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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

Ya en su habitación, volvió a repasar la lista que había recopilado. Comprobar la dirección de las empresas y sus actividades no sería difícil... ya lo haría. Al día siguiente tenía una reunión en Edimburgo y aprovecharía el viaje para hacer algo en relación con John Rebus. Miró el teletexto una última vez antes de acostarse. Después de apagar la luz, descorrió las cortinas y se tumbó en la cama. Había estrellas; algunas tan brillantes que se veían a pesar del alumbrado de la calle, y también otras muchas muertas, como decían los astrónomos. Había tantas cosas muertas en la vida, ¿qué importaba una más?

Nada en absoluto. Nada.

Capítulo 22

Fueron a Howdendall en el coche de Morton. Rebus en el asiento de atrás, llamándole «chofer». Era un Peugeot 405 negro brillante, versión turbo, con tres años. Rebus hizo caso omiso del letrero «No fumar» y encendió un pitillo, aunque abrió la ventanilla. Morton no dijo nada ni miró por el retrovisor. En la cama no había dormido bien: sudaba y sentía las sábanas como una camisa de fuerza. Aparte de haberse despertado casi cada hora con pesadillas de persecución que le hacían saltar al suelo, desnudo y temblando.

Morton, por su parte, se quejó en primer lugar de tortícolis. La segunda queja se centró en la cocina, por la nevera vacía y todo lo demás. Y no podía salir a comprar sin Rebus. En definitiva, que fueron directamente al coche.

—Me muero de hambre —dijo.

—Pues para y comemos algo.

Hicieron un alto en una panadería de Liberton para comprar pastas con salchicha, café y mostachones y se sentaron a comerlos en el coche aparcado en la línea amarilla de una parada de autobuses, que llegaban y frenaban casi rozándoles, como dando a entender que se fueran de allí. Algunos con letreros de «Ceda el paso» en la parte de atrás.

—Los autobuses tienen un pase —dijo Morton—. Son los conductores a quienes no trago.

—Aquí quien da el cante no son los autobuses —comentó Rebus.

—Sí que estás jovial esta mañana.

—Jack, cierra el pico y arranca.

En Howdendall le estaban esperando. El equipo del registro de la víspera había confiscado en el piso todos sus zapatos para que los de la policía científica los comparasen, inútilmente, claro, con las huellas de pisadas del escenario de los crímenes de Johnny Biblia. Lo primero que le dijeron es que se quitara los que llevaba puestos para darle unos chanclos de plástico e informarle que se los devolverían antes de marcharse. Los chanclos eran demasiado grandes e incómodos, y como le bailaba el pie tuvo que encoger los dedos para sujetarlos.