Back En la oscuridad Save as PDF
Contents ( 3)
  1. PRIMERA PARTE
  2. SEGUNDA PARTE
  3. TERCERA PARTE

41

Los últimos días antes de la Nochevieja fueron una pesadilla. Lorna vendió su historia a un diario sensacionalista: «Una modelo retoza con un policía de homicidios». Menos mal que no mencionaban el nombre de Rebus.

Con aquello se arriesgaba a la marginación por parte de su marido y de su familia, pero intuía por qué lo había hecho. Ella aparecía en una foto a media página en su mejor momento, con un vestido transparente y perfectamente peinada y maquillada, quizá buscando el ansiado relanzamiento. O simplemente por exhibirse y gozar de un momento de notoriedad.

Rebus veía hundirse su carrera ante sus propios ojos. Para mantenerse en el candelero, Lorna tendría que dar nombres y Carswell arremetería contra él. Decidió ir a ver a Alasdair y hacerle una propuesta. Alasdair llamó a su hermana a High Manor y tras una conversación de cuarenta minutos logró disuadirla. Rebus devolvió el pasaporte a Alasdair y, deseándole buena suerte, le acompañó en su coche al aeropuerto. Grieve comentó antes de marchar: «Estaré en casa a tiempo para el Año Nuevo». Se dieron la mano al despedirse y Rebus le comunicó que quizá fuera necesaria su presencia como testigo. Grieve asintió con la cabeza a sabiendas de que podía negarse. O seguir rodando por el mundo...

Rebus no trabajó en Nochevieja en compensación por haber estado de servicio en Navidad. Aunque la ciudad estuvo tranquila los calabozos se llenaron. Sammy, que le envió un regalo, el CD del White álbum de Los Beatles, estaba en el sur en casa de su madre. Siobhan le dejó el suyo en el cajón de la mesa: una historia del Hibernian FC. Se dedicó a hojearlo en los ratos libres en que no estaba en la comisaría, pero además de leer el libro estuvo revisando las notas del caso para redactar un informe más estructurado para el fiscal. Acudió a algunas reuniones con los abogados del Cuerpo, quienes le comentaron que Alasdair Grieve era el único a quien se podía intentar acusar con garantías de que fuera declarado culpable por cómplice y huida de la escena del crimen...

Razón de más para que Grieve tomara el avión.

Llegó la Nochevieja y todos hablaban de lo malo que había sido el programa de la tele. Doscientos mil juerguistas llenarían quizá Princess Street pues actuaban Los Pretenders, lo que servía cuando menos de pretexto para acercarse, pero él sabía que no saldría. Al bar Oxford tampoco pensaba ir porque estaba muy cerca del alboroto y sería un engorro llegar hasta él por las barreras que habían levantado alrededor del centro. Iría a Swany's.

Recordó que cuando era niño las madres salían a la calle a fregar con lejía la escalinata de las casas para recibir al Año Nuevo con toda la casa limpia. Había bocadillos y empanadillas para los bebedores. A medianoche sonaban las campanas y la gente salía con botellas, un trozo de carbón y algo de comer. Se celebraba el Año Nuevo llamando a las puertas, cantando y «dando una vuelta». El tenía un tío que tocaba la armónica y su mujer le acompañaba cantando emocionada con lágrimas en los ojos. En la mesa había profusión de dulces y copitas, tarta al madeira, patatas fritas y cacahuetes, y en la cocina tenían zumo para los niños y, en algunas casas, cerveza casera de jengibre. La empanada de carne estaba en el horno, esperando a que la hicieran para el almuerzo. Hasta desconocidos que veían las luces llamaban a la puerta y entraban. Todos eran bien acogidos aquella noche especial en casa.