En la oscuridad
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En la oscuridad
Ian RANKIN
Inspector Rebus - 11

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Esta edición ePUB contiene el libro En la oscuridad de Ian RANKIN publicado por la editorial RBA, ISBN: 9788492966035
Título original: Set in Darkness traducido por Francisco Martín
Fecha de la edición original: 201012
Primera Versión de este ePUB: 2010-12-13
Versión Actual: 2010-12-13
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A mi hijo Kit, con todo mi cariño, mis ilusiones y sueños.
Aunque mi alma caiga en tinieblas
se alzará en plena luz,
tanto he amado las estrellas
que no temo la noche.
Sarah Williams,
The Old Astronomer to His Pupil
PRIMERA PARTE
PERCEPCIÓN DE UN FINAL
Y esta tierra escasa y estrecha
encierra tantas posibilidades...
BEACON BLUE, Wages Day
1
Empezaba a oscurecer cuando Rebus cogió el casco amarillo que le daba el guía.
—Aquí estará seguramente el bloque de oficinas —dijo el hombre. Se llamaba David Gilfillan. Trabajaba para Escocia Histórica, y coordinaba los estudios arqueológicos de Queensberry House—. La construcción original es de finales del siglo xviiSu primer dueño fue lord Hatton. El edificio fue ampliado a finales del siglo xviiy pasó a ser propiedad del primer duque de Queensberry. Debió de ser una de las casas más importantes de Canongate, y sólo a un tiro de piedra de Holyrood.
La demolición seguía adelante alrededor de ellos. Queensberry House quedaría en pie, pero las construcciones añadidas a ambos lados del edificio recientemente caerían también bajo la piqueta. En los tejados, los obreros agachados quitaban las tejas de pizarra y las ataban en fardos que bajaban con poleas a unos contenedores. El grupo caminaba sobre trozos de pizarra, indicio de que la demolición distaba mucho de ser perfecta. Rebus se ajustó el casco fingiendo prestar atención a lo que decía Gilfillan.
Todos le habían dicho que aquello era una señal, que estaba allí porque los jefazos de la Casa Grande tenían planes para él. Pero Rebus sabía que su jefe, el comisario Granjero Watson, le había encomendado aquel servicio para evitarse problemas y quitárselo de encima. La cosa era así de sencilla. Y sólo si él, Rebus, lo aceptaba sin rechistar y cumplía la misión, quizá, sólo quizá, Watson le acogería de nuevo en el redil.
Eran las cuatro de la tarde de aquel día de diciembre en Edimburgo; John Rebus caminaba con las manos en los bolsillos de la gabardina y notaba cómo el agua atravesaba la suela de piel de los zapatos. Gilfillan calzaba botas verdes de goma, y Rebus advirtió que el inspector Dereck Linford llevaba unas casi idénticas. Probablemente había telefoneado de antemano para que el arqueólogo aconsejara sobre el atuendo adecuado. Linford llevaba una carrera meteórica en Fettes y se le auguraba un futuro prometedor en la jefatura de policía de Lothian y Borders. No había cumplido aún los treinta, era prácticamente un burócrata y rebosaba amor por el oficio. Había inspectores, casi todos mayores que él, que ya comentaban que no convenía ponerse a malas con Derek Linford; tal vez un día, desde el despacho 279 de la Casa Grande, los miraría por encima del hombro.