Sonó su teléfono. Descolgó, arrepintiéndose de inmediato.
— ¿Inspector Rebus? —Una voz de secretaria—. ¿Puede venir mañana a Fettes para una reunión?
Rebus sintió un escalofrío en la columna vertebral.
— ¿Una reunión de qué?
—No lo sé. —La voz era neutra y risueña—. Es a petición de la oficina del ACC.
El subdirector Colin Carswell, adjunto del jefe de policía, era de Yorkshire, lo más parecido a un escocés que puede ser un inglés. Llevaba en la dirección territorial dos años y medio y hasta el momento nadie había hablado mal de él, lo que le hacía merecedor de aparecer en el libro Guinness. Había habido un poco de desorganización durante los meses siguientes a la dimisión del anterior director hasta el nombramiento de otro nuevo, pero Carswell supo hacerse con el timón, aunque algunos opinaban que era excesivamente apto, por lo que nunca llegaría a ser jefe supremo. En la territorial de Lothian y Borders solían presumir de un jefe supremo y dos ayudantes, pero uno de éstos había pasado a ocupar el cargo de director de Servicios Corporativos, empleo que nadie del cuerpo sabía en qué consistía.
— ¿A qué hora?
—A las dos. No le entretendrán mucho.
— ¿Y habrá té con galletas? Si no, no voy.
Hubo un silencio y después un suspiro al advertir que era broma.
—Veremos qué puede hacerse, inspector.
Rebus colgó. Volvió a sonar y cogió el auricular.
— ¿John? Soy Gill. ¿Recibiste mi mensaje?
—Sí, gracias.
—Ah. Pensé que me llamarías.
—Hum...
—John, ¿sucede algo?
—No lo sé —dijo, alzando los hombros—. El subdirector quiere verme.
— ¿Para qué?
Suspiró.
— ¿Qué has hecho ahora?
—Nada en absoluto, Gill. Es la pura verdad.
— ¿Ya te has ganado enemigos?
En ese momento entraron Bain y Maclay. Rebus les saludó con la cabeza.
—De enemigos nada. ¿Por qué, crees que he cometido alguna pifia?
Maclay y Bain se despojaban de la chaqueta como ajenos a la conversación.
—Escucha, el mensaje que te dejé...
—Diga, inspector jefe.
Maclay y Bain dejaron de fingir.
— ¿Podemos vernos?
— ¿Por qué no? ¿Hoy, para cenar?
—Hoy... bueno, ¿por qué no?
Ella vivía en Morningside y Rebus en Marchmont: se citaron en Tollcross.
—A las ocho y media en el restaurante indio de Brougham Street —dijo él—. Ese de persianas de listones.
—Muy bien.
—Nos vemos allí, inspector jefe.
Bain y Maclay estuvieron durante un par de minutos dedicados a sus asuntos hasta que Bain tosió, tragó saliva y dijo:
— ¿Qué tal la ciudad de la lluvia?
—Salí con vida.
— ¿Has averiguado algo sobre Tío Joe y Tony El? —preguntó Bain, llevándose la mano a la cicatriz bajo el ojo.
—Pues sí y no —respondió Rebus, encogiéndose de hombros.
—Vale, no cuentes nada —terció Maclay.
Era gracioso verle sentado en una silla a la que habían serrado tres centímetros las patas para que cupieran sus piernas bajo el escritorio. La primera vez que Rebus reparó en ello le preguntó por qué no había alzado la mesa. Maclay no había caído en ello; lo de serrar las patas de la silla había sido idea de Bain.