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Aminoró para buscar en la guantera una cinta de Hendrix que puso en el casete. Amor o confusión. A veces era difícil saber la diferencia.
El laboratorio forense estaba en Howdenhall, pero Rebus no entendía por qué Grant Hood y Ellen Wylie le habían citado allí. Su mensaje era ambiguo y apuntaba a una sorpresa. A Rebus le reventaban las sorpresas. Igual que el beso furtivo de Lorna Grieve; no había sido una sorpresa exactamente, pero en cualquier caso... Y si no hubiese apartado la cabeza, se lo habría dado en la boca. Dios, y con Peter Grief mirando en la ventana. Grief: quería haberle preguntado por qué ese cambio de apellido. Claro que, como se había criado con su madre, a lo mejor se apellidaba Collins. Si así era, el cambio resultaba aún más drástico.
Howdenhall estaba lleno de cerebros grises, algunos con apenas veinte años. Eran gente que entendía de ADN, de ordenadores y de bancos de datos. En la actualidad, en Saint Leonard ya no tomaban las huellas dactilares con tinta a los sospechosos; simplemente les hacían poner la palma de la mano sobre un escáner y automáticamente aparecían en la pantalla las huellas para que los del fichero de antecedentes confirmaran si estaban fichados. Era un procedimiento que, a pesar de los meses transcurridos, seguía causando admiración en Rebus.
Hood y Wylie le esperaban en una sala de reunión. Howdenhall era de construcción reciente y en las instalaciones flotaba un olor absurdo a limpio. La gran mesa ovalada, hecha de tres secciones desmontables, no estaba todavía rayada ni manchada, ni el almohadillado de las sillas estaba desfondado. Los dos agentes jóvenes hicieron gesto de ponerse en pie al entrar Rebus pero él les hizo seña de que se sentasen y fue a acomodarse frente a ellos.
—No hay ceniceros —comentó.
—Aquí no puede usted fumar —dijo Wylie.
—Bien que lo sé, pero sigo pensando que es sólo un mal sueño —comentó mirando a su alrededor—. ¿Tampoco hay café?
—Si quiere... —dijo Hood poniéndose en pie de un salto.
Rebus negó con la cabeza, pero le complacía que Hood se mostrase tan solícito. Vio en la mesa dos vasos de plástico vacíos y se preguntó quién habría hecho el servicio. Aunque hubiera pagado Hood, estaba casi seguro de que Wylie había ido a buscar las bebidas.
—¿Qué novedades hay? —preguntó.
—En la chimenea casi no quedaban restos de sangre —contestó Wylie—. Lo más probable es que Mojama fuese asesinado en otro lugar.
—Lo que significa que hay pocas probabilidades de que el equipo de la Científica obtenga buenos resultados —dijo Rebus, y se quedó pensativo un instante—. ¿A qué viene, entonces, este misterio?
—No es ningún misterio, señor. Simplemente, nos enteramos de que el profesor Sendak acudía aquí esta tarde a una reunión...
—Y no quisimos desaprovechar la ocasión, señor —añadió Hood.
—¿Y quién diablos es el profesor Sendak?
—Un catedrático de la universidad de Glasgow, jefe del Departamento de Patología Forense.
—¿De Glasgow? —dijo Rebus enarcando una ceja—. Escuchad, si Gates y Curt se enteran de esto, allá vosotros. Yo no quiero saber nada. ¿Entendido?