—Por cierto —dijo Ancram—, creo que tiene algunos problemas con el caso Spaven. Lo he leído en los periódicos —añadió con una sonrisa maliciosa.
—Una campaña orquestada para un programa de la tele. —Fue el único comentario de Rebus.
—Chick, tenemos más problemas con los NSA —comentó Eggleston.
Era alto, delgado y estirado. A Rebus le recordaba a un contable; seguro que era eficiente en el papeleo y un inútil en la calle. Pero en todas las comisarías tenía que haber uno así.
—Es una plaga —gruñó Lennox.
—Un problema social, señores —comentó Ancram—. Y, por consiguiente, un problema para nosotros.
— ¿Los NSA?
Ancram se volvió hacia Rebus.
—Los que No Se Alojan; sin domicilio. El Ayuntamiento ha ido echando a la calle a muchos «inquilinos problemáticos», se niega a darles casa y no les permite la entrada en centros de acogida nocturna. Son casi todos drogadictos y chiflados, «psicológicamente trastornados» que vuelven al seno de la comunidad. Pero la comunidad les dice que se vayan a la mierda y andan por la calle dando la lata y creándonos problemas. Desnudándose en público, picándose una sobredosis de diazepam en la vena y qué sé yo.
—Es repugnante —terció Lennox.
Era un pelirrojo de cabellos rizados y mejillas carmesí, pecoso, de cejas y pestañas claras. El único de la mesa que fumaba. Rebus encendió un cigarrillo para secundarle y Jack Morton le dirigió una mirada de reproche.
— ¿Y qué pueden hacer? —inquirió Rebus.
—Pues —contestó Ancram—, vamos a meterlos a todos el próximo fin de semana en varios autobuses y los soltaremos en Princes Street.
Rieron, mirando a Rebus, y a Ancram, que llevaba la batuta. Rebus miró su reloj de pulsera.
— ¿Tiene que ir a algún sitio?
—Sí, se me hace tarde.
—Bien, escuche —dijo Ancram—, si le invitan a casa de Tío Joe, quiero que me lo diga. Me encontrará aquí esta tarde entre las siete y las diez. ¿De acuerdo?
Rebus le dirigió una inclinación de cabeza, dijo adiós a los demás con la mano y abandonó The Lobby.
Afuera se sintió mejor y empezó a caminar sin rumbo fijo. El centro de la ciudad era como en Norteamérica, una red urbana con calles de una sola dirección. Pero si Edimburgo tenía monumentos, Glasgow estaba construido a una escala tan monumental que, a su lado, la capital parecía de juguete. Siguió caminando hasta encontrar un bar que le gustara. Necesitaba un refuerzo para el viaje que iba a emprender. Había un televisor a bajo volumen pero no música; la gente conversaba en voz baja. A su lado dos hombres hablaban con un acento tan cerrado que no podía entenderles. La única mujer del local era la camarera.
— ¿Qué va a ser?
—Un Grouse doble. Y una botella pequeña para llevar.
Echó un poco de agua en el vaso y pensó que de haber comido allí un par de empanadas con dos whiskies le habría costado la mitad que en The Lobby. Bueno, había pagado Ancram: tres billetes nuevecitos de cinco libras salidos del bolsillo de su elegante traje.