Back En la oscuridad Save as PDF
Chapters (46)
  1. PRIMERA PARTE
  2. 1
  3. 2
  4. 3
  5. 4
  6. 5
  7. 6
  8. 7
  9. 8
  10. 9
  11. 10
  12. 11
  13. 12
  14. 13
  15. 14
  16. 15
  17. SEGUNDA PARTE
  18. 16
  19. 17
  20. 18
  21. 19
  22. 20
  23. 21
  24. 22
  25. 23
  26. 24
  27. 25
  28. 26
  29. 27
  30. 28
  31. TERCERA PARTE
  32. 29
  33. 30
  34. 31
  35. 32
  36. 33
  37. 34
  38. 35
  39. 36
  40. 37
  41. 38
  42. 39
  43. 40
  44. 41
  45. 42
  46. AGRADECIMIENTOS

Siobhan fue al hospital. Derek Linford estaba incorporado en la cama apoyado en cuatro almohadas, con una jarra de plástico con agua y un periódico de la prensa amarilla por toda compañía.

—Te he traído unas revistas —dijo ella— pero no sabía tus temas preferidos —añadió dejando la bolsa en la cama y cogiendo una silla—. Me han dicho que no puedes hablar, pero pensé que de todas maneras tenía que venir —sonrió—. No voy a preguntarte cómo estás, porque ya se ve, pero quería decirte que no fue culpa de John. El no haría nunca una cosa así... ni consentiría que le sucediese a nadie. No es tan retorcido —hablaba sin mirarle, jugueteando con las asas de la bolsa—. Lo que pasó entre nosotros..., entre tú y yo..., fue culpa mía. Ahora lo comprendo. Culpa mía y tuya también, claro. De nada va a servir que... —prosiguió y al levantar la vista vio la rabia y el recelo en los ojos de él—. Si tú... —no pudo continuar.

Llevaba ensayado una especie de discurso pero se daba cuenta de que no iba a arreglar nada.

—Sólo debes echar la culpa al agresor —añadió volviendo a mirarle y apartando la vista—. No sé si ese odio es por mí o por John.

Le vio coger el periódico y ponerlo despacio sobre la colcha. Tenía un bolígrafo y trazó algo en la primera página. Siobhan se puso de pie para mirarlo mejor ladeando la cabeza y vio que había dibujado un círculo irregular, el más grande que pudo hacer. Comprendió enseguida que representaba al mundo. Los odiaba a todos.

—Me he perdido un partido del Hibs por venir aquí —dijo—, para que veas —él la miró—. Vale, no tiene gracia. De todos modos habría venido —añadió.

Pero él cerró los ojos como si le aburriera escuchar.

Alargó la visita dos minutos más y se marchó. En el coche recordó que tenía una llamada pendiente; llevaba el número anotado, que tardó casi veinte minutos en encontrar entre el papeleo del escritorio.

—¿Sandra?

—Sí.

—Pensé que habías ido de compras. Soy Siobhan Clarke.

—Ah.

Sandra Carnegie no parecía muy complacida de su llamada.

—Creemos que han matado a tu agresor.

—¿Cómo?

—Lo apuñalaron.

—Estupendo. Que den una medalla al que lo hizo.

—Por lo visto fue el cómplice. Le detuvimos cuando huía por la AI hacia Newcastle, y en un arrebato de remordimiento lo confesó todo.

—¿Vais a acusarle de homicidio?

—Vamos a acusarle de cuanto podamos.

—¿Y tendré que atestiguar yo?

—Es posible. Pero son buenas noticias, ¿no?

—Sí, estupendas. Gracias por avisarme.

Siobhan se quedó con el teléfono en la mano; había cortado. Profirió un exabrupto. Su ansiado triunfo del día se desvanecía.

—Déjame —dijo Rebus.