Chapters (46)
—¿Lucas's? En verano había que hacer cola para entrar —pero era una tarde de invierno y el café tenía las luces encendidas.
—Aquí tenían antes los mejores helados del lugar —dijo Cafferty quitándose el cinturón de seguridad—. Voy a ver si los siguen teniendo.
Entró en el café, compró dos cucuruchos de vainilla y los llevó al coche. Rebus se pellizcó la nariz, moviendo la cabeza con incredulidad.
—Hace un rato Callan quería matarme y ahora nos tomamos un helado.
—Las pequeñas cosas son la sal de la vida, ¿no se ha percatado? —dijo Cafferty, que ya atacaba su helado—. Si hubiera carreras podríamos hacer unas apuestas.
Se refería a otra de las atracciones de Musselburgh: las carreras de caballos.
Rebus probó el helado.
—Dime algo de Hutton; algo que me sirva.
Cafferty reflexionó.
—Viajecitos pagados a miembros del ayuntamiento —dijo—. Todos los que se dedican a esa clase de negocio necesitan amigos —añadió, haciendo una pausa—. La ciudad cambia pero las cosas siguen funcionando igual.
Barry Hutton fue de compras. Aparcó en el Saint James Centre y entró en una tienda de informática, en los almacenes John Lewis, y luego salió a Princess Street hasta Jenners, cerca de allí, donde compró ropa mientras Derek Linford fingía examinar un muestrario de corbatas. Había muchos clientes y Linford sabía que no había visto que lo seguía. Era la primera vez que hacía un seguimiento pero se sabía la teórica. Se compró una corbata naranja claro con rayas verdes y se la puso en lugar de la granate que llevaba.
El hombre con quien Hutton habló en el aparcamiento de su empresa llevaba una corbata granate: corbata distinta, hombre distinto.
Hutton cruzó la calle y entró en el hotel Balmoral a tomar el té con un hombre y una mujer. Vio que abrían carteras: negocios. A continuación volvió al coche para dirigirse al puente de Waverley; comenzaba la hora punta y el tráfico era más intenso. Hutton aparcó en Market Street y fue a la entrada trasera del hotel Carlton Highland con una bolsa de deportes. Deducción lógica: gimnasio. Linford sabía que el hotel tenía uno donde él estuvo a punto de inscribirse, pero le había disuadido el precio. En su momento le había animado la idea de conocer a la plana mayor de la ciudad, pero era muy caro.
Se dispuso a esperar. En la guantera tenía una botella de agua, aunque no podía beber, no fuera a ser que Hutton saliera y él estuviera orinando. Y menos comer. Su estómago protestaba. No había tomado más que un café... Buscó en la guantera y encontró una barrita de chicle.
«Bon appétit», se dijo mientras la desenvolvía.