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—¿Qué pretende? —replicó Ure con voz ronca.
—No hay pruebas, Archie —dijo el abogado.
Rebus parpadeó sin apartar la vista de Ure.
—Lo que dice el señor Whyte no se ajusta a la verdad. Creo que disponemos de las pruebas suficientes para llevarlo ante los tribunales. Pero no todos estarán de acuerdo. Tan sólo falta esa gota que colma el vaso. Y yo creo que también usted lo desea. Como legado, digamos, de su personalidad —Rebus hablaba casi en un susurro, pero esperaba que se registrara en la grabadora—. Después de toda la mierda, una alternativa totalmente distinta, limpia.
Se hizo un silencio absoluto en el que únicamente se oía el pitido del electrocardiógrafo, ahora más pausado. Archie Ure se incorporó hasta sentarse sin apoyo en las almohadas, haciendo señas con un dedo a Rebus para que se acercase más. Rebus se levantó ligeramente de la silla. Un susurro a su oído no lo captaría la grabadora, pero no quería perdérselo.
Desde tan cerca la respiración se apreciaba mucho más trabajosa y notó en el cuello el desagradable calor del hálito del enfermo. Percibía perfectamente los pelos grises, grasientos, de su barba en mejillas y garganta, pelos que bien lavados serían suaves y sedosos como los de un niño. Notaba ese aroma dulzón a polvos de talco que enmascara otros olores; seguramente una medida prudencial de su esposa en prevención de las úlceras de decúbito.
Con los labios pegados al oído de Rebus, casi rozándole, Ure confesó alzando la voz para que todos lo oyeran:
—Valía la pena probar, qué coño.
Tras lo cual estalló en una risa entrecortada que fue en aumento llenando la habitación de una increíble energía que ensordeció las recomendaciones del médico, el pitido acelerado del aparato y las súplicas de su esposa que, temiéndose lo peor, se abalanzó sobre él tirando al suelo las gafas del abogado. Al agacharse éste a recogerlas, Isla Ure quedó tumbada sobre su espalda. El médico, sin dejar de mirar el aparato, obligó a Archie Ure a tumbarse. Rebus se hizo a un lado. Aquella risotada era claramente un reto dirigido hacia él. Aquellos ojos congestionados a punto de saltar de las órbitas le miraban a él, reduciéndole al papel de mero espectador.
La risa degeneró en un sonido ahogado, desgarrado, desvanecido en un gargarismo quebrado por un espumarajo, al tiempo que el rostro del enfermo adquiría un color cárdeno y su tórax se hundía sin remedio.
—¡Otro más, no, Dios mío! ¡No!
Cameron Whyte se levantó colocándose las gafas; su taza de té estaba en el suelo y el líquido marrón bañaba la moqueta rosa claro. El médico dijo algo y Siobhan se acercó corriendo a prestar ayuda por sus conocimientos de primeros auxilios; Rebus mismo se habría adelantado a hacerlo, pero algo se lo impidió: el público no sube al escenario. Es el terreno del actor.
Mientras el médico daba las instrucciones inclinándose sobre el cuerpo del enfermo para practicarle la reanimación cardiopulmonar, Siobhan se apresuró a hacerle un boca a boca. Le destaparon completamente el pecho para que el médico le aplicase los puños sobre el centro del pecho.