Chapters (46)
—Conocía la violencia en la carretera, pero la del aparcamiento es una novedad para mí. Tendrán que rehacer el código de la circulación para usted —dijo mirando al Sierra y apuntando la matrícula—. No hace falta que me diga el nombre, ya lo averiguaré yo por la matrícula.
—Me llamo Nic Hughes.
—Bien, señor Hughes, ¿está lo bastante tranquilo para que hablemos?
—Sin ningún problema. Es que tenía prisa —dijo señalando el edificio—. ¿Tiene algo que ver con...?
—No tengo por qué darle explicaciones.
—No, claro, por supuesto; es que... —balbució desconcertado.
—Más vale que acuda a esa reunión.
En aquel momento se movió la puerta giratoria y salió Barry Hutton abrochándose la americana. Linford lo conocía por los periódicos.
—De todas maneras, ya me marchaba —añadió Hughes sonriente dándole a la llave de contacto—. Tiene todo el sitio a su disposición.
Hughes se apartó y en ese momento fue cuando reparó en Hutton, que abría su coche, un Ferrari rojo.
—Me cago en la leche, Nic, tenías que estar arriba.
—Voy ahora mismo, Barry.
Hutton miró a Linford, frunció el entrecejo y chasqueó la lengua.
—¿Permites que te quiten el sitio, Nic? No eres lo que yo pensaba —dijo Hutton sonriente subiendo al Ferrari, pero volvió a bajar y se acercó al BMW.
«Lo he fastidiado todo —pensó Linford—. Ahora me conoce y sabe el coche que llevo. Seguirlo va a ser de pesadilla... No hagas que se sulfuren... Quédate con la cara de la gente.» Bueno, tenía la cara del conductor del Cosworth y el premio de un Barry Hutton de pie junto al BMW apuntándole con el dedo.
—Es usted un poli, ¿verdad? No sé por qué pero se les nota aunque lleven un coche así. Escuche, ya hablé con los otros dos y no tengo más que decir, ¿de acuerdo?
Linford asintió despacio con la cabeza. «Los otros dos»: Wylie y Hood.
—Muy bien —añadió Hutton dando media vuelta.
Linford y Hughes le vieron poner en marcha el motor del Ferrari con su ruido sordo como el que hacen las monedas en la banca y Hutton arrancó dejando una estela de polvo en el aparcamiento.
Hughes seguía mirando a Linford y éste le sostuvo la mirada.
—¿Desea algo? —le preguntó.
—¿Qué es lo que pasa? —replicó el hombre a duras penas. Linford movió la cabeza por la pírrica victoria y metió la marcha. Se alejó despacio del aparcamiento pensando en si valía la pena seguir de cerca a Hutton. Miró a Hughes por el retrovisor. Había algo raro en aquel hombre. No se había tranquilizado al ver su identificación, más bien se había asustado.