que el oro inglés nos compra y vende cual fardo de truhanes en una nación.
Robert Burns, Fareweel to a' Our Scottish Fame
Si tienes los Arrestos... para decir «Yo puedo reescribir la historia según mis criterios», puedes salirte con la tuya.
James Ellroy
(Letras mayúsculas del autor)
Capital desierta
Cansada por los siglos esta capital vacía resopla cual fiera dormida y enjaulada, soñando libertad sin creer en ella...
Sydney Goodsir Smith, Kynd Kittock's Land
Capítulo 1
—Dígame otra vez por qué las mató.
—Ya se lo he dicho, por impulso.
—Antes, dijo que fue por compulsión —replicó Rebus repasando sus anotaciones.
La figura derrengada de la silla asintió con la cabeza. Desprendía mal olor.
—Impulso o compulsión, qué más da.
— ¿Ah, sí? —comentó Rebus, apagando la colilla. Había en el cenicero tantas, que algunas, rebosándolo, habían caído en el escritorio metálico—. Háblenos de la primera víctima.
El individuo que tenía enfrente gruñó. Su nombre era William Crawford Shand, alias Craw, un cuarentón soltero que vivía solo en un bloque de viviendas subvencionadas de Craigmillar y que llevaba seis años en el paro. Se hurgaba con dedos temblorosos el pelo moreno grasiento, en ademán de cubrirse una incipiente coronilla.
—La primera víctima —insistió Rebus—. Cuéntenos.
«Cuéntenos» porque había otro hombre del Departamento de Investigación Criminal (DIC) en la «galletera». Era Maclay, y Rebus apenas sabía nada de él. Lo cierto es que aún no conocía muy bien a nadie en Craigmillar. Maclay, recostado en la pared, con los brazos cruzados, entornaba al máximo los ojos. Parecía una pieza de maquinaria en reposo.
—La estrangulé.
— ¿Con qué?
—Con un trozo de cuerda.
— ¿De dónde sacó la cuerda?
—La compré en una tienda, no recuerdo dónde.
Pausa de tres compases.
— ¿Y qué hizo después?
— ¿Cuando ya estaba muerta? —preguntó Shand rebulléndose ligeramente en la silla—. Le quité la ropa y mantuve relaciones con ella.
— ¿Con un cadáver?
—Aún estaba caliente.
Rebus se puso en pie y fue como si el chirrido de la silla contra las baldosas acobardase a Shand. Nada más fácil.
— ¿Dónde la mató?
—En un parque.
—En un parque, ¿de dónde?
—Cerca de su casa.
— ¿En qué sitio?
—En la calle Polmuir de Aberdeen.
— ¿Y qué hacía usted en Aberdeen, señor Shand?
Se encogió de hombros. Pasó los dedos por el canto de la mesa, dejando manchas de sudor y grasa.
—Tenga cuidado —dijo Rebus—. Son cantos afilados y podría cortarse.
Bufido de Maclay. Rebus se arrimó a la pared y le miró interrogante. Maclay asintió ligeramente con la cabeza y Rebus volvió a la mesa.
—Descríbanos el parque —dijo, apoyándose en el borde del escritorio y encendiendo otro cigarrillo.
—Pues, un parque. Con árboles, con césped; un parque donde juegan los críos.
— ¿De esos que cierran las puertas?
— ¿Cómo?
—Ya era de noche. ¿Estaban cerradas las puertas?
—No me acuerdo.
—No se acuerda. —Hizo una pausa de dos compases—. ¿Dónde la conoció?
Craw respondió precipitadamente:
—En una discoteca.