Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Ya los subían, y Rebus y Ford salieron a verlo. Ford con el casco puesto, pero Rebus, que no acababa de ajustárselo bien, lo llevaba en la mano. De arriba sólo podía caerle la lluvia, que ya amenazaba. Lumsden y Eric estaban ya con los otros, mirando. Vieron subir los últimos escalones a las desaliñadas figuras. A pesar de los impermeables venían chorreando por culpa de las mangueras. Rebus reconoció a alguien: la de las trencitas, otra vez. Parecía melancólica y al borde de la cólera. Se acercó para que le viera.
—Esta no es manera de encontrarnos —dijo.
Pero ella ni le miraba. De pronto gritó: «;AHORA!», escabullándose hacia la izquierda y sacando la mano del bolsillo, en la que ya llevaba una esposa puesta, cerró la otra anilla en el pasamanos de la plataforma, secundada por dos compañeros. Tras lo cual, reanudaron los tres las protestas a voz en grito. Los otros dos pudieron ser reducidos antes de que hicieran lo mismo, y de paso les esposaron ambas manos.
— ¿Quién tiene las llaves? —gritaba uno de los trabajadores.
— ¡Las hemos dejado en tierra!
— ¡Joder! —exclamó el hombre, volviéndose hacia un compañero—. Tráete el soplete. No te preocupes —añadió mirando a la de las trencitas—, aunque te quemen las chispas, te soltamos en un periquete.
Ella, indiferente, seguía gritando consignas con los demás. Rebus sonrió. Era de admirar. El caballo de Troya trabado.
Llegó el soplete. Rebus no acababa de creerse que fueran por las bravas, y se volvió hacia Lumsden.
—Tú, chitón —le previno el de Aberdeen—. ¿No recuerdas lo que te dije de su propia ley? Nosotros no intervenimos.
Encendieron el soplete mientras un helicóptero sobrevolaba la escena y Rebus se debatía en su interior, casi ya decidido, a tirar el soplete al mar.
— ¡Joder, la tele!
Alzaron todos la cabeza. El helicóptero descendía hacia ellos enfocándoles con una cámara de vídeo.
—Las putas noticias de la tele.
«Ah, sensacional —pensó Rebus—. Esto sí que es en directo. In fraganti, John, y en el noticiario televisivo. Quizá pudiera enviarle una postal a Ancram...»
Capítulo 19
Una vez de vuelta en Aberdeen, aún le parecía notar el suelo moviéndose bajo sus pies. Lumsden se había marchado a casa tras arrancarle la promesa de que se fuera al día siguiente.
Él se abstuvo de decirle que a lo mejor volvía.