Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

—¿Les hicieron foto?

—¿En la escalinata? —replicó Harken a punto de echarse a reír.

—No. En la escalinata no —replicó Clarke en tono circunspecto–En Torphichen.

—Ah, sí, les hicimos fotos.

—¿Las conservan?

—Pues, no sé.

—Bien, compruébelo —dijo Clarke—. Por favor —añadió.

—Bueno, sí —dijo Harken a regañadientes.

—Gracias.

Colgó. Una hora después le enviaron las fotos con un coche patrulla. Las de Mackie eran mejores que las del albergue. Miró sus ojos desenfocados. Tenía el cabello mucho más oscuro y peinado hacia atrás; su rostro era más bronceado o curtido de vivir al aire libre y llevaba barba de un par de días, pero no tenía peor aspecto que muchos turistas de mochila. Advirtió en él una mirada extraña como si por más que durmiese nunca fuera a olvidar lo que había visto. Clarke no pudo contener una sonrisa al ver las fotos de Dezzi: sonreía como si estuviera en el mejor de los mundos, ajena a todo.

Harken había anotado en el sobre: «Otra cosa. Interrogamos a Mackie a propósito del incidente y nos dijo que él no era ya ningún "bruto sexual" pero por un error en la transcripción le tuvimos encerrado unas horas para comprobar si era delincuente sexual. No tenía antecedentes».

Sonó de nuevo el teléfono y le dijeron del mostrador de entrada que tenía visita.

Era un hombre bajo, gordo y rubicundo. Vestía un traje príncipe de Gales a cuadros con chaleco y se enjugaba la frente con un pañuelo del tamaño de un mantel. Tenía una calva reluciente pero con bastante pelo a los lados, que se peinaba sobre las orejas. Dijo llamarse Gerald Sithing.

—He leído esta mañana en el periódico lo de Chris Mackie y me he llevado un disgusto —dijo con voz trémula clavando en ella sus ojillos.

—¿Usted le conocía? —preguntó Clarke cruzando los brazos.

—Oh, sí, desde hacía años.

—¿Podría describírmelo?

El hombre la miró y dio una palmada.

—Ah, claro, cree que soy un chalado que viene a reclamar su fortuna —dijo con una risa seca.

—¿No lo es?

El hombre se enderezó y dio de carrerilla una correcta descripción física de Mackie. Clarke se rascó la nariz.

—Venga por aquí, por favor.

Había un cuarto de interrogatorios a un lado del mostrador. Hizo pasar al hombre y cerró. A veces servía de almacén pero aquel día no había nada; sólo una mesa y dos sillas, con las paredes desnudas y ni cenicero ni papelera.

Sithing se sentó y miró intrigado el cuarto. Clarke, de rascarse la nariz había pasado a pellizcársela. Empezaba a dolerle la cabeza y se sentía exhausta.

—¿Cómo conoció al señor Mackie?

—Por pura casualidad. En uno de los paseos diarios que yo daba entonces por los Meadows.

—¿Cuándo?

—Oh, hará siete u ocho años. Hacía un espléndido día de verano y fui a sentarme en un banco en el que había un hombre... desaliñado, un vagabundo. Y empezamos a hablar. Creo que fui yo quien rompió el hielo, comentando algo sobre el buen tiempo.