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—¿Cómo está la señora Grieve? —preguntó Linford.
—Mi madre descansa —contestó Cammo Grieve.
—Me refería a la esposa de su hermano, el señor Grieve.
—Seona, quiere decir —terció Lorna Grieve dejándose caer en uno de los sofás.
—También descansa —dijo Cammo Grieve acercándose a la chimenea de mármol y haciendo un gesto hacia el hueco del hogar convertido en botellero—. Ya no la encendemos —comentó—, pero bien se podría...
—Enciéndenos el estómago —gruñó su hermana—. Por Dios, Cammo, ése ya hace tiempo que se apagó —añadió poniendo los ojos en blanco.
El rubor volvió a colorear las mejillas del diputado, esta vez de ira. Quién sabe si sus colores al abrirles la puerta no eran de disgusto. Desde luego, Lorna Grieve se las pintaba sola para soliviantar a cualquiera.
—Tomaré un Macallan —dijo Rebus.
—Tiene buen gusto —comentó Cammo Grieve haciéndolo sonar como un cumplido—. ¿Y usted, inspector Linford?
A Rebus le sorprendió que Linford pidiera un Springbank. Grieve sacó vasos de un armarito y sirvió generosamente.
—No les ofenderé preguntándoles si quieren agua —dijo tendiéndoles las bebidas—. Pero siéntense, por favor.
Rebus se acomodó en uno de los sillones, Linford en el otro y Cammo Grieve fue a sentarse en el sofá al lado de su hermana, incomodada por la intrusión. Bebieron en silencio durante un rato hasta que en el bolsillo de Cammo sonó un pitido y se levantó, sacó el móvil y fue a la puerta.
—Diga. Sí. Lo siento, pero comprenderá que... —comenzó a decir cerrando la puerta tras él.
—Bueno —dijo Lorna Grieve—, ¿qué habré hecho yo para merecer esto?
—¿Merecer, qué, señora Cordover? —preguntó Linford.
Ella lanzó un bufido.
—Inspector Linford —dijo Rebus pausadamente—, creo que es una alusión al par de inútiles que somos nosotros. ¿No es así, señora Cordover?
—Mi nombre es Lorna Grieve —replicó ella con mirada ponzoñosa, no mortal, pero sí suficiente para intimidar a su presa. Por lo menos ya no era borrosa y la dirigía a Rebus—. ¿Usted y yo nos conocemos? —preguntó.
—No creo —respondió él.
—Es que como me mira de ese modo...
—¿De qué modo?
—Como muchos fotógrafos que he conocido: con ojos sórdidos sin carrete en la cámara.
Rebus ocultó una sonrisa con el vaso de whisky.
—Yo era un gran admirador de Obscura —dijo.
—¿El grupo de Hugh? —preguntó ella; su voz se suavizó un tanto y abrió más los ojos.
Rebus asintió con la cabeza.
—En la portada de uno de sus discos aparecía usted.
—Dios, ya lo creo. Parece que ha pasado un siglo. ¿Cómo se llamaba...?
—Repercusiones continuas.
—Dios mío, sí, creo que sí. El último que grabaron, ¿verdad? A mí nunca me gustó, ¿sabe?
—¿En serio?
Habían iniciado los dos una conversación. Linford quedaba fuera del ángulo de visión de Rebus y si éste se concentraba en Lorna Grieve era como si el joven inspector fuese un simple efecto luminoso.
—Obscura —repitió Lorna rememorando—. Ese nombre fue idea de Hugh.
—¿Por la Cámara Obscura que hay cerca del castillo?