Chapters (46)
Junto a la puerta estaba el perrillo de la vieja, Eric, al que dio una patada en el culo al abrirla, y se echó a reír mientras la madre de Jayne, por encima de los lamentos del animalito, le gritaba una sarta de insultos.
De vuelta al piso hizo otro reconocimiento a ver si le había dejado alguna pista, pero no había ninguna nota y vio que se había llevado la mitad de sus vestidos. No era un arrebato, prueba de ello era que una de las cajas en que conservaba sus singles estaba en el suelo al lado de unas tijeras; pero estaban intactos. ¿Sería una oferta de paz? Había tirado al suelo cosas de las estanterías, pero pensó que más bien por la precipitación. Miró en la nevera: quedaba queso, margarina y leche, pero ni una cerveza, y en los armaritos tampoco había nada de beber. Fue al sofá a vaciarse los bolsillos: tres libras y calderilla. Santo cielo, ¿cuándo le llegaba el giro del desempleo? Faltaba casi una semana... Era viernes y no tenía más que aquellas tres libras. Rebuscó en los cajones, entre los almohadones del sofá y debajo de la cama y encontró ochenta peniques.
Desde el tablón de la cocina le contemplaban las facturas del gas, de la luz, el impuesto municipal; sin contar las del alquiler y el teléfono, que no sabía dónde estaban. La del teléfono la habían recibido aquella mañana y él le había reprochado a Jayne que se pasase tres horas hablando con su madre si vivía a la vuelta de la esquina.
Volvió al cuarto de estar y puso Stranded [Abandonado (a su suerte) ] de The Saints; la cara B era más rápida: No Time |No queda tiempo]. Pero él tenía tiempo de sobra, aunque se sentía totalmente abandonado.
A continuación puso Grip [Apretar] de The Stranglers y pensó si no estrangularía a Jayne por hacerle aquello.
«Contrólate», se dijo.
Se preparó un té y se puso a reflexionar sobre las alternativas, pero no tenía la cabeza para nada. Se tumbó otra vez en el sofá. Al menos ahora podía poner música cuando le apeteciera. Jayne no había dejado ninguna de las cintas suyas: Eurythmics, Celine Dion, Phil Collins. ¡Que se fuera con viento fresco! Fue hasta la puerta de Tofu en el descansillo y le preguntó si tenía «costo». Tofu le dijo que le vendía cien gramos.
—Sólo quiero para un porro. Te lo devolveré.
—¿Cuando te lo hayas fumado?
—Bueno, quiero decir que ya te lo pagaré.
—Sí, claro. Igual que me pagaste el del miércoles.
—Venga, Tofu, una pizca.
—Lo siento, colega, a Tofu no le gorreas más.
—Esto no lo olvidaré. Tenlo en cuenta —replicó amenazando.