Chapters (46)
Vio a Cafferty detrás de él con algo en la mano que relució a la luz de los fuegos artificiales. Era un cuchillo con una hoja de veinte centímetros como mínimo. Iba a matarlo Cafferty, a juzgar por la decisión con que lo empuñaba. Había llegado el momento desde su reencuentro en la oficina con el Comadreja. Rebus casi agradecía que fuese Cafferty y no el matón joven. Hutton había sabido enmascarar bien su personalidad criminal con una buena capa de barniz pulimentado. Él prefería mil veces a Cafferty...
Pero entonces el mar envolvió todo aquello, envolvió a Rebus con su flujo sonoro que creció en sus oídos hasta transformarse en rugido ensordecedor, las luces y las sombras se nublaron y se redujeron a una sola... de color gris.
42
Se despertó.
Estaba helado y dolorido como si hubiese pasado la noche en un sepulcro. Abrió los ojos legañosos y vio que estaba rodeado de coches. No paraba de temblar y notó que la temperatura corporal era peligrosamente baja. Se incorporó torpemente apoyándose en un coche. Era el patio delantero de un concesionario y debía de estar en Seafield Road. Se restregó los coágulos de las fosas nasales y comenzó a respirar rápidamente para estimular la circulación sanguínea. Tenía la camisa y la chaqueta manchadas de sangre, pero no había heridas; no le habían apuñalado ni veía ningún tajo.
«¿Dónde diablos estoy?», pensó.
No había amanecido todavía, ladeó el reloj a la luz de una farola: vio que eran las tres y media. Se palpó los bolsillos, encontró el móvil y llamó al retén nocturno de Saint Leonard.
«¿Estoy en el cielo o en el infierno?», pensó aturdido.
—Manden un coche patrulla a Seafield Road, al concesionario de Volvo —dijo.
Para hacer tiempo se puso a correr por el reducido espacio golpeándose los costados con los brazos doloridos, pero no se le iba el temblor. Diez minutos más tarde llegaba el coche patrulla y de él se bajaron dos agentes de uniforme.
—Dios mío, en qué estado se encuentra... —dijo uno de ellos.
Rebus se desplomó en el asiento trasero.
—¿Tienen a tope la calefacción? —preguntó.
Los agentes ocuparon sus puestos y cerraron las puertas.
—¿Qué le ha sucedido? —preguntó el del asiento del copiloto.
Rebus pensó un instante.
—Pues no sé —respondió al fin.
—De todos modos, feliz Año Nuevo, señor —dijo el conductor.
—Feliz Año Nuevo —añadió su compañero.
Rebus quiso responder lo mismo pero no pudo. Se encogió en el asiento pensando únicamente en que seguía vivo.
Volvió a aquellas naves con un equipo de investigación. La explanada de cemento estaba limpia como una patena.
—¿Fue aquí? —preguntó Siobhan.
—Pero no estaba así —dijo Rebus sosteniéndose en pie a duras penas.