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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Llamó a St. Leonard desde Fettes con mano temblorosa. Pero Gill no estaba y nadie sabía dónde se encontraba. Dejó el recado en centralita y a continuación pidió que le pusieran con el DIC. Contestó Siobhan.

— ¿Está ahí Brian?

—Hace dos horas que no lo veo. ¿Es que tramáis algo?

—Lo único que se trama es joderme. Si lo ves, dile que me llame. Y a Gill Templer también.

Colgó antes de que ella comentara nada. Seguramente se habría ofrecido a ayudar y en ese momento no quería implicar a nadie más. Mentir para protegerse..., mentir para proteger a Gill Templen.. A Gill... tenía que hacerle unas preguntas. Preguntas urgentes. Llamó a su casa y le dejó un mensaje en el contestador; acto seguido, marcó el número de casa de Holmes. Salió otro contestador y dejó el mismo mensaje: «Llámame».

«Alto. Piensa un momento.»

Le había pedido a Holmes que echase un vistazo al caso Spaven, lo que implicaba revisar los archivos. Cuando la comisaría de Great London Road se incendió muchos se perdieron, pero los antiguos no, porque ya los habían trasladado para hacer sitio. Los tenían almacenados con los demás casos antiguos, todos los viejos esqueletos, en una nave cerca de Granton Harbour. Era de suponer que Holmes ya los habría localizado, o quizá no...

De Fettes al almacén había diez minutos. Él llegó en siete. Sonrió satisfecho al ver en el aparcamiento el coche de Holmes. Se dirigió a la puerta principal, la empujó y se encontró en un amplio espacio con escasa luz en el que resonaban sus pasos. Filas de estanterías metálicas verdes llenas de cajas de cartón con la historia de la policía de Lothian y Borders —y de la policía de la ciudad de Edimburgo hasta su desaparición— entre los años cincuenta y setenta. Seguía llegando documentación y había cajones de madera con rótulos casi desprendidos, a la espera de que los vaciaran. Al parecer estaba en marcha una renovación y ahora sustituían las cajas de cartón por otras de plástico con tapa. Un viejecillo muy atildado, con bigote negro y gafas de culo de botella, vino a su encuentro.

— ¿En qué puedo servirle?

Era el prototipo del «oficinista». Cuando no miraba al suelo atisbaba más allá de la oreja derecha de Rebus. Llevaba un guardapolvo de nailon gris y camisa blanca de cuello gastado con corbata de tweed verde. Por el bolsillo superior del guardapolvo asomaban lápices y bolígrafos.

Rebus le mostró su tarjeta de identificación.

—Busco a un colega, el inspector Holmes. Creo que está revisando casos antiguos.

El hombre examinó la tarjeta, cogió una carpeta sujetapapeles y apuntó el nombre y rango de Rebus con la fecha y hora de llegada.

— ¿Es imprescindible? —inquirió él.