Chapters (59)
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
“¡Sinvergüenza!”, rugió. “¡Cómo se atreve a intentar engañarnos con esos ridículos trucos de ventrílocuo!”
Camilo Flammarion, que fue testigo personal del incidente, relata el caso en el primer capítulo de su libro L’inconnu: “Y el enfurecido médico permaneció colérico y escéptico hasta el fin de su vida.”
El 30 de septiembre, poco más de seis meses después de la demostración, la Academia de Ciencias realizó otra reunión. El obstinado escéptico solicitó la palabra, y declaró que, después de prolongada y cuidadosa consideración, mantenía un postura inicial; que el llamado fonógrafo no era otra cosa que un truco de ventrílocuo. “Es absolutamente imposible”, dijo Bouillaud, “que el noble órgano de la palabra humana pueda ser reemplazado por el innoble e inconsciente metal”.
Poca gente habría oído hablar de Bouillaud si Flammarion no lo hubiese inmortalizado. Pero la Academia Francesa tenía ya un miembro realmente inmortal: Joseph Jérome Le Frangais de Lalande, el gran astrónomo que fue director del observatorio de París entre 1768 y 1807. Desarrolló la teoría planetaria, mejoró las tablas de Halley, catalogó cerca de cincuenta mil estrellas, y escribió gran número de obras sobre navegación. En 1781, Francois Blanchard (inventor del paracaídas) presentó su “nave voladora” dirigible. El hecho excitó la imaginación del público; el pueblo hablaba ya de los atrevidos aeronautas que surcaban el cielo de París. (En 1785 Blanchard cruzó en globo el canal de la Mancha.) Pero Lalande se apresuró a arrojar agua fría sobre tan calenturientas esperanzas. En el número del 18 de mayo de 1782 del Journal de Paris escribió un artículo destinado a pinchar el globo del señor Blanchard. “Desde todo punto de vista”, escribió, “es absolutamente imposible que el hombre se eleve en el aire y flote. Para alcanzar ese objetivo se requerirían alas de tremendas dimensiones, y sería preciso que se movieran a la velocidad de tres pies por segundo. Sólo a un loco se le ocurriría abrigar la esperanza de que se realizara nada semejante…”
Menos de un año más tarde, el 5 de junio de 1783, los hermanos Montgolfier lanzaban su primer globo.
Al mes siguiente, el 11 de julio de 1783, el marqués Claude Francois Dorothée de Jouffroy d’Abbans, el precursor europeo de la navegación de vapor, realizó su primera excursión en una nave de vapor por el río Saóne. Presentó la invención al gobierno, y éste solicitó la opinión experta de la Academia de París. He aquí la réplica: el experimento nada demostraba, y no valía la pena gastar dinero en el asunto.
Los primeros conquistadores del aire y del agua sufrieron la enemiga de los expertos científicos. Pero los precursores de los ferrocarriles no corrieron mejor suerte. La ciencia oficial los rechazó con gesto despectivo; se afirmó que las locomotoras jamás podrían ponerse en movimiento, que las ruedas giraban en el mismo sitio. Perolas ruedas, dando muestras de considerable descortesía, desmintieron la afirmación de los eruditos organismos; se movieron, y su desplazamiento se tornó más y más veloz. Entonces, la ciencia comenzó a argumentar que dichas velocidades no eran naturales, y que provocarían epidemias generales. De acuerdo con la opinión del Real Colegio Bávaro de Medicina, la persona que viajara en tren sufriría probablemente conmoción cerebral, y quienes desde el costado de las vías contemplaran el paso de un tren se desmayarían a causa del mareo. Por consiguiente, (decían los médicos) si el gobierno tenía la audacia de dedicarse a tan peligroso experimento, debía erigir empalizadas a lo largo de las vías… por lo menos hasta la misma altura que los coches.
Flammarion y otros han puesto en la picota a muchos de estos “tontos de la duda”.
Durante siglos Europa entera ha asistido a la caída de meteoritos. Los fragmentos se conservaban en las vitrinas de los museos, acompañados de documentos debidamente autenticados con respecto al lugar y momento de la caída. Finalmente, la Academia francesa de Ciencia despertó de su digno letargo, y encomendó a Lavoisier, el gran químico, la preparación de un informe sobre los mencionados proyectiles. Cuando el informe fue presentado, la Academia declaró que el asunto era increíble, y que no podía aceptarse su realidad; era imposible que del cielo cayeran piedras. Esos “meteoritos” seguramente habían sido vomitados por alguna erupción subterránea. Me pregunto qué habría dicho ante este informe la mujer de Idaho en cuya casa, a principios de 1955, cayó un meteorito de regular tamaño, que atravesó el techo y golpeó con fuerza la cadera de la buena señora (le costó tres meses reponerse del accidente). Es probable que hace ciento cincuenta años la Academia de Ciencias hubiera recomendado practicar excavaciones en el centro de Idaho en busca de un volcán subterráneo. Jacques Babinet, el físico francés, declaró que el cable submarino era una idea ridícula. Felipe Lebon, el químico e ingeniero que fue uno de los primeros en preconizar el empleo del gas con fines de iluminación, debió escuchar juicios categóricos en el sentido de que era imposible que una lámpara sin mecha se encendiera. Cuando William Harvey presentó su descubrimiento de la circulación de la sangre, sus colegas médicos lo atacaron con tal violencia que durante cierto tiempo perdió a la mayoría de sus pacientes.
El caso de Galileo fue quizás el más famoso, y casi concluyó trágicamente. Con sus tremendos descubrimientos astronómicos y cosmológicos se atrevió a irritar los nervios sensibles de la ciencia oficial contemporánea. En el siglo XVII la Sorbona insistía aún en enseñar la astronomía aristotélica, y pedía la ayuda del Parlement contra los “innovadores ateos”. En 1624, los adeptos de Copérnico y de Galileo fueron desterrados de París, y se prohibió a los que permanecieron en la ciudad, bajo pena de muerte enseñar ideas diferentes de las que sostuvieron las autoridades antiguas y aceptadas”.
En la Universidad de Bolonia, los colegas de Luigi Galvani lo coronaron con un gorro de bufón; se rieron de él y lo llamaron “el maestro de baile de las ranas”.
En 1840 la Academia Francesa decidió al fin prestar cierta atención a los fenómenos conocidos entonces bajo la denominación de “magnetismo animal” o “sonambulismo”. Hoy hablamos de hipnosis. Como consecuencia del análisis practicado, el augusto cuerpo resolvió que en el futuro no perdería tiempo en tales experimentos… del mismo modo que la estupidez del perpetuum mobile o el vano sueño de la cuadratura del círculo, no se trataba de un tema apto para las deliberaciones de los sabios allí reunidos.
Recuérdese el caso de Semmelweis, el hombre cuya obra salvó la vida de millones de madres, gracias al descubrimiento de la causa de la fiebre puerperal. Su larga y trágica lucha (que acabó en un asilo de locos, con su espíritu completamente destrozado) ha sido descrita en muchas ocasiones.
Edward Jenner, una de las mayores glorias de la medicina británica, el descubridor del método de vacunación, casi compartió la suerte de Semmelweis. Cuando explicó por vez primera su descubrimiento de la vacuna, sus colegas lo atacaron con furia casi inhumana. Las prensas lanzaron ensayos y panfletos desbordantes de veneno. Cierto doctor Moseley dejó escapar una frase en vena profética: “¿Quién puede prever las consecuencias que acarreará, a lo largo de años, la inyección de jugos animales en el organismo humano? ¿Qué pensamientos fermentarán en los espíritus contaminados de fiebre animal? ¿Qué influencias ejercerán sobre el carácter humano los fluidos de cuatro patas?” Otros adoptaron también los mismos lemas baratos. El doctor Rowley decoró la cubierta de su folleto con la imagen coloreada de un muchacho de cabeza de buey. El doctor Smyth mezcló su cólera profesional con buena dosis de mentiras, y presentó un caso extremadamente trágico como argumento contra Jenner. Relató la historia de un niño que había recibido la vacuna; después, ese ser (que ya no era humano) empezó a caminar en cuatro patas, mugiendo como una vaca y acometiendo como un toro a la gente.
Más recientemente, el profesor Ferragutti, que inventó y desarrolló el automotor movido por gas de carbón de leña, también debió soportar una fantástica campaña de calumnias. Su invención fue de gran utilidad para Italia, que carecía de pozos petrolíferos y que sufrió particularmente las consecuencias de la falta de abastecimientos de nafta durante la última guerra. Ferragutti afirmaba que su combustible no sólo era más barato (sólo un 5 % del costo de la nafta) sino, además, mejor y más seguro. Naturalmente, las compañías petrolíferas y otros intereses combatieron su invención por todos los medios posibles. Se le acusó de falsificar las pruebas, y de sobornar a funcionarios y a expertos. Pasaron diez años antes de que se aceptara el invento; y podemos suponer que no le habrán servido de mucho consuelo las palabras que le dirigió Marconi: “Debe preparase para afrontar las mayores dificultades. Pero si usted es un auténtico inventor, superará todos los obstáculos… como lo hice yo, luchando contra todas las formas de la estupidez, entre las cuales la peor es la estupidez de la duda.”
En 1911 (¡diez años después de que Marconi hubiera logrado enviar mensajes radiales de Cornwall a Terranova!) uno de los principales físicos austríacos escribió un extenso y burlón artículo sobre Nikola Tesla, el inventor de origen croata. Vale la pena citarlo, para demostrar cómo el experto anquilosado puede errar y mantener obstinadamente su posición aún frente a la evidencia misma:
“El señor Tesla nos promete una transformación del mundo. Llámase a su invención un “orden eléctrico mundial”. Tiene el descaro de afirmar que es capaz de construir aparatos con los que puede transmitir el discurso, la palabra escrita o hablada a cualquier distancia… de modo que si alguien dicta o escribe en cierto punto del globo, su escritura o un facsímil mecanografiado aparecerá en la forma original casi simultáneamente en cierto punto distante. Va aún más lejos, y afirma que es posible desarrollar un instrumento que transmitirá música por medio de ondas eléctricas. Nos sentamos cómodamente en un sillón, tomamos en la mano el pequeño aparato receptor, lo encendemos, ¡y oímos una ópera cantada a inconmensurable distancia! ¡Esto es suficiente para demostrar que este supuesto hombre de ciencia es un soñador poco práctico, y más aún, peligroso! ¡Y aún se atreve a presentar su candidatura para el premio Nóbel!”
Un típico ejemplo de lo que el New Yorker denomina “la bola de cristal empañada”.
El inventor de la primera máquina productora de hielo, el doctor Juan Gorrie, un español que había emigrado a los Estados Unidos, murió en la miseria, humillado y amargado porque no pudo reunir el dinero indispensable para promover su invento, a pesar de que gozó de considerable favor en Florida, donde en 1850 efectuó la primera demostración pública. Su suerte no fue un caso particular; por cada inventor de éxito ha habido mil fracasos; y, en realidad, cada una de las invenciones conocidas podría haber sido aplicada muchos años antes de la fecha en que se difundió si no hubiera sido por la locura de la incredulidad, por la estupidez de la duda.