Chapters (59)
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
“Aphonidas + Maltheurs + urat + puatia + condisa + fondem + ortoo + Noxio + apeis + Burgasis + Glay + venia serchani.”
El signo + es el signo de la cruz. Era el truco permanente de los autores de libros “mágicos”. De ese modo, garantizaban a las personas piadosas que los encantamientos eran eficaces por sus propios méritos y no por la ayuda del Maligno.
El Enchiridion también suministraba un método infalible para atrapar a un ladrón:
“Escríbanse los nombres de los que residen en la casa, arrójense los trocitos de papel en un vaso lleno de agua y dígase en voz baja el siguiente encantamiento:
“Aragon + labilasse + parandano + Eptalicon + Lambured +, yo te mando que me digas el nombre del ladrón!
“Si el nombre del ladrón está en uno de los papeles, subirá a la superficie. Si suben varios de ellos, es que hay cómplices.”
No es de extrañar que el Papa León III (que, naturalmente, nada tenía que ver con este fárrago idiota) fuera acusado de brujería. Lo mismo le ocurrió a Albertus Magnus, cuya “magia” no era otra cosa que el florecimiento del genio siglos antes de lo que podría considerarse el momento oportuno. (Construyó un fonógrafo primitivo, y realizó experimentos con cultivos de invernadero.) En Hungría, el erudito profesor Esteban Hatvani, llamado el “Fausto magiar”, fue también acusado de prácticas malignas. Ese fue también el caso de Roger Bacon, que concibió hace siete siglos la idea de la pólvora, la nave de vapor, el automotor, el avión, y también los sumergibles, el telescopio, los lentes de aumento, las enciclopedias y los rayos X. Naturalmente, se le acusó de mago y de brujo. Y lo mismo le ocurrió a Pietro de Abano, orgullo de la Universidad de Padua, sentenciado a la hoguera por brujería, pero que logró, por su “astucia”, morir en prisión antes de la ejecución de la sentencia.
¿Y qué decir de los poetas, los dramaturgos y los músicos? A los ojos de sus contemporáneos, Shakespeare no fue otra cosa que un cómico de éxito. Ni sus amigos ni sus compañeros de trabajo, los mismos con quienes pasó tantas noches en el Mermaid, comprendieron que era el más grande genio dramático de todos los tiempos. Recuérdese la anécdota de Ben Jonson (aunque es posible que aquí ejerciera su influjo cierto celo profesional), a quien los actores del Globo dijeron en una ocasión que Shakespeare demostraba maravillosa fluidez; sus manuscritos no tenían tachaduras ni raspaduras; en ellos no se había eliminado una sola línea. Jonson gruñó: ¡Ojalá hubiera tachado un millar!
Samuel Pepys opinaba que Romeo y Julieta era la peor de todas las obras que había visto; de La Duodécima Noche dijo que era “tonta”. En cuanto a El sueño de una noche de verano, afirmó que se sentiría contento si nunca más volvía a verla, pues la creía unas de las obras más ridículas y de menos gusto que jamás se hubieran escrito. Con todas sus cualidades, Pepys representa en el caso el tipo medio de aficionado al teatro; pero Thomas Rhymer, el arqueólogo y crítico, que era también historiógrafo de la corte y dramaturgo, hablaba como crítico autorizado. En su Short View of Tragedy, condenó la incapacidad de Shakespeare para “preservar las unidades” en Otelo; y su crítica fue formulada en palabras muy duras.
“En el relincho de un caballo, en el gruñido de un perro hay más sentido, y yo diría que más sentimiento humano que en la ridícula tragedia de Shakespeare. La escena de Bruto y de Casio recuerda el caso del payaso y del luchador que en la feria se exhiben y luchan por un premio de pocos centavos.”
Los críticos posteriores también se mostraron diligentes en sus tiros contra el Cisne de Avon; creían sin duda que apuntaban a un gorrión. No merecen que aquí los nombremos, pero citaremos por lo menos las acusaciones más comunes contra el mágico dramaturgo y bardo inmortal:
Es excesivamente difícil de comprender. No tiene talento trágico ni cómico. Sus tragedias son los productos de un teatro de última categoría. Su comedia es excesivamente vulgar y no mueve a risa. No es original: es nada más que un copista. Nunca ha mostrado capacidad propia de invención; es un cuervo que se adorna con las plumas de otros pájaros más bellos. Su obra es irreal, imposible, exagerada, ridícula, preciosista, afectada, obscena, inmoral. Escribe para la multitud; se complace en descubrir horrores; carece de encanto o de gracia; no tiene ingenio y posee un estilo hinchado.
Entre los críticos alemanes, Johann Christoph Gottsched, que en el siglo XVIII ejerció gran influencia sobre el estilo y el pensamiento literarios de Alemania, fue el hombre que encabezó la protesta contra Shakespeare. Su enemiga provenía principalmente del hecho de que no alcanzaba a encasillar y a clasificar los dramas y las comedias que daban por tierra con las limitaciones de la convención teatral. Escribía a su modo el nombre de su víctima, pues la llamaba “Schakespear”:
“El desorden y la irrealidad que se originan en el incumplimiento de las reglas es tan visible y repulsivo en Schakespear que hallarán placer en él sólo aquellos que nunca hayan leído una obra de calidad superior. Julius Caesar, juzgada por muchos como la mejor de sus obras, contiene tanta bajeza que no puede ser leída sin repulsión. El autor acumula en ella los más diversos hechos, y en el más completo desorden. Aparecen artesanos y otras gentes bajas, los bribones luchan y dicen bromas vulgares; luego, entran en escena héroes romanos, y discutan importantes asuntos de Estado.”
Tanto el crítico como sus “reglas de oro” han caído hace mucho en el olvido. Pero en aquella época la forma era todo. Aun Voltaire estaba tan influido por la idolatría francesa de la forma dramática, que tejió una corona de espinas para el genio que habla desafiado todas las unidades aristotélicas.
“¡Un bárbaro borracho!”, dijo de Shakespeare. “¡Un payaso vulgar! Hamlet es obra tan bárbara que ni siquiera el público francés o italiano menos educado podría soportarlo. Cualquier patán campesino se expresaría en términos mas selectos y elegantes que Hamlet en sus monólogos”.
Federico el Grande, que admiraba mucho a Voltaire, trató de adoptar las opiniones de su amigo francés. En una de sus cartas se permite el siguiente exabrupto:
“Quien desee convencerse de la falta de gusto reinante en Alemania, podrá hacerlo visitando los teatros. Allí se verá la versión alemana de las detestables obras de Shakespeare, y cómo los concurrentes escuchan y contemplan con delicia esas ridículas payasadas que serían más apropiadas para los salvajes del Canadá. Formulo tan dura crítica porque se trata de graves pecados contra las reglas fundamental de la escena. Quizás corresponda perdonar los extraños excesos de Shakespeare, dado que no es posible juzgar el arte primitivo con arreglo a las pautas propias de la madurez. Pero ahora tenemos este Goetz von Berlichingen, miserable imitación de las malas obras inglesas.
El público aplaude y exige entusiastamente que estas absurdas vulgaridades se mantengan en el repertorio. Sé que es imposible discutir acerca de gustos…”
La carta del rey de Prusia (escrita en francés) fue publicada por Rudolph K. Goldschmid en su obra Der Kluge Zeitgenosse (El contemporáneo discreto, Leipzig, 1930).
Algunos rehusaron reconocer la profética grandeza de Goethe. El “príncipe de los poetas” no escribía para las masas. La frase de Séneca se le aplicaba perfectamente: “Nunca pretendí complacer a la multitud; pues lo que yo puedo hacer, ella no lo quiere; y lo que a ella le complace, no puedo hacerlo”.
No vale la pena perder tiempo en los infantiles denuestos de un Pustkuchen, un Glover, o un Goeze. Ludwig Börne. el escritor político y autor satírico alemán que llevó tan amarga lucha contra Heine, desechó a Goethe con una sola frase- en la cual, por otra parte, se ocupaba en realidad de otro poeta: “Torcuato Tasso contiene todo lo que es Goethe, tanto en su grandeza como en su inferioridad”. Bottiger, director del museo de Dresde, después de citar unas pocas líneas de Fausto, agregó lo siguiente:
“Si un poeta como Goethe incluye estos versos en sus obras, no podemos sorprendernos de que los franceses acusen a los alemanes de falta de gusto. De todos modos, no alcanzo a comprender por qué Herr Goethe eligió personajes tan pedestres como Clavigo, Egmont y Fausto para pintar ideas y actos humanos.”
Franz von Spaun, publicista contemporáneo, también eligió al Fausto como blanco de sus ataques:
“Ni siquiera un hombre delirante, agobiado por la fiebre, farfulla tantas estupideces como el Fausto de Goethe. Mis dedos se resisten a sostener la pluma. Limpiar estos establos de Augias exigiría algo más que la fuerza de Hércules. No aludiré a la torpeza de los versos; lo que he leído es para mí prueba suficiente de que el autor no puede competir siquiera con los más mediocres talentos de la vieja escuela. Quizás el Fausto tenga una meta definida, pero el buen poeta no puede limitarse a un tosco diseño; es preciso entender el arte del dibujo y del color… Alguna gente produce versos que fluyen con la misma facilidad que el agua de un grifo, pero este flujo diabético de aburridos versos no es el rasgo distintivo de un buen poeta.”
Y no olvidemos la nota necrológica que un anónimo ensayista de Weimar escribió seis meses después de la muerte de Goethe, en la revista Sachsenfreun:
“Nuestro Goethe está olvidado; no porque el pueblo de Weimar sea insensible a las realizaciones respetables, sino debido al propio carácter del hombre. En él nada habla de humano; sólo se cuidaba de sí mismo, y los grandes intereses de la humanidad le eran ajenos… Sus obras… bueno, si, le sobrevivirán; es decir, perdurarán los seis u ocho volúmenes en los que una mano de capacidad crítica separará el grano confundido entre cuarenta volúmenes de paja…”
Si un contemporáneo alemán sostenía tales opiniones sobre el más excelso poeta de su propia nación, ¿qué podían decir los extranjeros? De acuerdo con Coleridge, Fausto no era otra cosa que una serie de imágenes en camera obscura, una obra vulgar y de lenguaje soez. De Quincey se mostró más severo aún, pues opinó que incluso la más baja superstición egipcia, la embrujada Titania o el borracho Calibán no podían soñar con ídolos tan vacíos y lamentables como los que Goethe ofrecía a los alemanes.
Cuando alguien mencionaba a Goethe, Víctor Hugo montaba en cólera. “¡Monstruo! ¡Bestia! La única obra que merece ser leída es Los bandidos”. Uno de sus amigos intervenía discretamente: “¡Los bandidos fue escrito por Schiller, no por Goethe!” El gran francés, que no se dejaba desconcertar fácilmente, rugía: “ ¡Ya lo ven! ¡Goethe ni siquiera ha escrito eso!”
En cuanto a Schiller, tuvo que soportar su buena dosis de estupidez contemporánea. Un periódico de título impresionante, el Königliche priviligierte Berlinische Staatsund Gelehrte Zeitung, descargó sus rayos coléricos sobre Kabale und Liebe en su número del 21 de julio de 1784:
“Otra lamentable desgracia se abate sobre nuestra época. ¡Qué descaro escribir e imprimir semejantes estupideces! Pero no queremos predicar. Que aquellos que pueden leer páginas de repulsivas repeticiones y de impías tiradas juzguen por sí mismos. Una obra en la que un petimetre sin seso discute con la Providencia a propósito de una muchacha estúpida y afectada, y en la que se suceden las bromas vulgares y los discursos confusos y tragicómicos. Escribir esto equivale a pisotear el gusto y el sentido común. En esta obra el autor se ha superado a sí mismo. Podrían haberse salvado algunas escenas, pero todo lo que el autor toca estalla como burbujas al contacto de la mano.”
Cuando se publicó Katchen von Heilbronn, de Kleist, el diario Morgenblatt afirmó que constituía interesante lectura para quienes habían perdido el juicio.
Y no es necesario retroceder mucho en el tiempo. Max Nordau, el que fue crítico de moda, declaró que Ibsen era incapaz de seguir el desarrollo lógico de una idea, de comprender una sola premisa fundamental, de deducir la conclusión apropiada de una situación dada. Eduardo Engel, el historiador de la literatura, demostró (para su propia satisfacción) que Thomas Mann no sabía escribir en alemán.
“La novela Buddenbrooks no es otra cosa que dos gruesos volúmenes en los que el autor describe la inútil historia de seres inútiles en una charla totalmente vacía.”
Finalmente, citemos la opinión de los círculos de alta cuna sobre los experimentos literarios. El príncipe Hohenlohe-Schillingfürst, canciller del Reich Alemán, fue a ver Hannele, drama poético de Gerhard Hauptmann. En su diario alude a la obra, y la juzga un fárrago terriblemente realista, mezcla de misticismo mórbidamente sentimental y de ingrato y molesto sensacionalismo.
“Después, fuimos a un restaurante para crearnos un estado de ánimo digno de un ser humano, con la ayuda de caviar y de champaña.”
En la Europa anterior a 1914, el ser humano comenzaba en la categoría de barón. La observación del príncipe metido a crítico nos indica que el estómago humano comienza en el caviar…