Chapters (59)
- IMPRIMIR
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- INTRODUCCIÓN
- ILA CIENCIA NATURAL DE LA ESTUPIDEZ
- IILA VORACIDAD DE MIDAS1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IIIDESPUÉS DE USTED, SEÑOR
- 1.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- 9.
- IVEL ÁRBOL GENEALÓGICO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VLA ESTUPIDEZ DEL BUROCRATISMO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- 7.
- 8.
- VILA ESTUPIDEZ DE LA JUSTICIA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- VIILA ESTUPIDEZ DE LA DUDA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- VIIIMITO Y ENSUEÑO1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- IXLOCURA ERÓTICA1.
- 2.
- 3.
- 4.
- 5.
- 6.
- XEL FIN DE LA ESTUPIDEZ1.
- 2.
- 3.
- FIN… peroLA ESTUPIDEZ HUMANA NO TIENE FIN
A veces era inútil apelar a ardides o a recursos ingeniosos. Los propios embajadores resolvían el asunto apelando a la fuerza.
Así ocurrió en Londres, en septiembre de 1661. Llegó un nuevo embajador sueco, que en su propia nave remontó el Támesis. Con arreglo a la etiqueta de la corte, el carruaje real lo esperaba en la Torre; el enviado subía al coche y era trasladado a Whitehall. Los carruajes de los restantes diplomáticos extranjeros solían unirse a la procesión. Y aquí surgió la violenta disputa: ¿Cuál de los carruajes debía seguir inmediatamente al que ocupaba el embajador sueco? ¿El español o el francés? El rey Carlos se encogió de hombros y declaró que los caballeros en cuestión bien podían arreglárselas solos. Así lo hicieron, de acuerdo con sus propios métodos diplomáticos.
El gobierno inglés sabía que este ajuste de cuentas podía degenerar en batalla campal; por consiguiente, procuró mantener a sus propios ciudadanos fuera del asunto. Las tropas formaron una sólida muralla destinada a impedir el paso de los curiosos. Los ingleses no se inquietaron mucho ante la posibilidad de que hubiera cierto número de cabezas rotas, o de que se produjeran situaciones más graves aún, siempre que el caso afectara solamente a extranjeros.
El embajador sueco debía llegar a las tres de la tarde. El cortejo español apareció a las diez de la mañana… es decir, el carruaje y cincuenta hombres armados. Los franceses acudieron un poco más tarde, y ocuparon una posición menos ventajosa. Por otra parte, reunieron para la ocasión unos ciento cincuenta hombres: cien soldados a pie y cincuenta jinetes.
Apareció la nave con el embajador: el enviado sueco desembarcó y ocupó su sitio en el carruaje real. Apenas éste inició su marcha, los antagonistas, que habían estado lanzándose miradas de fuego, se arrojaron al ataque. Los españoles formaron una línea para proteger su propio carruaje, que aprovechando su mejor posición avanzó en pos del diplomático sueco. Los franceses lanzaron una andanada y luego desenvainaron las espadas. Fue una batalla en toda regla. Los españoles lucharon con desesperada furia, y no cedían una pulgada al número superior de los franceses. Hubo doce muertos y cuarenta heridos. Es decir, hubo otra víctima… un burgués de Londres cuya curiosidad resultó fatal, y que recibió un balazo en la cabeza.
Aparentemente, los franceses eran mejores tácticos, pese a todo el heroísmo de sus oponentes. Habían puesto en reserva otra tropa montada, con la misión de perseguir al carruaje español, atacarlo y cortar las tiraderas del vehículo. Todo se desarrolló de acuerdo con el plan, salva que, milagrosamente, las espadas no hacían mella en las tiras de cuero. Pues los españoles fueron más astutos aún: habían puesto cadenas de hierro en lugar de tiraderas comunes, y las habían cubierto de cuero para disimular los eslabones de metal.
Concluyó la batalla, pero la disputa continuó desarrollándose con más furia que antes. Luis XIV, encolerizado, se arrancó la peluca. Envió de vuelta al embajador español, y llamó al representante francés en Madrid. Pareció que estallaba la guerra. Pero España tenía conciencia de su propia debilidad, y debió ceder. En presencia de la. corte de Versalles y de veintiséis enviados extranjeros, el marqués de Fuentes, embajador de España, formuló una solemne declaración, en la que España reconocía la precedencia de Francia. Para conmemorar este acontecimiento, de tan trascendental importancia, Luis mandó acuñar una medalla. De un lado había una cabeza coronada de laureles, del otro estaba el rey sentado bajo el baldaquín de su trono, y ante el monarca el embajador español, en actitud, de evidente humildad, rodeado por los restantes diplomáticos extranjeros. La inscripción de la medalla decía: IUS PRAECEDENDI ASSERTUM, CONFITENTE HISPANORUM ORATORE. ¡Lo cual valía sin duda tanto como una docena de campañas victoriosas!