Chapters (46)
—¿Qué es lo que hay que ver aquí? —preguntó Rebus al volver Cafferty a ponerse al volante.
Podía echar a correr, pero estaba lejos de la civilización y hecho polvo. Además, corriendo se quedaba sin resuello.
—Aquí no hay más que naves, pero están de mírame y no me toques. Más fácil para el bulldozer. Y son quinientos metros de primera línea de mar.
Cruzaron la puerta.
—Es un lugar tranquilo para charlar —añadió Cafferty.
Pero Rebus se percató de que no iban charlar. Se dio cuenta entonces. Volvió la cabeza y vio que entraba otro coche: un Ferrari rojo. Miró a Cafferty.
—¿De qué se trata?
—De negocios —respondió Cafferty con frialdad, parando el Jaguar y echando el freno de mano—. Baje —ordenó.
Rebus no se movió del asiento. Cafferty bajó del coche y dejó su puerta abierta. El otro coche paró al lado; los faros de ambos iluminaban la superficie de cemento agrietado de la explanada ante los viejos almacenes. Rebus fijó la vista en la extraña sombra que proyectaba una hierba sobre la pared de una de las naves. Abrieron su puerta y sintió que le agarraban simultáneamente al clic del cinturón de seguridad al desabrochárselo y luego lo arrastraron tirándole de un empujón al suelo helado. Alzó la vista despacio y vio tres siluetas recortadas contra los faros, de cuyas caras en sombra brotaba el vaho de las respiraciones: Cafferty y otros dos. Comenzó a incorporarse. La botella de whisky había caído fuera del coche rompiéndose al dar en el cemento. Ojalá hubiese echado un trago más cuando aún estaba a tiempo.
Recibió una fuerte patada en el pecho que le tumbó de espaldas. Echó las manos hacia atrás para mantener el equilibrio y, sin poder pararlo, recibió otro golpe en la barbilla que le dobló la cabeza hacia atrás con un crujido de las cervicales.
—No hace caso de los avisos —oyó decir a una voz que no era la de Cafferty.
Hablaba un hombre más delgado y más joven. Rebus entornó los ojos y se puso la mano abierta a modo de visera como para protegerse del sol.
—Barry Hutton, ¿verdad? —preguntó.
—¡Levántale! —vociferó por toda respuesta.
El tercer hombre alzó a Rebus sin gran esfuerzo sujetándole por detrás.
—Yo le enseñaré —dijo Hutton entre dientes.
Rebus pudo verle la cara: un rostro tenso, lleno de rabia, con los labios contraídos y la nariz fruncida. Llevaba guantes de conducir de cuero negro. Una pregunta absurda dadas las circunstancias cruzó la mente de Rebus: «¿Serán regalo de Navidad?».
Hutton le propinó un puñetazo en la mejilla que él esquivó en parte girando la cabeza, pero sintió el golpe. Había visto la cara del que le sujetaba: era Mick Lorimer.