Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—Es un golpe de efecto de relaciones públicas —dijo Mollison.

Tenía delante un vaso de Zinfandel pero también había pedido agua mineral y hasta el momento era lo único que había bebido. A Linford le gustó la táctica: no ser un abstemio, pedir alcohol, pero ingeniárselas de algún modo para consumir sólo agua mineral.

—Me refiero a que buscan el voto emocional —prosiguió ella—. Seona tiene amigos en el partido y en militancia no se queda atrás de Roddy.

—¿Usted la conoce?

Mollison negó repetidamente con la cabeza, no por la pregunta en sí, sino por su irrelevancia.

—Yo no creo que se lo pidiera el partido; habría sido de mal gusto. Pero al prestarse ella, verían de inmediato las posibilidades —añadió cambiando de sitio el móvil para comprobar la cobertura.

Sonaba a jazz como música de fondo y apenas había clientes en las otras mesas por ser la hora baja de media tarde. Linford no había almorzado y acababa de terminar un bol de galletitas de arroz, pero estaba otro en camino.

—¿Usted, personalmente, se ha llevado una decepción? —preguntó Linford.

Mollison se encogió de hombros.

—Otra vez será —dijo con aplomo, sin inmutarse.

Linford estaba seguro de que lo lograría en pocos años, y, en previsión, le entregó su tarjeta de visita, una de las buenas con letras en relieve, con el número particular escrito detrás. «Por si acaso», dijo. Poco después ella advirtió que contenía un bostezo y le preguntó si le aburría.

—Es que anoche me acosté tarde —dijo él.

—Yo lo siento por Archie —continuó ella— porque tal vez haya sido su última oportunidad.

—¿Pero no le han incluido en la lista regional?

—Claro, no tenían más remedio porque si no habría sido como hacerle de menos. Pero comprenda que esa lista depende de los votos que obtenga cada partido una vez asignados los escaños.

—Me parece que no la sigo.

—Aunque Archie fuese cabeza de esa lista, seguramente no saldría elegido.

Linford caviló al respecto pero siguió sin entenderlo.

—Es usted muy generosa —comentó para salir del paso.

—¿Usted cree? —replicó ella con una sonrisa—. No entiende usted de política. Si acepto airosamente la derrota tengo puntos a mi favor para la próxima oportunidad. Hay que aprender a perder —añadió encogiéndose de hombros. Su chaqueta tenía hombreras y confería cierta robustez a su figura delgada——. Bueno, ¿no era de Roddy Grieve de quien íbamos a hablar?

—Usted no está entre los sospechosos, señorita Mollison —dijo Linford sonriente.

—Cuánto me alegro.

—A menos que la señora Grieve sufra un accidente. Mollison lanzó una carcajada aguda que llamó la atención de las otras mesas y se llevó una mano a la boca.

—Dios, no debería reírme, no vaya a tentar al destino.

—¿En qué sentido?

—No sé... Imagínese que la atropella un coche.

—Entonces tendría que volver a hablar con usted —dijo él abriendo el bloc y cogiendo el bolígrafo. Era un Mont Blanc que ella había elogiado previamente—. Quizá sea conveniente que anote su número de teléfono —añadió con una sonrisita.