecto de la poción. Después de todo, es bien sabido que las hormigas son insectos guerreros.
Pero aquí no acababan los artificios heroicos.
También el caballo de batalla debía realizar prodigios de valor.
Las herraduras y el freno debían forjarse con hierro que ya hubiera servido para matar. Las herraduras hacían del caballo un animal valeroso, rápido, inteligente y ágil. Por otra parte, el freno convertía a la más salvaje montura en obediente criatura.
También existían métodos destinados a evitar la fatiga del caballo. Si de las riendas se colgaban dientes de lobo, el caballo podía galopar durante días enteros sin cansarse; por lo menos, así lo afirmaba la magia del siglo XVII.
Pero no basta que el soldado fuera inviolable y su espada invencible, ni que su alma estuviera impulsada por la pasión marcial. En campaña era preciso soportar muchas tribulaciones: frío, sed, hambre.
Se conocían varios encantamientos contra el frío. “Envuélvanse los pies en papel, pónganse encima las medias, y antes de calzarlas viértase un poco de coñac en las botas”. En realidad, no era un mal consejo; tampoco lo era el que sugería que se vertiera el coñac en la garganta del soldado, en lugar de hacerlo en las botas. El tercer método era un poco más complicado:
“Tome una cazuela de estiércol de paloma, redúzcalo a cenizas quemándolo, destílese la ceniza en lejía, y lávese con ella pies y manos. Si empapa la camisa y los calzones en la misma lejía, y luego seca cuidadosamente las prendas, soportará fácilmente el frío más intenso durante catorce días.”
Contra la sed: Tome la piedra transparente, del tamaño de una arveja, que se forma en el hígado del capón de cuatro años, deposítela bajo la lengua, y no sentirá sed.
Contra el hambre se conocía una antigua panacea. Aulus Gellius relata que cuando el guerrero escita no tenía alimento, se limitaba a ajustar un ancho cinto alrededor de la cintura. De acuerdo con la idea de los escitas, la intensa presión reducía el espacio ocupado por el estómago y los intestinos, y de ese modo no podían absorber nada; y si no podían recibir alimento, no tenía objeto tratar de llenarlos. La cosa parece verosímil. La idea contraria parece igualmente válida, pues en épocas posteriores a muchos se les ha ocurrido que la mejor manera de soportar una comida muy abundante consiste en aflojar el cinturón.
Con lo dicho, hemos pasado revista a casi todas las prácticas mágicas seguidas por los guerreros prudentes.
Desgraciadamente, los encantamientos no siempre daban buen resultado, pues la experiencia demostró que aun el soldado más cuidadoso podía caer herido.
Si una flecha u otra arma se rompía en la herida, debía utilizarse una fórmula mágica. Había muchas versiones, aunque la Iglesia las prohibió todas, ya que no eran otra cosa que encantamientos paganos, en los que se había reemplazado el nombre de los dioses por los de Jesús y de los santos. Un manuscrito húngaro del siglo XVII recomienda la siguiente fórmula:
“Una magnífica plegaria para extraer una flecha.
“Como Nicodemus, hombre piadoso y santo, extrajo los clavos de las manos y de los pies de Nuestro Señor, y ellos se deslizaron fácilmente, que esta flechase deslice fuera de tu cuerpo con la misma facilidad; que el Hombre que murió por nosotros en la Sagrada Cruz te ayude en este principio; repita tres veces la plegaria, y a la tercera vez tome la flecha con dos dedos y extráigala.”
No debemos reírnos del ingenuo creyente. Si su fe se mezclaba a veces con prácticas paganas, su misma ingenuidad podía servirle de excusa. Pero, ¿cómo disculpar la tremenda tontería de la medicina del siglo XVII, que inventó la receta y la aplicación del famoso y popular ungüento bélico”?
Este sorprendente emplasto requería ingredientes realmente fantásticos:
“Tome media libra de grasa de jabalí, media libra de grasa de verraco, y la misma cantidad de grasa de oso macho. Reúna una buena cantidad de lombrices de tierra, deposítelas en una vasija, selle el recipiente y caliente las lombrices hasta que queden reducidas a cenizas. Tome tres medias cáscaras de huevo llenas de estas cenizas, agregue un poco de moho de cráneo, al que se habrá dado la forma de cuatro nueces, y que haya crecido sobre el cráneo de un ahorcado o de un hombre muerto en la rueda. Tome dos onzas de heliotropo y tres onzas de sándalo rojo, reducidas a polvo fino; mezcle todo esto con la grasa, agregue un poco de vino, y se tendrá el noble Unguentum Armarium, el ungüento de guerra.”
Y este terrible cocimiento, ¿se aplicaba realmente a la herida? Que el lector se tranquilice. Se aplicaba, no a la herida, sino al arma… al arma que causaba la herida (¡siempre, claro está, que el guerrero hubiera logrado preparar el emplasto!) Si no lo había conseguido, debía conformarse con otra sustancia.
Era esencial determinar qué proporción del arma había penetrado en el acto de herir. Precisamente esta porción debía ser cubierta con el ungüento… y la técnica variaba según que se tratara de un arma cortante o punzante. En el primer caso, el emplasto debía ser aplicado en la dirección general del borde cortante; de lo contrario, la herida se cerraría, pero permanecería abierta por dentro. Si se trataba de un arma punzante, el ungüento se distribuía alrededor de la punta, y un poco hacia arriba.
La siguiente etapa del tratamiento consistía en envolver el arma (a la que ya se había aplicado el ungüento) con una tela limpia, y depositarla en un lugar moderadamente tibio y a cubierto de corrientes de aire. Si el arma estaba expuesta al viento o a fuertes cambios de temperatura, la herida sufría inmediatamente las consecuencias. Debía cambiarse diariamente el vendaje, como si se estuviera tratando la herida.
Gradualmente uno comienza a comprender la razón que era la esencia de toda esta farsa científica. El extraño, procedimiento no era otra cosa que la aplicación de la llamada “terapia por simpatía”.
De acuerdo con esta teoría, las relaciones de los hombres, los animales, las plantas, y de todos los factores constituyentes del universo, están determinadas por la simpatía o por la antipatía. La sangre que manchaba el arma tenla la misma composición que la sangre de la herida; es decir, existía una “relación de simpatía” entre ellas. Del mismo modo misterioso que el imán atrae al hierro, la herida atraerla el misterioso poder curativo que existía en los ingredientes del “ungüento de guerra”. Por consiguiente, era suficiente que se tratara la sangre que cubría el arma… el herido sanaría aunque estuviese a cuarenta millas de distancia.
Ciertamente, el fenómeno parece misterioso. Pero la opinión científica general aceptaba totalmente la teoría del influjo simpático; por ejemplo, en caso de enfermedad, a menudo se utilizaba una muestra de sangre (examinada por separado) para diagnosticar la condición del paciente. Se toma una muestra de sangre,- decían las instruccionesy se la deposita en un recipiente de vidrio, que habrá de sellarse. De acuerdo con las leyes de la simpatía, la sangre en el recipiente de vidrio reflejará los cambios que se operan en la sangre del paciente; se mantendrá límpida si el estado del enfermo mejora, pero se enturbiara si la enfermedad se agrava.
Si el arma causante de la herida no pudiera ser hallada, habrá de escarbarse la herida con un trozo de madera, hasta que empiece a fluir la sangre. Y luego se aplicará a ese trozo de madera el ungüento mágico.
Por su parte, el paciente debía abstenerse de toda actividad mientras durara el tratamiento, y limitarse a mantener limpia la herida y a seguir una dieta.
Lo más interesante de todo el asunto era que casi todas las personas tratadas con este método sanaban; en cambio, la mayoría de aquellos a quienes los médicos procuraban salvar por otros medios, perdían la vida.
La explicación del enigma es bastante sencilla.
En lugar de desarrollar largos razonamientos médicos, veamos una de las recetas del método terapéutico conocido como Kopropharmacia:
“Si la hemorragia es muy intensa, prepárese una mezcla de incienso, sangre de dragón y áloe, agréguese un poco de estiércol seco de caballo y extiéndase sobre la herida. Pueden obtenerse buenos resultados con estiércol de cabra, reducido a polvo y mezclado con vinagre. También puede prepararse una aplicación con estiércol de ganso mezclado con vinagre fuerte.”
Para que el tratamiento fuera más efectivo, el médico ordenaba una bebida curativa. Era preciso mezclar con cerveza un poco de album graecum, destilar la mezcla y dar al herido una cucharada de la poción todas las mañanas. Por lo menos, se trataba de una mezcla de fácil preparación, pues el album graecum de misterioso sonido se hallaba en todas las casas en que había perros…
Es evidente, por lo tanto, que los pacientes tratados con el “ungüento bélico” sanaban porque ningún médico manipulaba las heridas, de modo que la Naturaleza podía desarrollar el proceso curativo sin interferencia humana.
Quizás la mejor y la más universal de todas las curas contra las heridas de bala fue inventada por Ferene, un médico transilvano.
El erudito galeno fue médico de la corte de Sigmundo Bathory, príncipe de Transilvania. Era muy respetado por el príncipe, que no se separaba de él. En 1595, Bathory condujo a sus ejércitos contra los turcos. El doctor Ferene tuvo que acompañarlo. Era un sabio pacífico y amante de la tranquilidad; odiaba la idea de salir con el ejército en campaña, aunque, naturalmente, no podía expresar sus sentimientos. Después de algunas semanas de vida incómoda y peligrosa, el doctor dejó entrever a algunos cortesanos que conocía una medicina maravillosa, capaz de salvar a un hombre de la acción de cualquier arma, aunque se tratara del cañón de mayor calibre o del más peligroso mosquete.
A su debido tiempo, el rumor llegó a oídos del príncipe. El doctor Ferene era hombre de extraordinaria erudición, de modo que bien podía haber descubierto algo importante. Bathory ordenó que el médico de la corte preparara la milagrosa poción, y el doctor Ferene puso alegremente manos a la obra. Pero declaró que necesitaba regresar a Brasso, la capital, porque allí tenía las medicinas y los ingredientes indispensables.
El príncipe ordenó que una fuerte escolta acompañara al médico durante su viaje a Brasso, y esperó el resultado. Lo recibió con sorprendente rapidez, pues el doctor Ferene se limitó a escribirle una carta:
“He hallado esta panacea en mi cofre de medicinas: a quien desee salvarse de herida de espada, de acometida de lanza y del terror de las balas de cañón… déjesele vivir en paz en Brasso. Y como considero que esta es la más segura medicina, aquí me quedaré a esperar el fin de la guerra; y aconsejo a Su Alteza y a todos los que deseen escapar a los peligros de la batalla que sigan mi humilde ejemplo.”
No se conoce la respuesta del príncipe.