Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

No estaba Rachel Drew. Quizá no se había enterado.

No podía decirse que era un entierro concurrido. Los cuervos revoloteaban graznando como si quisieran interrumpir las palabras concisas y precipitadas del cura. Uno de los mendigos del Grassmarket daba codazos a su compañero medio adormilado, y cada vez que el oficiante pronunciaba el nombre de Freddy Hastings, Dezzi suspiraba «Chris». Al concluir la ceremonia Siobhan dio media vuelta y se alejó apretando el paso. No quería hablar con nadie; ella únicamente había ido por sentido del deber, algo que nadie iba a agradecerle.

Cuando llegó donde habían dejado los coches miró a Rebus por primera vez.

—¿Qué te ha preguntado Watson? —dijo—. Se cree lo que cuenta Linford, ¿a que sí?

Al ver que Rebus no contestaba, subió a su coche, puso el motor en marcha y arrancó. Rebus, que siguió de pie junto al suyo, creyó ver lágrimas en sus ojos.

La excavadora amarilla sacaba sin parar escombros y más escombros. Ver las tripas del edificio confería a la escena algo de voyeurismo, aunque Rebus advirtió, muy al contrario, que había peatones que pasaban de largo evitando mirar. Era como si un patólogo acabase de dejar al descubierto las vísceras, el interior de lo que habían sido pisos habitados con puertas pintadas y repintadas, papeles de decoración cuidadosamente elegidos; donde quizá había habido parejas de recién casados pintando zócalos, manchándose ilusionados las manos. Lámparas, casquillos, interruptores... yacían ahora entre montones de cables o pendían del vacío. Habían quedado incluso al descubierto elementos menos definidos de la estructura: vigas del tejado, cañerías, heridas abiertas donde antaño habían estado las chimeneas, con el fuego crepitando en Navidad y el árbol adornado en el rincón.

También los buitres habían hecho acto de presencia y apenas quedaba alguna de las mejores puertas. Habían desaparecido las estufas, las cisternas, los lavabos, las bañeras, los depósitos de agua y los radiadores... Algunos rebuscadores de basura sacarían un buen dinero de todo ello. Pero lo que más fascinaba a Rebus eran las capas superpuestas de pintura y papel pintado. Si se arrancaba uno a rayas se dejaba al descubierto otro de peonías de color rosa suave y debajo, otro de jinetes con casaca roja. En uno de los pisos habían ampliado la cocina tapando con papel pintado la antigua y al arrancarlo habían aparecido los azulejos blancos y negros. Estaban llenando unos contenedores para cargarlos en camiones que los transportarían a vertederos de las afueras donde todas aquellas piezas de rompecabezas se depositarían en capas sucesivas a disposición de futuros arqueólogos.

Rebus encendió un cigarrillo y entornó los ojos para protegerse de unas ráfagas de polvo y suciedad.

—Creo que hemos llegado un poco tarde.

Estaba con Siobhan frente al edificio en derribo que había alojado el despacho de Freddy Hastings. Ella, ya sosegada, miraba la demolición como si hubiera desterrado a Linford de su pensamiento. De la oficina de Hastings que ocupaba la planta baja no quedaba ya nada. Una vez despejado el solar, alzarían un nuevo edificio, un «complejo de apartamentos» a tiro de piedra del nuevo Parlamento.