Back En la oscuridad Save as PDF
Chapters (46)
  1. PRIMERA PARTE
  2. 1
  3. 2
  4. 3
  5. 4
  6. 5
  7. 6
  8. 7
  9. 8
  10. 9
  11. 10
  12. 11
  13. 12
  14. 13
  15. 14
  16. 15
  17. SEGUNDA PARTE
  18. 16
  19. 17
  20. 18
  21. 19
  22. 20
  23. 21
  24. 22
  25. 23
  26. 24
  27. 25
  28. 26
  29. 27
  30. 28
  31. TERCERA PARTE
  32. 29
  33. 30
  34. 31
  35. 32
  36. 33
  37. 34
  38. 35
  39. 36
  40. 37
  41. 38
  42. 39
  43. 40
  44. 41
  45. 42
  46. AGRADECIMIENTOS

—¿Castigar a Mick Lorimer? Hace falta un ejército o sorprenderle con la guardia baja.

Rebus recordó algo. Volvió a llamar al hotel y le dijeron que no sabían nada de Rab Hill. Quizá fuese mejor cara a cara. Necesitaba a Hill de su parte porque era la prueba y por eso Cafferty lo tenía siempre a su lado.

Si podía encontrar a Rab Hill podría volver a encerrar a Cafferty. Eso era casi lo que más deseaba en el mundo.

—Sería como un buen regalo de Navidad —dijo en voz alta.

Hogan le preguntó a qué se refería pero él se limitó a mover la cabeza.

El señor Cowan, que les había dado la descripción del hombre que él vio aquella noche en Holyrood Road, se tomó con tiempo el reconocimiento de la rueda de sospechosos, pero al final se inclinó por Lorimer. A éste lo metieron en el calabozo y a los demás, casi todos ellos estudiantes, les dieron té con galletas antes de efectuar un segundo turno de identificación.

—Cuando me hacen falta tiarrones recurro al equipo de rugby —dijo Hogan—. La mitad de ellos son estudiantes de medicina y de derecho.

Pero Rebus no escuchaba. Estaban fumando un cigarrillo en la calle delante de la comisaría cuando llegó una ambulancia. Abrieron la puerta trasera, bajaron la rampa y apareció Derek Linford en silla de ruedas, con la cara tumefacta, la cabeza vendada y un collarín quirúrgico. Cuando laboriosamente llegó a su altura Rebus advirtió los alambres que envolvían su mandíbula. Sus pupilas estaban obnubiladas por los sedantes pero al ver a Rebus se le iluminaron y entornó los ojos. Rebus movió despacio la cabeza en un gesto de negación y de simpatía, pero Linford apartó la vista con dignidad cuando dieron la vuelta a su silla de ruedas para subirle mejor por la escalinata.

Hogan tiró el cigarrillo a la calzada justo delante de la ambulancia.

—¿Tú no entras? —preguntó y Rebus dijo que no.

—Sí, creo que será mejor.

Cuando Hogan volvió a salir se había fumado dos pitillos más.

—Bueno, ha dicho que sí, es Mick Lorimer.

—¿Puede hablar?

Hogan negó con la cabeza.

—Tiene la boca llena de placas metálicas.

—¿Qué ha dicho el abogado de Lorimer?

—Le ha hecho poca gracia. Ha preguntado qué medicamentos ha tomado Linford.

—¿Vais a acusar a Lorimer?

—Creo que sí. Para empezar, de agresión.

—¿Crees que prosperará?

Hogan infló los mofletes y soltó el aire.

—Entre tú y yo, creo que no. Lorimer no ha negado que siguiese a Linford, pero el problema es que eso plantea muchas dificultades.

—¿Por vigilancia no autorizada?

Hogan asintió con la cabeza.

—La defensa se llevaría el gato al agua. Volveré a hablar con la amiga. Tal vez si le guarda cierto rencor...

—Ella no hablará —comentó Rebus convencido—. Nunca hablan.