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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

—Que no ha mejorado tu mecanografía. No, hay algo chungo, por lo que he leído entre líneas. Redactando el caso a tu manera, me he dado cuenta de a quién encubres exactamente. No eras muy sutil en aquel entonces. La versión de Geddes queda mejor, tiene más soltura. Se permite enrollarse sobre el asunto. Lo que yo quisiera saber es qué sucedió en principio entre él y Spaven. Me dijiste que estuvieron los dos en Birmania o algo así. ¿Por qué se enemistaron? Si lo averiguásemos sabríamos hasta qué extremo Geddes se sentía agraviado y hasta dónde estaba decidido a llegar.

Rebus volvió a dar una palmada amortiguada de admiración.

—Es un buen enfoque.

—Dame un día más y a ver qué saco. Quiero hacerte este favor.

— ¿Y si te pillan?

—Ya sabré salir, no te preocupes.

Sonó el busca de Rebus y miró a Holmes.

—Cuanto antes te marches, antes habré acabado —dijo Holmes.

Rebus le dio una palmada en la espalda y se perdió entre las hileras de estanterías. Brian Holmes era realmente un amigo. Resultaba difícil ver en él al personaje que había maltratado a Mental Minto. Pero la esquizofrenia era una condición intrínseca en la policía; se daba fácilmente la doble personalidad...

Preguntó al empleado si podía usar el teléfono y llamó desde uno que había en la pared.

—Soy el inspector Rebus.

—Sí, inspector. Creo que trataba usted de localizar a la inspectora jefe Templer.

—Sí.

—Bien, pues, a ver... está en un restaurante de Ratho.

Rebus colgó airado, maldiciéndose por no haberlo pensado.

El viento había barrido el embarcadero de madera donde depositaron el cadáver de McLure y no quedaban indicios del macabro suceso. Los patos volvían a surcar las aguas, una embarcación acababa de zarpar con media docena de turistas y los comensales miraban desde el restaurante aquellas dos figuras a orillas del canal.

—Llevo medio día de reuniones —dijo Gill— y sólo hace media hora que me he enterado. ¿Qué pasó?

Hablaba con las manos en los bolsillos de la gabardina, una Burberry beige. Parecía triste.

—El forense lo dirá. McLure presentaba una brecha en la cabeza, pero eso no significa gran cosa. Pudo golpearse al resbalar.

—O le golpearon y le empujaron.

—O se tiró —agregó Rebus con un estremecimiento. Aquella muerte le recordaba las posibles disyuntivas del caso Mitchison—. Creo que lo único que vamos a sacar en limpio con la autopsia es si estaba vivo al caer al agua. Y probablemente lo estaba; lo que sigue sin aclarar si ha sido accidente, suicidio o porrazo y empujón.

Gill giró sobre sus talones y se dirigió hacia el camino de sirga. Le dio alcance. Volvía a llover en gotas finas, dispersas, y contempló cómo caían en la gabardina de ella, oscureciéndola poco a poco.