Una noche se presentó en casa de Rebus y le pidió un favor. Tenía aspecto de haber estado una semana sin dormir ni mudarse de ropa. Le contó que había seguido a Spaven y que acababa de verle entrar en un garaje de Stockbridge, donde seguramente podían sorprenderle si se daban prisa. Rebus sabía que aquél no era modo de actuar, saltándose el reglamento, pero Geddes, tembloroso, le imploraba con ojos de loco, y se le fue totalmente de la cabeza la orden de registro y todo lo demás. Rebus insistió en tomar él el volante y seguir las indicaciones de Geddes.
Encontraron a Spaven en el garaje, rodeado de montones de cajas con género de un atraco a un almacén de South Queens–ferry en noviembre: radio–relojes digitales, a los que Spaven estaba colocando el cable para venderlos por pubs y clubes. Detrás de unas cajas Geddes descubrió una bolsa de plástico con un sombrero de mujer y un bolso beige, posteriormente identificados como pertenecientes a Elsie Rhind.
Spaven proclamó su inocencia desde el momento en que Geddes alzó del suelo la bolsa de plástico, inquiriendo qué había dentro. Y no dejó de proclamarla a lo largo de la investigación, durante el juicio y cuando le conducían al calabozo después de que le condenaran a cadena perpetua. Comparecieron los dos ante el tribunal; Geddes, ya tranquilo y radiante de satisfacción, y Rebus, un tanto incómodo. Su declaración fue una historia inventada: un aviso anónimo sobre un cargamento de artículos robados; pura suerte... Quedaba bien y mal al mismo tiempo. Lawson Geddes nunca más habló del asunto, cosa extraña, pues, ante una copa, era costumbre charlar de los casos, estuvieran resueltos o no. Luego, para sorpresa de todos, Geddes dejó la policía cuando apenas le faltaban dos años para el ascenso y optó por irse a trabajar a la tienda de licores de su padre, donde hacían descuento a los agentes de policía; ganó algo de dinero y se jubiló tan feliz a los cincuenta y cinco. Desde hacía diez años vivía en compañía de su mujer Etta en Lanzarote.
Desde su marcha Rebus sólo había recibido una postal: en Lanzarote había «escasez de agua potable, pero de sobra para suavizar un whisky, y los vinos Torres no requerían adulteración»; y un paisaje casi lunar, «ceniza negra volcánica, ¡buena excusa para no tener que cuidar de un jardín!». No había vuelto a tener noticias y Geddes no daba dirección alguna en la isla. No tenía mucha importancia: las amistades vienen y van. Había sido útil conocer a Geddes en su momento; había aprendido mucho de él.
Don 't Look Back [ 4 ], había cantado Dylan.
Volvió al presente: las luces deslumbrantes del espectáculo. Contuvo las lágrimas y se apartó del escenario camino del entoldado. Astros del pop con sus séquitos, encantados del acoso de la prensa y la tele. Fogonazos y micrófonos, preguntas. Espuma de champán. Rebus se limpió unas salpicaduras del hombro y decidió que era hora de volver al coche.