Chapters (59)
- IMPRIMIR
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
Se conocen casos de académicos engañados por ardides que no habrían desconcertado ni siquiera a un escolar.
Uno de ellos fue el de Michel Chasles, el famoso matemático francés, profesor de geodesia y mecánica aplicada, profesor de geometría superior en la Sorbona, miembro de la Academia de Ciencia, autor de brillantes trabajos de carácter técnico, premiado con medalla de oro por la Royal Society, miembro honorario de las academias de Berlín, San Petersburgo, Bruselas, Roma, Estocolmo, Madrid, y de media docena de otras instituciones. Un estafador de escasa educación lo llevó de la nariz durante ocho años enteros, de 1861 a 1869, vendiéndole por sumas considerables las cartas falsificadas de las más ilustres figuras de la historia. No por cierto un par de docenas, o unos pocos. centenares o millares; durante esos ocho años el profesor Chasles adquirió nada menos que 27.344 documentos de esa clase. En el propio terreno del académico, Pascal estaba representado por 1.745 cartas, Newton por 622, y Galileo, por 3.000 “cartas originales”. Aunque excelente matemático abstracto, Chales no contaba el dinero que gastaba, en todo esto. Durante los ocho años invirtió la suma de 140.000 francos… una fortuna considerable para la época.
El nombre del estafador era Vrain-Lucas, y supo tejer una red sorprendentemente espesa, con la que envolvió al profesor. Su versión era ingeniosa y convincente. Afirmó que el conde Bois-Jourdain, par de la nobleza realista de Francia, se había visto obligado a huir del terror implantado por Robespierre. Embarcó para América, pero no lejos de la costa la nave debió afrontar una terrible tormenta. El buque se hundió y el conde pereció. Pero algunos pescadores que trataron de salvar a las víctimas, extrajeron del océano una caja que contenía la colección de autógrafos y de manuscritos del conde… ciertamente, un material de inmenso valor. Después de la Revolución, los herederos reclamaron el tesoro y lo conservaron como reliquia familiar; pero la segunda generación no experimentaba los mismos sentimientos de piedad familiar. Habían perdido mucho dinero, necesitaban capital, y estaban dispuestos a vender algunas piezas. Naturalmente, la operación debía desarrollarse en el mayor secreto… pues la familia era al mismo tiempo sensible y vanidosa, y era preciso mantener las apariencias. Esas “pocas piezas” llegaron poco a poco a la fantástica cifra de 27.344, y Chasles continuaba arrojándose sobre cada uno de los ofrecimientos con la pasión del coleccionista.
Las cartas estaban escritas sobre hojas en blanco arrancadas de viejos libros, en antiguos tipos de escritura, y el falsificador tuvo cuidado de sumergir cada hoja durante varios días en agua salada. De ese modo evitaba toda sospecha con respecto a su cuento del naufragio.
Es característica de la ilimitada ingenuidad del gran matemático que jamás se le ocurriera averiguar por lo menos si el conde BoisJourdain había existido realmente. En todo caso, ¿era cierto que había parecido en el mar? ¿Quiénes eran sus herederos? ¿Dónde vivían? ¿Era posible tomar contacto con ellos e inspeccionar toda la colección? Nunca formuló estas preguntas, aunque debemos señalar que el estafador ideó una estratagema destinada a disipar todas las dudas. Vendió a Chasles algunas “cartas raras” cobró una suma considerable, y pocos días después se presentó, con aire dolorido, pidiendo la devolución de las cartas y ofreciendo rembolsar la suma pagada. Declaró que uno de los herederos, un general realista chapado a la antigua, se había enterado de la operación, casi había caído fulminado por un ataque de apoplejía (provocado por la cólera que experimentó) y había prohibido que en el futuro se realizara cualquier operación por el estilo de la concertada. Además, quería recuperar la propiedad familiar.
Si el gran matemático había alimentado alguna duda, ésta se disipó inmediatamente después de la intervención del “general”. Incluso rogó al “intermediario” que tranquilizara al “viejo guerrero”; después de todo, en su condición de antiguo académico, el propio Chasles podía ser un custodio fidedigno de los valiosos documentos. Vrain-Lucas afrontó la difícil misión, tranquilizó al quisquilloso veterano, y los tesoros del misterioso cofre continuaron afluyendo a las manos de monsieur Chasles.
Había ciertas pequeñas incongruencias. Las cartas de Pascal y de Newton estaban escritas en francés, y la hábil falsificación de la escritura podía engañar al lego. Pero, ¿por qué Alejandro el Grande escribía a Aristóteles en el idioma de Voltaire? ¿Por qué Cleopatra se carteaba en francés con Julio César? Pues estas “rarezas” (y otras más preciosas aún, como veremos) aparecían por centenares en el cofre milagroso.
El impostor tejió su red con perfecta lógica, y para todo ofreció una explicación razonable. “Esas viejas cartas”, explicó, “no son, naturalmente, los originales, sino traducciones realizadas en el siglo XVI. No hay duda de que entonces se tenía a mano los originales, y que las traducciones son auténticas. La colección original se hallaba en los archivos de la abadía de Tours, donde se hicieron las traducciones. Posteriormente se perdieron los originales, pero el propio Luis XIV aceptó como auténticas las versiones francesas, y las incorporó a su colección de autógrafos. El monarca y madame de Pompadour continuaron enriqueciendo la colección, que fue parte de los tesoros reales hasta el reinado de Luis XVI. En la tormenta de la revolución, el último e infeliz Capeto entregó toda la colección al conde Bois-Jourdain, con el fin de impedir que cayera en las despreciables manos de los jacobinos”.
La explicación tranquilizó completamente a nuestro gran matemático.
Sin duda hubiera gozado discretamente de los tesoros que guardaba en el mayor secreto, si la vanidad no lo hubiera impulsado a publicar algunas de la piezas. No era amor propio individual, sino orgullo nacional francés.
Con las cartas adquiridas a tan elevado costo, se dispuso a probar que las leyes de la gravedad habían sido descubiertas por el francés Pascal… y no por Newton. Esa gloria debía ser considerada mérito particular del genio francés; era preciso que éste fuera restablecido en el puesto de honor que le correspondía en el campo de la física, y que le fuera arrebatado por la perfidia inglesa.
El 15 de julio de 1867 la Academia de Ciencias realizó una importante reunión. Michel Chasles presentó sus pruebas: la correspondencia de Pascal con el joven Newton, junto con las notas agregadas a las cartas, en las que se formulaban claramente las leyes de la gravedad; también ofreció algunas cartas de la madre de Newton (que entonces era sólo un estudiante) en las que agradecía al gran francés la bondad que manifestaba para con su hijo.
El asunto cayó como una bomba. La venerable Academia parecía un hormiguero sobre el que se ha descargado un brutal puntapié. La mayoría aplaudió a Chasles, el sagaz patriota que había reclamado para la belle France el honor usurpado por un pérfido extranjero. Un eminente químico examinó la tinta utilizada en una de las cartas, y emitió una opinión cuidadosamente ponderada, en la que afirmaba que era auténtica y que pertenecía al siglo en que supuestamente había sido escrita la carta. Pero algunos espíritus obstinados no se dejaron convencer. “Aquí debe haber algún error”, dijeron, “pues de acuerdo con la fecha de la primera carta, Newton era apenas un escolar de doce años ¡Y es muy improbable que Pascal haya confiado su gran descubrimiento a un niño!”
Las cartas presentaban otros pequeños errores y anacronismos que impulsaban a dudar de su autenticidad. Sir David Brewster, el físico escocés y biógrafo de Newton, intervino en la disputa y declaró redondamente que toda la correspondencia era una falsificación; de cualquier modo, todo el mundo sabía que Newton había comenzado a ocuparse de física mucho después, y que en la fecha de las cartas Pascal no podía haber soñado siquiera con la ley de la gravedad.
El profesor Chasles se mostró imperturbable. A los franceses que dudaban replicó (como suele hacerse en casos semejantes) que eran malos patriotas y espíritus negativos. Contra Sir David utilizó un arsenal completo de nuevos argumentos: presentó cartas de Galileo, dirigidas por el gran italiano al joven Pascal, en las que aquel ya aludía al principio de la gravitación. Con ello procuraba demostrar que Pascal trabajaba en esos problemas cuando Newton no había nacido todavía.
En vano los escépticos arguyeron que Galileo estaba ciego en la época indicada por las fechas de las cartas: pocos días después Chasles presentaba otra carta de Galileo en el original italiano, en la que el viejo astrónomo informaba alegremente que su dolencia ocular estaba mejorando, y que ya podía volver a escribir. Pero aquí los escépticos descargaron un contragolpe aplastante: una de las cartas de Galileo había sido copiada textualmente de un libro francés publicado en 1764… es decir, más de un siglo después. El libro llevaba el título de Histoire des Philosophes Modernes, y su autor era Savérien. “Oh, no”, replicó el invencible matemático. “Es exactamente al revés. Savérien copió el pasaje de una carta de Galileo”. Y depositó sobre la mesa de la Academia una carta de Savérien dirigida a Madame de Pompadour, en la que agradecía a la marquesa por la amabilidad demostrada al permitirle examinar las cartas de Pascal, Newton y Galileo que poseía en su colección, lo cual le había ayudado mucho a comprender su obra sobre los filósofos modernos.
No es necesario decir que estas nuevas pruebas salieron todas del taller de falsificaciones de Vrain-Lucas.
¿Quién era este hombre de infinito ingenio?
Hijo de un horticultor de provincia, nunca pasó de la escuela elemental, pero cuando llegó a París consagró todo sus ratos libres a leer en las bibliotecas, devorando el contenido de muchos libros y adquiriendo de ese modo una erudición confusa y sin sistema. Entró al servicio de un genealogista parisiense, que se ocupaba en investigar antecedentes familiares (por lo cual cobraba elevados honorarios), y allí Vrain-Lucas aprendió los elementos fundamentales de la falsificación de documentos. Un encuentro accidental lo relacionó con el matemático de infantil ingenuidad; comprendió las posibilidades que se le ofrecían, y comenzó su grandiosa obra de falsificación, cuyo éxito final nunca llegó siquiera a imaginar.
La disputa se desarrolló y floreció durante dos años enteros. Chasles se negó a revelar cómo habla adquirido las cartas, conservando discretamente el secreto familiar de los Bois-Jourdain. Cuando se sintió muy apremiado, abrió sus cajones a ciertos conocidos coleccionistas de autógrafos y desplegó los restantes tesoros. De ese modo esperaba probar la autenticidad del lugar de origen… y no cabe duda de que poseía ciertas piezas muy selectas.
Los coleccionistas examinaron con verdadera sorpresa los tesoros reunidos allí. Había 27 cartas de Shakespeare, 28 de Plinio, 10 de Platón y otras tantas de Séneca, 6 de Alejandro el Grande, 5 de Alcibíades, y varios centenares de Rabelais. También había varios paquetes de cartas de amor de algunos siglos de antigüedad: algunas de Abelardo a Eloísa, 18 de Laura a Petrarca, y una (que seguramente era la piece de résistance) ¡de Cleopatra a Julio César! Y cuando pensaban que todo lo anterior habla agotado el precioso cofre, el viejo académico presentó, con sonrisa ligeramente sardónica, una carta de Atila, otra de Poncio Pilatos al emperador Tiberio; pero el documento culminante fue ¡una carta de María Magdalena dirigida a Lázaro…! después que este último resucitó de entre los muertos!
He aquí el texto de esta pieza extremadamente rara:
“Mi muy amado hermano: en cuanto a Pedro, Apóstol de Nuestro Jesús, espero que pronto lo veremos aquí, y estoy haciendo grandes preparativos para nuestra hermana María. Siento decir que su salud está declinando, y os recomiendo que la recordéis en vuestras oraciones. Estamos tan bien aquí, en tierra de los Galos, que nos proponemos no regresar a la patria durante cierto tiempo. Estos Galos, a quienes generalmente se llama bárbaros, de ningún modo merecen este calificativo, y por lo que hemos visto anticipamos que desde este país la luz de la ciencia se difundirá sobre la tierra. Nos gustaría veros, y pedimos al Señor que te reciba en Su gracia.”
“Magdalena”
Se necesitaba un patriota francés de tan ciego entusiasmo como Chasles para no advertir el “carácter” especial de esta falsificación. Los antepasados galos, sosteniendo en alto la antorcha de la ciencia, debían ser incluidos en la carta para inflamar el corazón del viejo matemático, de modo que no lamentara gastar su dinero en los importantes materiales que documentaban la gloria del genio francés.
Pero a los ojos de los restantes patriotas, esto ya era demasiado. No pudieron soportar la historia de María Magdalena, y emplazaron formalmente al profesor Chasles para que permitiera que expertos calígrafos e historiadores examinaran la colección. Chasles rehusó. Con la astuta tenacidad del maníaco dominado por una idea fija, explicó así su negativa: “Nada se obtendrá con ese examen, pues el historiador no es un experto calígrafo, y el experto calígrafo no es historiador”.
Se negó a rendirse, y continuaba dispuesto a jurar sin la menor vacilación la autenticidad de la más escandalosa falsificación que se haya conocido jamás.
El desenlace fue provocado por un accidente de menor importancia. Vrain-Lucas cometió un delito en perjuicio de la Biblioteca Imperial, y fue arrestado por la policía. Se estudiaron sus antecedentes, y salieron a luz los complicados hilos del asunto Bois-Jourdain. La confesión del impostor quebró el orgullo del profesor. En la sesión de la Academia realizada el 13 de septiembre de 1869 reconoció humildemente que había sido engañado y que la gloria del descubrimiento de la gravedad pertenecía a Newton.
Durante el proceso, Vrain-Lucas se defendió con cínica franqueza. Afirmó no haber perjudicado al profesor Chasles; el placer que había causado al anciano caballero con sus falsificaciones bien valía 140.000 francos. También había prestado un servicio a su país, atrayendo la atención del público sobre el glorioso pasado de Francia.
Sin embargo, la patria se mostró desagradecida. Vrain-Lucas fue condenado a dos años de prisión.
El ridículo no mató a Michel Chasles. Digirió el dolor de la desilusión, el escándalo del proceso… lo único que no pudo digerir fue el paté que comió con excelente apetito a la edad de ochenta y ocho años. Murió el 8 de diciembre de 1880, a consecuencia de un error gastronómico.
Podía prepararse una antología completa con los casos de hombres de ciencia engañados y estafados. Y a menudo ha ocurrido que la facilidad con que caían en el lazo estaba en relación directa con la erudición y la fama que poseían.
Uno de los casos más inocentes fue la broma que M. Bernard Le Bovier de Fontenelle, el eminente hombre de letras francés, hizo a sus amigos y colegas. (De Fontenelle murió a la madura edad de cien años, cuando ocupaba el cargo de secretario general de la Academia Francesa.) Cierto día invitó a almorzar a sus colegas del alto cuerpo. Después de la comida salieron a pasear al jardín, y allí el anfitrión llamó la atención de sus huéspedes sobre un extraño fenómeno. “Toquen este globo de vidrio, señores. Lo baña la luz del sol… y sin embargo está frío en la parte superior y caliente en la base. ¿Cuál podrá ser la causa?” La erudita compañía arguyó y teorizó. Se expusieron profundas y meditadas opiniones, y todas procuraban explicar el extraño fenómeno. Al fin Fontenelle se fatigó de tanto ejercicio mental. “Creo que puedo ofrecerles la respuesta exacta. Hace pocos minutos estuve en el Jardín; y entonces el globo estaba caliente arriba y frío abajo. ¡Yo lo di vuelta y ahora está al revés!”
Sir John Hill, que vivió en el siglo XVIII, inventó una broma mucho más maligna, de la que hizo víctima a la Royal Society. Durante muchos años había tratado infructuosamente de ingresar. Pero el cuerpo insistía en rechazarlo, de modo que decidió vengarse. Cierto día el secretario de la Royal Society recibió una notable carta. Fue leída solemnemente en la sesión siguiente. El remitente era un médico rural, y en su misiva informaba que había logrado una curación milagrosa mediante la aplicación de alquitrán. Un marinero se había roto la pierna; el médico había reunido los distintos fragmentos, los había empapado en alquitrán uniéndolos fuertemente con vendas, y al cabo de pocos días las dos mitades de la pierna se habían unido completamente. Ahora el marinero caminaba como si jamás hubiera sufrido el menor accidente.
En esos días se hablaba mucho de las propiedades curativas del alquitrán; y sobre todo del uso que se le había dado para la preservación de las momias egipcias. Los campeones de esta panacea consideraron muy de su agrado el informe; era una nueva prueba de las teorías que estaban defendiendo. Algunos escépticos afirmaban que no podía tratarse de una fractura compuesta; el médico en cuestión seguramente había exagerado, y quizás la cura había sido menos rápida. Todavía estaban discutiendo, cuando el médico escribió nuevamente: “Olvidé decirles en Mi primera carta”, explicaba, “que la pierna del marinero era de madera”.
Bory de Saint Vincent, el gran naturalista y geógrafo francés que exploró las Cícladas, Mauricio, Morea, Reunión y Santa Elena, fue víctima de un engaño más descarado aún. Se vio envuelto en la famosa historia de las ratas proboscídeas. Un veterano zuavo llamado Brinon acudió a la casa de Bory, y le ofreció especímenes vivos de una extraña especie zoológica, hasta entonces jamás vista. Eran ratas, pero no del tipo conocido en Europa. Tenían colas muy cortas, pero por otra parte los hocicos alcanzaban una longitud de varias pulgadas, como si fueran trompas en miniatura. Son las ratas proboscídeas del Sáhara, dijo el ex zuavo (Rats á trompe du Sahara). El naturalista compró un macho y una hembra por trescientos francos. Al cabo de poco tiempo la pareja formó una familia… pero ninguna de las ratitas tenía trompa. La investigación realizada reveló que el zuavo había sido ayudante en la morgue, donde habría aprendido suficiente anatomía y cirugía, como para cortar las colas de las ratas y transplantarlas a la punta de los hocicos. Y la zoología debió renunciar a una nueva especie…
En los círculos científicos alemanes, el descubrimiento realizado por J. B. A. Beringer, profesor universitario y consejero ducal de Württenberg, provocó considerable sensación. En sus exploraciones, el sabio dio con una antigua cantera, en la que halló algunos fósiles interesantes- arañas, lombrices de tierra, orugas- que se hallaban preservados en la piedra. El profesor comenzó la investigación sistemática de la cantera. Hubo nuevos descubrimientos. Halló serpientes, ranas, lagartos fosilizados y- verdadero milagro- una araña con su tela, en el momento de atrapar una mosca. La excitación se intensificó… Algunas de las piedras extraídas exhibían reproducciones del sol y de la luna; y el feliz explorador halló también una piedra con el dibujo de un cometa. La parte más valiosa de los descubrimientos estaba formada por piedras con el nombre de Jehová en escritura hebrea. Y no se trataba de un dibujo grabado en la piedra, sino de letras en relieve.
Se esbozaron varias teorías. Algunos afirmaron que todo era fruto de un lusus naturae, de un azar juguetón de la Naturaleza, como cuando volcamos un cubo de agua, y ésta forma toda suerte de extraños dibujos. Oh, sí, argüían otros, pero aunque arrojemos mil cubos de agua, jamás formaremos la imagen de una araña en el acto de atrapar una mosca, o el nombre perfectamente escrito de Jehová. Era preciso hallar otra explicación. Quizás esos fósiles no eran fruto de un accidente, sino resultado de una actividad consciente… del anima mundi, el espíritu mundial pensante y activo que impregna toda la Naturaleza.
El profesor Beringer tenía una teoría diferente, y la presentó al mundo con acopio de impresionantes detalles. En colaboración con su alumno Georg Ludwig Hüber, resumió todo el material, ilustrándolo con excelentes grabados de cobre. El librito fue publicado en Wurzburg el año 1726; su largo título en latín comenzaba con las palabras Lithographiae Wircenburgensis. (Hallé un ejemplar en la Biblioteca Nacional Austríaca de Viena. Entonces era un ensayo científico; hoy es un tesoro para bibliófilos, conservado en muy pocas bibliotecas.)
El profesor Beringer rechazó todas las teorías aventuradas. Un hombre de ciencia serio, dijo, comprendía inmediatamente que no se trataba de fósiles. Las imágenes en cuestión eran obra de manos humanas. Seguramente habían sido creadas cuando los antiguos germanos aún vivían en las sombras del paganismo. Eran ídolos, fetiches, tótem, objetos de la adoración pagana, y como tales representaban un inconmensurable tesoro para los exploradores de la antigua cultura germana. Seguramente habían sido llevados a la cantera de Wurzburgo cuando los germanos se convirtieron al cristianismo. Era evidente que los primeros obispos cristianos no podían tolerar los símbolos del culto pagano, y obedeciendo sus órdenes el pueblo se reunió y enterró las imágenes. Era probable que en otros sitios se hallaran piedras del mismo carácter; y había sido providencial buena suerte del mundo de la ciencia que por accidente hubieran aparecido en Wurzburgo.
El razonamiento era simple y claro, y bastante aceptable. El profesor replicó con idéntica sencillez a los escépticos que no veían la relación de la palabra “Jehová” con el culto pagano. Sin duda había judíos entre la población germana; junto con los otros habían aceptado el cristianismo, y enterrado sus símbolos religiosos.
El librito llegó al rey de Sajonia. Se interesó en el descubrimiento, y envió al profesor un mensaje en el que le pedía algunas de las piedras con el fin de someterlas a un examen más atento. En Dresde se efectuó un estudio cabal del caso, y se llegó a una explicación mucho más simple que la del profesor Beringer.
Con celo e industria dignos de mejor causa, algunos estudiantes de Wurzburgo habían grabado y cortado las piedras. Luego, las habían enterrado en la cantera, teniendo buen cuidado de que el profesor las descubriera gradualmente. Era una estratagema audaz, pero dio buen resultado. Naturalmente, los falsificadores estaban comprometidos a guardar el secreto, y fue imposible desenmascarar a quienes se reían en secreto del erudito Beringer.
Dícese que el propio Beringer compró los ejemplares de su obra, y que los quemó secretamente; de ahí que el libro sea ahora una rareza de bibliófilo.
Los casos que hemos mencionado hasta aquí tienen por actores a hombres de ciencia y de letras poco versados en las maldades del mundo. Además, no se trataba de seres inclinados a la suspicacia. Pero el abate francés Domenechse preparó su propia trampa y cayó en ella.
En la biblioteca del Arsenal de París había un misterioso manuscrito; nadie sabía cómo había llegado allí. En el catálogo figuraba con el título de Livre des Sauvages (Libro de los salvajes); contenía extraños diseños y dibujos, y de acuerdo con la tradición de la biblioteca, era obra de un piel roja norteamericano. Paul Lacroiz, director dela institución, llamó la atención del abate Domenech, ilustre geógrafo, sobre el tesoro en cuestión. Sabía que el abate había viajado extensamente por América del Norte, México y otros países, y que era un experto en cuestiones indígenas.
El abate empezó a estudiar el manuscrito y al cabo de algunas semanas estaba en condiciones de ofrecer una interpretación.
Los diseños, dijo, no eran otra cosa que ejemplos de la antigua escritura por signos de los indios. Poseían tremenda importancia científica, pues aportaban valiosos datos sobre la antigua cultura indígena, y sobre ciertos períodos de la historia de estos pueblos. El abate confesó modestamente que no se hallaba en condiciones de descifrar algunos de los jeroglíficos, pero estaba seguro de que aludían a la migración de ciertas tribus y al misterio de sus antiguas religiones. Y resultaba particularmente sorprendente que estas ilustraciones primitivas incluyera detalles de cierto culto fálico. El mundo parisiense de la ciencia recibió el descubrimiento con considerable simpatía. Algunos sugirieron que el abate debía reclamar el Premio Volney, discernido por la Academia, pero luego prevalecieron otros criterios. El director de la biblioteca informó que poco antes de los estudios del abate, un misionero norteamericano lo había visitado y había preparado una copia exacta del manuscrito. Existía el peligro de que alguna sociedad norteamericana o mejicana publicara una edición facsímil, anticipándose a los franceses. Era un problema de prestigio nacional, de modo que, por recomendación del Ministerio de Bellas Artes, el gobierno resolvió publicar el estudio del abate Domenech a expensas del Estado.
El libro fue debidamente publicado bajo el siguiente título: Manuscrit pictographique Américain précédé d’une Notice sur l’Idéographie des Peaux-Rouges par l’Abbé Em. Domenech, Membre de la Société Géographique de Paris, etc. Ouvrage publié sous les auspices de M. le Ministre d’Etat et de la Maison de l’Empereur, Paris, 1860.
De modo que Francia fue la primera en reivindicar la gloria.
Pero entretanto algo anduvo muy mal.
Cuando se distribuyeron los premios del Salón de París, el conde Walewski (hijo de Napoleón y Ministro de Estado) pronunció la acostumbrada oración oficial. El hombre se dejó llevar por la elocuencia. Declaró que Francia era maestra de todas las naciones, que la civilización occidental debía su existencia a la iniciativa francesa, y que llevaba el sello del espíritu y del carácter franceses.
En Alemania este panegírico fue acogido con bastante disgusto. J. Petzhold, el famoso bibliógrafo de Dresde, se sintió particularmente indignado. Y casualmente tropezó con el libro del abate Domenech, y se enteró de sus afirmaciones un poco extravagantes. ¿Civilización francesa? Petzhold tomó la pluma y pocas semanas después publicó un folleto de dieciséis páginas, con el siguiente título: Das Buch der Wilden im Lichte franzósischer Civilisation (El libro de los salvajes, a la luz de la civilización francesa, Dresde, 1861).
El veneno más peligroso de los indios no podía rivalizar con la ponzoña de los comentarios del bibliógrafo alemán al referirse a su tema: el saber francés. Para abreviar, diremos que se aclaró que el “Libro de los salvajes” no era otra cosa que el cuaderno de ejercicios de un escolar germano americano. Era evidente que el niño vivía en alguna granja aislada, y que había llenado las páginas con diversos dibujos para matar el aburrimiento.
La figura que sostenía un látigo no era un brujo indígena, sino el maestro con su caña. La misteriosa forma alargada no era el símbolo del rayo y del castigo divino, ¡sino simplemente una salchicha! El hombre de seis ojos no era el sabio y bravo jefe de una tribu, sino un monstruo nacido en la imaginación infantil. Y no se trataba de tres sumos sacerdotes con cierto objeto religioso entre los labios… ¡sino de tres niños que comían pretzels! El dios de las nubes, el espíritu del fuego y otras “representaciones trascendentales” debían su existencia al método usual de dibujo infantil: un pequeño círculo con dos puntos representa la cabeza, un gran círculo el estómago, y dos palitos son las piernas. En cuanto al culto fálico, el abate podía hallar en París buen número de esas obscenidades simplificadas: es costumbre de los vagabundos afear con ellas ciertas instalaciones consagradas a la higiene pública.
El problema tenía otro aspecto. El geógrafo francés no conocía el idioma alemán, ni sabía nada de la escritura gótica. Sin embargo, un hombre de mediana cultura habría advertido los característicos trazos góticos, y cualquier alemán que visitara la biblioteca hubiera suministrado la información indispensable. Para el abate, cierto grupo de ideogramas representaba la idea “aguardiente”; pero evidentemente se trataba de la palabra alemana Honig (miel). El niño germano americano había dibujado una colmena y un barril de miel. Y debajo de los otros “extraños pictogramas” había docenas de palabras alemanas: will, Grund, heilig, Hass, nicht, wohl, unschuldig, schaedlich, bei Gott, etc.
Y así se derrumbó el bello castillo de naipes.
Pero la opinión pública y el orgullo franceses no sufrieron mella. El folleto de Petzhold fue traducido al francés, el bibliógrafo alemán fue muy elogiado, y el abate Domenech se convirtió en hazmerreír general. Todo lo cual no le impidió vivir hasta la madura edad de ochenta y siete años.