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—¿Y aquella cartera? —preguntó Siobhan.
Grieve la miró.
—Ah, sí. Era de Dean Coghill.
—Las iniciales eran ADC.
—Debía de ser por el segundo nombre de Dean que a él le gustaba más. Esa cartera nos la trajo Barry Hutton llena de billetes, presumiendo de habérsela quitado a Coghill: «Porque puedo y él no va a impedírmelo» —dijo Grieve negando con la cabeza.
—El señor Coghill ha muerto —dijo Siobhan.
—Otra víctima de Bryce Callan.
Aunque Coghill había fallecido de muerte natural, Rebus entendió perfectamente qué quería decir Grieve.
Rebus y Siobhan celebraron una reunión en la sala del DIC.
—¿Qué tenemos en concreto? —preguntó ella.
—Fragmentos —contestó él—. Tenemos a Barry Hutton yendo a comprobar qué ha sucedido en la cita y que se encuentra con el cadáver de Mackie cerca de Queensberry House; lo lleva a las obras y lo tapia en la chimenea, pensando que allí quedaría por los siglos de los siglos.
—¿Por qué razón?
—Para impedir que la policía le hiciera preguntas.
—¿Y cómo es que en la lista de personas desaparecidas no figura ningún Mackie?
—Mackie era un hombre de Callan y nadie iba a llorar por él ni a denunciar su desaparición.
—¿Y Freddy Hastings se suicida al enterarse por un periódico que se ha encontrado el cadáver?
Rebus asintió.
—El asunto vuelve a cobrar actualidad y se ve incapaz de soportarlo.
—No acabo de entenderle.
—¿A quién?
—A Hastings. No entiendo qué le impulsó a llevar esa vida...
—Hay una preocupación más acuciante —dijo Rebus—. Callan y Hutton van a quedar impunes.
Siobhan se inclinó en su mesa y cruzó los brazos.
—Bueno, en definitiva, ellos ¿qué hicieron? No mataron a Mackie ni tiraron a Freddy Hastings por el puente Norte.
—Pero fueron los inductores de su muerte.
—Callan vive ahora en el extranjero y Barry Hutton es un personaje bien considerado —comentó ella esperando que Rebus dijera algo, pero éste callaba—. ¿No lo ves así? —En ese preciso momento recordó lo que había dicho Alasdair Grieve en el interrogatorio—. Un contacto en el ayuntamiento —agregó.
—Alguien del Departamento de Urbanismo —apostilló Rebus.
38
Tardaron una semana en atar cabos trabajando esforzadamente en equipo. Derek Linford convalecía en su casa, y se alimentaba con líquidos y una pajita. Según la máxima de que «cuando un policía recibe una zurra, la jefatura le premia», suponían que Linford iba a tener un ascenso saltando el escalafón. Mientras tanto Alasdair Grieve se contentó con vivir como un turista en una habitación con cama y desayuno en Minto Street, pues de momento no le permitían abandonar el país y, como le habían retenido el pasaporte, tenía que presentarse todos los días en Saint Leonard. Watson no tenía previsto imputarle nada, pero había que abrirle expediente como testigo de la agresión homicida. Rebus había acordado oficiosamente con Grieve que no se dejara ver y que ellos no mencionarían su regreso a la familia.
El equipo al completo, con Siobhan, Wylie y Hood, fue estructurando la investigación y Wylie reivindicó y consiguió una mesa junto a la ventana en compensación, alegó ella, a las horas padecidas en el cuartito de interrogatorios.