Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Cuando Harry encontró a Sally, señor, la habrá visto.

—Anoche no vi la tele. Hay gente que tiene mejores cosas que hacer.

—Hablábamos del argumento, de si los hombres pueden hacer amistad con las mujeres sin pensar en llevárselas a la cama.

—Yo creo —dijo el otro agente— que cuando un tío echa el ojo a una mujer en lo primero que piensa es en cómo será en la piltra.

Rebus oyó fuertes voces en el departamento del Investigación Criminal.

—Con perdón, caballeros, hay algo más urgente...

—Es una pelea amorosa —comentó uno de los agentes.

—Más equivocado no puedes estar, colega —replicó Rebus volviéndose hacia él.

Siobhan tenía acorralado a Derek Linford en un rincón de la sala, para gran fruición del público: el inspector Bill Pryde y los sargentos Roy Frazer y George Hi–Ho Silvers que, sentados en sus respectivas mesas, disfrutaban del espectáculo, y a quienes Rebus fulminó con la mirada al entrar. Siobhan había agarrado a Linford por el cuello y estaba de puntillas con la cara pegada a la de él, que sostenía en una mano unos papeles arrugados y levantaba la otra pidiendo tregua.

—Y si se te ocurre siquiera pensar en mi número de teléfono, vas a ver. ¡Te voy a arrancar los huevos! —gritó Siobhan.

Rebus le cogió las manos por detrás para que le soltara, pero ella se revolvió furiosa y roja de cólera mientras Linford tosía medio asfixiado.

—¿Esto es lo que tú llamas decirle cuatro palabras? —dijo Rebus.

—Ya sabía yo que tú tenías algo que ver —dijo Linford.

—¡Es un asunto entre tú y yo, gilipollas, y nadie más! —exclamó Siobhan encarándose con él de nuevo.

—Te crees irresistible, ¿verdad? —dijo Linford.

—Cállate, Linford, no empeores más las cosas —replicó Rebus.

—Yo no he hecho nada.

—¡Serpiente rastrera! —le espetó Siobhan tratando de zafarse de Rebus.

Oyeron a sus espaldas una voz potente y autoritaria:

—¿Qué demonios sucede aquí?

Se volvieron los tres hacia la puerta y vieron al comisario Watson acompañado del ayudante del jefe de la policía, Colin Carswell.

Rebus fue el último en ser «invitado» a dar a Watson su versión de la historia. Estaban los dos a solas en el despacho y Watson, apodado el Granjero por su rostro rubicundo y sus orígenes rurales, permanecía en su asiento con las manos juntas y un lápiz afilado entre ellas.

—¿Se supone que tengo que someterme al habitual harakiri? —preguntó Rebus señalando el lapicero.

—Se supone que tiene que decirme qué es lo que sucedía ahí fuera. Por un día que viene de visita...

—A ponerse de parte de Linford, naturalmente...

Watson le miró serio.

—No empecemos. Bueno, deme su versión.

—¿Para qué? Ya sé lo que le habrán contado los otros dos.

—¿El qué? A ver, diga.

—Siobhan le habrá dicho la verdad, y Linford le habrá largado una sarta de mentiras para justificarse —respondió Rebus encogiéndose de hombros ante la expresión aún más severa de Watson.

—Vamos, démela —dijo.

—Siobhan salió un par de veces con Linford —comenzó a decir Rebus con voz monótona— en plan de amigos, y ella le dio calabazas. Una noche yo fui a su piso para hablar de mi caso y cuando al salir me quedé un rato sentado en el coche, vi a un tipo que salía de un edificio de enfrente, daba la vuelta a la esquina, se ponía a mear y regresaba al edificio. Fui a averiguar el asunto y resultó que era Linford que la espiaba desde el descansillo del segundo piso de aquella casa. Después, anoche, ella me llamó para decirme que tenía la impresión de que la espiaban. Y yo le conté lo de Linford.