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Alicia Grieve había adquirido notoriedad y cierta fortuna como pintora con su apellido de soltera, Rankeillor. La temática de su obra era aquella luz especial de Edimburgo, y su cuadro más conocido, repetido hasta la saciedad en tarjetas, grabados y rompecabezas, una vista con rayos de sol entrecortados atravesando las nubes y derramándose sobre el castillo y el Lawnmarket al fondo. Allan Grieve, algo mayor que ella, era su profesor en la Escuela de Bellas Artes. Se habían casado jóvenes pero no tuvieron hijos antes de haber afianzado sus respectivas carreras. Alicia tenía la ligera impresión de que Allan estaba resentido de su éxito, dado que a él, aunque excelente profesor, le faltaba esa chispa genial del artista, y llegó a decirle en cierta ocasión que sus cuadros eran demasiado verídicos, que el arte requería cierto artificio. Él se contentó con apretarle la mano sin decir nada, sólo en la hora de su muerte le hizo un reproche.
—Aquel día me mataste ahogando todas mis esperanzas —ella quiso protestar pero él se lo impidió—. Me hiciste una mala pasada, pero tenías razón. Me faltaba visión.
Alicia Grieve deseaba a veces haber carecido también ella de visión. No porque así habría sido mejor madre, dedicada a sus hijos, sino una esposa más generosa y mejor amante.
Vivía sola en una casona de Ravelston llena de cuadros de otros, incluida una docena de lienzos de Allan, muy bien enmarcados, a dos pasos del Museo de Arte Moderno, donde no hacía mucho se había celebrado una exposición retrospectiva de su obra. Se inventó una indisposición para no asistir a la inauguración y acudió ella sola otro día a primera hora cuando no había público. Le sorprendió ver que habían colocado los cuadros en un orden temático inconcebible para ella.
—¿Sabéis que han encontrado un cadáver? —dijo Hugh Cordover.
—¡Hugh! —dijo Cammo con burlona cordialidad—. ¿Otra vez aquí?
—¿Un cadáver? —preguntó Lorna. —Lo leí en el periódico.
—Me han dicho que, en realidad, era un esqueleto —dijo Seona.
—¿Dónde lo encontraron? —preguntó Alicia Grieve deteniéndose a contemplar los riscos de Salisbury.
—Oculto en una pared de Queensberry House —dijo Seona señalando el lugar. Estaban ante la verja y todos dirigieron la mirada hacia el edificio—. Hace años fue un hospital.
—Seguramente sería algún desgraciado de la lista de espera —dijo Hugh Cordover sin que nadie prestase atención.
4
—¿Quién te has creído que eres?
—¿Qué?
—Ya me has oído —dijo Jayne Lister lanzándole a su marido un almohadón a la cabeza—. Desde anoche están ahí los platos —añadió señalando la cocina con un gesto— y dijiste que los fregarías.
—¡Voy a fregarlos!
—¿Cuándo?
—Hoy es domingo, día de descanso —replicó él risueño para que no le amargase el día.
—Para ti toda la semana es día de descanso. ¿A qué hora volviste anoche?
Trató de ver qué había en la televisión, ante la cual se había situado ella; era un programa matinal infantil y la presentadora estaba buenísima. Él le había hablado a Nic de su mujer. Ahí estaba, hablando por teléfono y esgrimiendo una tarjeta. No quería ni pensar en lo que sería despertar una mañana con aquello al lado en la cama.