Back En la oscuridad Save as PDF
Chapters (46)
  1. PRIMERA PARTE
  2. 1
  3. 2
  4. 3
  5. 4
  6. 5
  7. 6
  8. 7
  9. 8
  10. 9
  11. 10
  12. 11
  13. 12
  14. 13
  15. 14
  16. 15
  17. SEGUNDA PARTE
  18. 16
  19. 17
  20. 18
  21. 19
  22. 20
  23. 21
  24. 22
  25. 23
  26. 24
  27. 25
  28. 26
  29. 27
  30. 28
  31. TERCERA PARTE
  32. 29
  33. 30
  34. 31
  35. 32
  36. 33
  37. 34
  38. 35
  39. 36
  40. 37
  41. 38
  42. 39
  43. 40
  44. 41
  45. 42
  46. AGRADECIMIENTOS

La cama en que yacía Archie Ure no estaba ubicada en su dormitorio, pues para evitar que subiera y bajara la escalera, la habían trasladado al comedor, del que habían sacado al vestíbulo la mesa, recogiendo las sillas patas arriba en su pulida superficie. En el cuarto flotaba el olor a enfermo dentro de esa atmósfera viciada con tufo a sudor y a mal aliento. Encontraron al paciente incorporado y respirando con dificultad. El médico había finalizado el reconocimiento y Ure, conectado al electrocardiógrafo, tenía desabrochada la chaqueta del pijama para dar paso a los cables que finalizaban en unos círculos adhesivos de color carne. Su pecho era poco velloso y al ritmo de su fatigosa respiración parecía un fuelle pinchado.

El abogado de Ure era un tal Cameron Whyte, un individuo bajito de aspecto puntilloso con quien, según la esposa del concejal, tenían amistad desde hacía treinta años. Estaba sentado junto a la cama con la cartera en las rodillas y sobre ella un bloc de notas nuevo tamaño folio. Hicieron las presentaciones pero Rebus no estrechó la mano a Archie Ure aunque sí le preguntó qué tal se encontraba.

—Bastante bien hasta plantearse esta situación absurda —contestó con brusquedad.

—Trataremos de solventarlo lo más rápido posible —replicó Rebus.

Ure lanzó un gruñido y Cameron Whyte hizo unas preguntas previas mientras Rebus abría una de las dos cajas que llevaba para sacar la grabadora. Era un aparato engorroso, pero gracias a él obtendrían dos copias del interrogatorio con la fecha y hora. Rebus explicó a Whyte el procedimiento y el abogado observó cómo ajustaba fecha y hora y abría los estuches de dos cintas nuevas. Tuvieron dificultades con el cable, que casi no alcanzaba al enchufe de la pared, y con el doble micrófono, que sólo llegaba hasta el borde de la cama. Rebus cambió de posición su silla formando un estrecho triángulo con el abogado y el enfermo, y colocó el micrófono sobre el edredón, preparativos que consumieron casi veinte minutos. Por su parte no había prisa y esperaba que la meticulosa preparación indujera a retirarse a la señora Ure, quien, efectivamente, salió un momento pero para regresar con una bandeja con tazas y una tetera, y, tras servir con toda intención al médico y al abogado, dijo secamente a los policías: «Sírvanse». Siobhan, sonriente, así lo hizo y volvió a situarse junto a la puerta pues no había silla para ella ni cabía en el cuarto. El médico ocupaba la que estaba a la cabecera de la cama junto al electrocardiógrafo. Era joven, tenía el pelo pajizo y parecía divertirle todo aquello.