Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Sí —respondió Rebus, pero ella se refería a Reagan.

—Aquí, todo el día solo, con todos esos búnqueres llenos de secretos y cosas ajenas... ¿No te tienta la curiosidad de saber qué encontraríamos si abriésemos otros?

—¿Por qué crees que se presta tan solícito a ayudarnos? —añadió Rebus sonriendo.

—¿Porque es un alma bondadosa? —aventuró ella.

—O porque no quiere que fisguemos demasiado —Siobhan le miró—. ¿Qué crees que he hecho mientras estaba aquí a solas? Echar un vistazo a la lista de clientes.

—¿Y qué?

—He encontrado un par de nombres que me suenan a peristas de Pilton y Muirhouse.

—Eso está cerca... —comentó ella y Rebus asintió con la cabeza—. Pero no podemos hacer un registro sin una orden judicial.

—Ya, pero es un buen argumento si el señor Reagan se muestra reacio a colaborar. Y algo a tener en cuenta la próxima vez que haya alguna denuncia contra ellos —agregó Rebus mirándola—. No tiene sentido obtener un mandamiento judicial para registrar un piso en Muirhouse si el producto del robo está en un almacén.

Hicieron una pausa al abrigo de la oficina. Hood dijo que él iba a seguir buscando y que Wylie le llevase el café cuando acabase el suyo.

—Ese muchacho no haría buenas migas con los sindicatos —comentó Reagan.

El calor salía de una estufa de gas de tres elementos, pero el frío se filtraba por las rendijas de la caseta y en la ventanita se había formado una capa de vaho de la que escurrían de vez en cuando gotas sobre el alféizar. Era un espacio cerrado de atmósfera viciada débilmente iluminado por la bombilla del techo y una lámpara de mesa. Reagan aceptó un cigarrillo de Rebus formando los dos un frente solidario del que se apartó el dúo de mujeres no fumadoras.

—Propósitos de Año Nuevo —dijo Reagan mirando la punta del pitillo—. Dejar de fumar.

—¿Lo logrará?

El hombre se encogió de hombros.

—Debería, tengo práctica en intentarlo dos o tres veces al año.

—Con la práctica se llega a la perfección —comentó Rebus.

—¿Cuánto cree usted que van a tardar? —dijo Reagan.

—Le agradecemos mucho su colaboración —dijo Rebus con el tono de quien recupera su papel de policía y prescinde de la campechanía de fumar un pitillo con alguien, y Reagan captó inmediatamente que aquel inspector podía darle la lata si se ponía tonto.

Se abrió la puerta y entró Grant Hood con un monitor y un teclado que puso en la mesa.

—¿Qué os parece? —dijo recobrando el aliento.

—Es un modelo viejo —comentó Siobhan.

—Sin el disco duro no sirve de nada —añadió Ellen Wylie.

Hood sonrió. Era la objeción que esperaba. Metió la mano en su abrigo a la altura de la cintura donde se notaba un bulto.

—Antes no había discos duros como los de ahora. Esta ranura lateral es para un disco flexible —dijo sacando media docena de cuadrados de cartón con un agujero en el centro como los antiguos discos sencillos—. Son discos flexibles de nueve pulgadas —añadió enseñándoselos con una mano mientras con la otra mano daba unos golpéenos al teclado—. Seguramente funcionan con el sistema MS–DOS. Así que si ninguno sabe de qué se trata, yo voy a instalarme aquí —anunció dejando los discos en la mesa y frotándose las manos ante la estufa—. Mientras podéis seguir buscando a ver si allí hay más discos.