Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
—Son sólo unas preguntas, señor. Dese prisa.
Al descorrer el otro agente las cortinas de par en par, la luz hirió sus ojos somnolientos. El policía parecía arrobado ante el panorama.
—Hace unas cuantas noches hubo una pelea en el parque, ¿recuerdas, Bill?
Su compañero se acercó también a la ventana.
—Y hace quince días se tiró uno del puente y dio de lleno en Denburn Road.
—Menudo susto se llevó la mujer del coche.
Sonrieron los dos al recordarlo.
Rebus se puso en pie y miró en torno suyo, pensando qué llevarse.
—Será rápido, señor.
Ahora le sonreían. Tenía retortijones de estómago y trató de no pensar en las asaduras de cordero en avena y especias ni en el cranachan... Ni en el vino y el whisky...
— ¿Se siente indispuesto, señor?
El policía se mostraba solícito en extremo.
Capítulo 20
—Soy el inspector jefe Edward Grogan. Tenemos que hacerle unas preguntas, inspector Rebus.
«Eso es lo que me dicen todos», pensó, y permaneció cruzado de brazos con cara de mala leche. Ted Grogan. Ya había oído hablar de él: un cabronazo. Y lo parecía: cuello de toro y calvo, más parecido a Frazier que a Alí. Ojos pequeños y labios gruesos; luchador callejero de frente abombada, simiesca.
—Al sargento Lumsden ya lo conoce.
El mencionado estaba sentado junto a la puerta con la cabeza gacha y las piernas abiertas. Parecía agotado e incómodo. Grogan se sentaba frente a Rebus, detrás de la mesa. Era una «galletera», aunque allí seguramente la llamarían de otro modo.
—Bueno, no hay tiempo para andarse con rodeos —dijo Grogan, tan cómodo en la silla como un semental Aberdeen de concurso—. ¿Cómo se hizo esas contusiones?
—Ya se lo conté a Lumsden.
—Pues ahora cuéntemelo a mí.
—Me atacaron unos recaderos. Y el aviso fue un culatazo.
— ¿Y las otras señales?
—Me tiraron por encima de un muro y en la caída me clavé unas zarzas. Tengo el costado lleno de rasguños.
— ¿Ocurrió tal como dice?
—Claro. Mire, le agradezco su preocupación, pero...
—No es eso lo que nos preocupa, inspector. El sargento Lumsden dice que la otra noche le dejó cerca del puerto.
—Exacto.
—Y tengo entendido que se había ofrecido a llevarle al hotel.
—Es posible.
—Y que usted no quiso.
Rebus miró a Lumsden. «¿Qué coño pasa aquí?» Pero Lumsden continuaba mirando al suelo.
—Me apetecía pasear.
— ¿De vuelta al hotel?
—Sí.
— ¿Y cuando volvía, le pegaron?
—Con una pistola.
— ¿En Aberdeen, inspector?
Lo observó con una mezcla de simpatía e incredulidad.
—Hay más de un Aberdeen. No sé qué tiene esto que ver con nada.
—Tenga paciencia. ¿Así que regresó al hotel?
—Al carísimo hotel que me buscó la policía de Grampian.