Back Historia de la estupidez humana Save as PDF
Chapters (59)
  1. IMPRIMIR
  2. elaleph.com
  3. INTRODUCCIÓN
  4. ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
  5. IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
  6. 2.
  7. 3.
  8. 4.
  9. 5.
  10. 6.
  11. 7.
  12. 8.
  13. 9.
  14. IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
  15. 1.
  16. 3.
  17. 4.
  18. 5.
  19. 6.
  20. 7.
  21. 8.
  22. 9.
  23. IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
  24. 2.
  25. 3.
  26. 4.
  27. 5.
  28. VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
  29. 2.
  30. 3.
  31. 4.
  32. 5.
  33. 6.
  34. 7.
  35. 8.
  36. VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
  37. 2.
  38. 3.
  39. 4.
  40. 5.
  41. VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
  42. 2.
  43. 3.
  44. 4.
  45. VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
  46. 2.
  47. 3.
  48. 4.
  49. 5.
  50. IXLOCURA ERÓTICA1.
  51. 2.
  52. 3.
  53. 4.
  54. 5.
  55. 6.
  56. XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
  57. 2.
  58. 3.
  59. FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN

1) ¿Qué es eterno e infinito sobre la tierra?
2) ¿Por qué la gente necesita dinero?
3) ¿Por qué la gente pleitea?
Hasta que se obtuvieran respuestas satisfactorias, debía dividirse la renta de las propiedades entre distintas instituciones caritativas. Al cabo de una semana se presentaron alrededor de quinientos litigantes, divididos en dos grupos principales. Uno de ellos aceptó las condiciones, y pacientemente comenzó a formular respuestas a las preguntas. El otro impugnó el extraño testamento y trató de demostrar que en el momento de redactar el documento Farkas era insano. Al cabo de diez años, los tribunales resolvieron que el testamento era válido. El número de litigantes se había reducido a veintidós, pero ningún juez alcanzaba a decidir cuáles eran las respuestas más correctas. (Uno de ellos escribió un libro de 150 páginas con el propósito de resolver los problemas suscitados.) El fantástico pleito duró más de cincuenta años. Uno de los abogados sugirió un compromiso. La propiedad había aumentado considerablemente de valor; ahora valía más de 200.000 libras, y propuso dividirla en partes iguales entre los herederos. Estos rechazaron de plano. En el curso de los cincuenta años más de sesenta personas habían sido sentenciadas por asalto y agresión, por redacción de libelos obscenos y por otros diversos delitos menores, cometidos dentro y fuera del recinto del tribunal, en ocasión con motivos de mutuos ataques de los antagonistas. El último juez que examinó el caso suministró la respuesta correcta a las tres preguntas. ¿Qué es eterno e infinito? Este pleito. ¿Para qué necesita dinero la gente? Para continuar el pleito. ¿Por qué la gente pleitea? Porque necesita dinero. La tremenda inflación de 1945-46 liquidó la propiedad Farkas, y de ese modo acabó también con la manía litigiosa de sus herederos. En Graz, Styria, un maníaco de los pleitos inició juicio contra un ruiseñor… o mejor dicho contra su propietario, un sólido ciudadano llamado Oscar Heinzel. Herr Heinzel tenía al ruiseñor en una jaula, y todas las noches sacaba la jaula a una ventana abierta. Naturalmente, el ruiseñor cantaba… durante casi toda la noche. Uno de los vecinos, hombre que indudablemente carecía de todo sentido poético o musical, inició juicio contra Heinzel por perturbar la paz y provocar molestias. El caso recorrió tres tribunales, hasta que al fin fue fallado en favor del ruiseñor. He aquí el resumen preparado por el erudito juez: “El consejo de la ciudad tenía completa autoridad para aplicar el párrafo 137 en relación con los intereses públicos. Si hubiera existido una molestia pública provocada por el humo, por un olor desagradable o por algún ruido objetable, se habría justificado la prohibición. Pero en este caso el consejo se excedió en sus atribuciones, pues es preciso respetar la libertad de los inquilinos individuales dentro de sus respectivos hogares, y en el caso en disputa no pudo establecerse que existiera una perturbación de la paz de tal magnitud que representara una molestia pública. Aquí se trata del caso de un pájaro que vive libremente en nuestro país, y que usualmente canta al aire libre. En tales circunstancias, mantener abierta la ventana no puede considerarse una molestia insoportable e inadmisible. Por consiguiente, revisamos los fallos de los dos tribunales inferiores.”
Lástima que, entretanto, hubieran transcurrido siete años, y que el ruiseñor estuviese muerto.
Un hombre inició juicio contra una compañía ferroviaria por los “sufrimientos mentales” padecidos después de un accidente en el que sólo había recibido lesiones de menor importancia. Afirmó que ahora sufría de insomnio, y recibió alrededor de 1.600 libras en concepto de indemnización. Y una mujer exigió a un hospital una indemnización igualmente sustancial… porque el personal no había impedido su tentativa de suicidio. Se llamó a más de veinte expertos antes de rechazar la pretensión.
Uno de los pleitos más complicados se originó en un perro mestizo de cierta pequeña ciudad húngara. El animal, de carácter un tanto levantisco, vagabundeaba por la calle, y allí mostró “amenazadoramente” los dientes a un niño. Unos de los pocos policías de la ciudad fue testigo del lamentable incidente, y cursó una citación al propietario del perro, un campesino obstinado y de carácter independiente llamado Matias Fadgyas. El señor Fadgyas no esperó a que le llegara la citación. Enterado del asunto, presentó una queja contra el policía, afirmando que frecuentaba el local de una agencia de personal doméstico, donde se entretenía en cortejar a algunas de las muchachas que a ese lugar acudían para contratarse como cocineras o mucamas. También presentó una queja contra el propietario de la agencia doméstica, acusándole de dirigir un lugar licencioso.
El magistrado multó a Fadgyas en la suma de cinco chelines, al mismo tiempo que éste iniciaba diversos juicios:
contra el magistrado policial que lo sentenció,
contra el comisionado policial, que nada hizo para evitar dicha sentencia,
contra el tribunal del condado, porque aprobó la multa, contra un oficial de policía que se negó a considerar su queja contra el alguacil.
Pero esto no era suficiente. Fadgyas inició otros juicios: contra el hombre que compró el mueble, cuya venta, fue ordenada por el tribunal, pues Fadgyas se negó a pagar,
contra el policía presente en el remate público,
contra un vecino que “se rió burlonamente”,
contra el abogado que lo representó (a Fadgyas) sin éxito. Aun esto no era más que una de las etapas del asunto. Fadgyas prosiguió e inició litigio:
contra el Colegio de Abogados, porque no apoyó su queja contra el abogado del propio Fadgyas,
contra el presidente y los jueces del tribunal, porque su apelación fue rechazada,
y contra varios otros magistrados, jueces, empleados y diversos funcionarios de la administración judicial.
Todas estas quejas y procesos determinaron, a su vez, una cosecha de juicio por injurias y libelo contra Fadgyas. Entre los acusadores se contaban el primer policía, el propietario de la agencia de servicio doméstico, la policía, el alguacil, el vecino de Fadgyas, su abogado, y numerosos jueces y empleados del tribunal.
Durante tres años enteros la mitad de los casos examinados por el tribunal del condado tuvieron por figura principal a Fadgyas: unas veces como parte acusadora, y otras como acusado.
En la primera audiencia de la apelación Fadgyas fue condenado a un mes de prisión. Apeló nuevamente, e inició juicio el fiscal de la acusación y a su propio ahogado defensor. Al primero, porque había empleado “términos insultantes”; al segundo, porque no se había expresado con “suficiente energía”.
Y todo por un perro mestizo.
Quizás en ninguna parte como en los Estados Unidos esta manía litigiosa ha alcanzado tan inmensas proporciones y producido tan ricos frutos (sobre todo para los abogados). Cuando Harry Ferguson, el inventor y multimillonario británico, inició proceso contra la compañía Ford, el caso dio ocupación a setenta y dos abogados (muy felices, por cierto, de participar en el juicio). Las declaraciones previas ocuparon 300.000 páginas de tamaño oficio, escritas con letra apretada, y varios centenares de miles de páginas con notas, pruebas y diversos documentos. En conjunto, se escribió más de un millón de páginas de documentación antes de que el primer abogado se pusiera de pie y se aclarara la garganta. Durante las primeras cinco semanas de procedimientos judiciales, las declaraciones testimoniales insumieron alrededor de cinco millones de palabras, aunque sólo se había llamado a tres testigos. Es verdad que se trataba de un juicio que implicaba el destino de varios millones de dólares. En definitiva, el caso fue resuelto fuera del tribunal, pero se gastó por lo menos un millón de dólares en honorarios de abogados y en gastos judiciales.
Existe, naturalmente, la manía de los contratos, que posee manifestaciones semánticas particulares, por ejemplo, emplear cinco palabras allí donde una sola sería suficiente… y todo lo demás que tiene su contrapartida en el lenguaje de la burocracia. Hasta ahora, ningún abogado se ha atrevido a reconocer que un contrato vale exactamente lo que la buena fe de las partes contratantes; si lo hicieran, muchos de ellos se verían obligados a abandonar la profesión. Recuerdo que en cierta ocasión firmé en Hollywood un contrato que tenía siete páginas más (a un solo espacio) que el fragmento literario con el cual se relacionaba. Recuerdo también otro caso… en que las negociaciones insumieron nueve semanas y el esfuerzo de un equipo de abogados. Las dos presuntas partes del contrato estaban perfectamente de acuerdo sobre el principio que debía servir de fundamento a los detalles; pero cuando los abogados se apoderaron del asunto y comenzaron a masticarlo, como los perros mastican un hueso, todos caímos en la mayor de las confusiones. La discusión se tornó tan complicada que cada uno de los abogados se vio obligado a explicarse a sí mismo qué había querido decir… y en definitiva todo el asunto se echó a perder, destrozado por los golpes implacables de los expertos en contratos.
Ciertamente, la ley, con toda su majestad, puede ser también expresión de suprema estupidez.