Chapters (46)
Bobby Hogan se encogió de hombros. Llevaba en el Cuerpo tanto tiempo como Rebus y los dos estaban al cabo de la calle. La detención no era más que el primer asalto, seguido casi siempre de un combate con resultado amañado.
—En cualquier caso, haremos una rueda de reconocimiento —comentó Hogan abriendo la puerta del cuarto de interrogatorios.
La comisaría de Leith no era moderna como la de Saint Leonard. Estaba instalada en un sólido edificio de estilo Victoriano tardío que a Rebus le recordaba la escuela de su infancia. Tenía muros de piedra recubiertos de innumerables capas de pintura y había tuberías a la vista por todas partes. Los cuartos de interrogatorio eran como calabozos, pequeños y deprimentes. Sentado ante una mesa, Lorimer parecía hallarse en el cuarto de estar de su propia casa.
—Quiero un abogado —dijo al verlos entrar.
—¿Te hace falta por algo? —replicó Hogan.
—Quiero un abogado —repitió Lorimer.
—¿Has visto? Es como un disco rayado —dijo Hogan mirando a Rebus.
—Que se atasca siempre en el surco equivocado.
Hogan se volvió hacia Lorimer.
—Tenemos seis horas por delante sin que tengas el menor derecho a asesor legal. Es lo que dice la ley —dijo metiendo las manos en los bolsillos del pantalón, con gesto pensado para darle a entender que era una charla entre amigos—. Mick, ahí donde lo ves —añadió mirando a Rebus— fue portero de Tommy Telford. ¿No lo sabías?
—Pues no —mintió Rebus.
—Pero tuvo que largarse al venirse abajo el imperio de Telford.
—La mano de Big Cafferty —añadió Rebus asintiendo con la cabeza.
—Sí, es sabido que a Big Ger no le gustaba la banda de Tommy Telford, ni nadie relacionado con él —añadió mirando intencionadamente a Lorimer.
Rebus se había situado delante de la mesa y se inclinó hacia ella apoyando las manos en el respaldo de la silla vacía.
—Big Ger está libre —dijo—. ¿Lo sabías, Mick?
Lorimer ni parpadeó.
—Suelto y en Edimburgo —añadió Rebus—. Si quieres puedo ponerte en contacto con él...
—Seis horas —replicó Lorimer—. No se moleste.
Rebus miró a Hogan. De momento bastaba.
Interrumpieron el interrogatorio para salir a fumar un cigarrillo.
—Pongamos que Lorimer mató a Roddy Grieve —comentó Rebus pensativo—. Móvil aparte, pensamos que detrás del crimen está Barry Hutton —Hogan hizo un gesto afirmativo—. Se plantean dos interrogantes: primero ¿tenía que matarlo? ¿No será que Lorimer se excedió porque es un tipo que una vez que empieza se ensaña? Segundo —prosiguió Rebus—, ¿tenía que quedar allí el cadáver de Grieve? ¿Por qué no intentaron esconderlo?
Hogan se encogió de hombros.
—También es el estilo de Lorimer, duro como una piedra pero bastante burro.
Rebus le miró.
—Pongamos, pues, que si jodió el asunto que le encomendaron, ¿por qué no le han castigado? Hogan sonrió.