Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
El hombre le miró como si en su vida le hubiesen preguntado algo semejante.
—Papeleo —espetó, mirando en derredor a lo que se almacenaba allí—. Todo es necesario, si no, yo estaría de más. —Sonrió—. Venga por aquí.
Condujo a Rebus por un pasillo de cajas, dobló a la derecha y finalmente, tras un momento de duda, giraron a la izquierda y desembocaron en un claro donde estaba sentado Brian Holmes ante una especie de pupitre escolar, con tintero y todo. A falta de silla había recurrido a un cajón puesto del revés y estaba acodado sobre el pupitre con la cabeza entre las manos. Una lámpara en el improvisado escritorio iluminaba la escena. El empleado tosió.
—Alguien quiere verle.
Holmes se giró y se levantó al ver de quién se trataba. Rebus se volvió hacia el hombre.
—Gracias por guiarme.
—No tiene importancia. No hay muchas visitas.
El hombrecillo se alejó arrastrando los pies, dejando oír sus pasos.
—No temas —comentó Holmes—, he dejado un reguero de migas para saber volver. ¿No es el lugar más siniestro que has visto? —añadió mirando en derredor.
—Uno de ellos —replicó Rebus—. Brian, hay un problema —dijo—. Se armará una buena.
—Cuenta.
—El subdirector va a abrir una investigación sobre el caso Spaven previa a su revisión. Y se la ha encargado precisamente a alguien con quien hace poco me enemisté.
—Una tontería por tu parte.
—Sí. Pero no tardarán en venir a por los archivadores. Y no quiero que vengan a por ti.
Holmes miró los apretados cartapacios y la tinta negra desvaída de sus tapas.
—Podrían perderse los archivadores, ¿no?
—Podrían. Pero hay dos problemas. Uno: que resultaría muy sospechoso. Dos: supongo que el de la entrada sabe cuáles estás revisando.
—Cierto —admitió Holmes—. Y los tiene apuntados en su lista.
—Con tu nombre.
—Podríamos intentar untarle.
—No me parece ese tipo de persona. No está aquí por dinero, ¿no crees?
Holmes adoptó una actitud dubitativa. Su aspecto era horrible: mal afeitado, despeinado y sucio. Y enormes ojeras.
—Mira —dijo al fin—, voy por la mitad... o más. Si me quedo hoy el tiempo que haga falta y acelero la lectura, quizá mañana haya acabado.
Rebus asintió con la cabeza pausadamente.
— ¿Qué impresión tienes hasta el momento?
Sentía casi temor de tocar los archivadores y hojearlos. Más que historia era arqueología.