Contents ( 3)
Ellos dos discutían de política en la cocina hasta que Rebus se aburría y se tumbaba en el sofá diciéndole a Rhona que a él le traía sin cuidado. Al principio ella se ponía delante del televisor para tapárselo y eran unas discusiones tajantes y apasionadas.
—No pienso exasperarme —decía él cuando Rhona terminaba un razonamiento, y entonces ella le atizaba con un almohadón hasta que él la tumbaba en la alfombra forcejeando y acababan los dos riendo.
Sería quizá porque empezaba a reaccionar a tanta militancia, pero en cualquier caso su intransigencia fue en aumento y una tarde volvió a casa con una insignia de «escocia dice no» en la solapa. Estaban una vez más en la mesa de la cocina cenando y Rhona tenía cara de cansada; era lógico: se ocupaba de su trabajo, de la niña y de la campaña. No dijo nada de la insignia ni siquiera cuando él se la quitó de la chaqueta y se la prendió en la camisa. Sólo le miró con ojos inexpresivos y no volvió a hablarle en toda la noche. En la cama le dio la espalda.
—Creí que querías que me metiera más en política —dijo él en broma, pero ella no contestó—. Lo digo en serio. He pensado en todo lo que me dijiste y he decidido votar no.
—Haz lo que te dé la gana —contestó ella con frialdad.
—Pues eso haré —replicó él mirando el bulto de su cuerpo al lado.
Pero el primero de marzo hizo algo peor que votar no. No fue a votar. Podía alegar como disculpa que hacía mal tiempo, trabajo o cualquier otra cosa, pero lo cierto fue que lo hizo por fastidiar a Rhona, y fue viéndolo claro a medida que transcurrían las horas y miraba las manecillas implacables del reloj de la oficina. Cuando aún le quedaban unos minutos, estuvo a punto de salir corriendo al coche, pero se dijo que era demasiado tarde. Demasiado tarde.
De regreso a casa se sintió fatal. Rhona no había vuelto; estaría en alguna mesa electoral comprobando el recuento de votos o con sus correligionarios en algún bar aguardando los resultados oficiales.
La canguro le dejó a cargo de la niña y él se quedó cuidando a Sammy, que no tardó en dormirse abrazada a su osito de peluche Pa Broon. Rhona volvió tarde y algo bebida; también él lo estaba, con cuatro latas vacías de Tartán Special frente a la tele sin sonido, escuchando un disco. Pensó en decirle que había votado no, pero ella se habría dado cuenta de que mentía y optó por preguntarle cómo estaba.
—Adormilada —contestó ella desde la puerta del cuarto de estar como si le diese miedo entrar—, aunque, en cierto modo, casi es preferible —añadió dándose la vuelta.
Uno de marzo de 1979. El referéndum incluía una cláusula por la cual era necesario que un cuarenta por ciento votara sí, y corrió el rumor de que era una imposición del gobierno laborista de Londres para entorpecer la autonomía por temor a que sus diputados escoceses en Westminster fueran desplazados y los conservadores obtuvieran la mayoría permanente en la Cámara de los Comunes. Era imprescindible que hubiera un cuarenta por ciento de votos a favor del sí.