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Chapters (45)
  1. Agradecimientos
  2. Capital desierta
  3. Capítulo 1
  4. Capítulo 2
  5. Capítulo 3
  6. Capítulo 4
  7. Susurro de lluvia
  8. Capítulo 5
  9. Capítulo 6
  10. Capítulo 7
  11. Capítulo 8
  12. Capítulo 9
  13. Capítulo 10
  14. Capítulo 11
  15. Ciudad granito
  16. Capítulo 12
  17. Capítulo 13
  18. Capítulo 14
  19. Capítulo 15
  20. Capítulo 16
  21. Capítulo 17
  22. Crudo muerto
  23. Capítulo 18
  24. Capítulo 19
  25. Capítulo 20
  26. El terror en sueños
  27. Capítulo 21
  28. Capítulo 22
  29. Capítulo 23
  30. Capítulo 24
  31. Capítulo 25
  32. Capítulo 26
  33. Capítulo 27
  34. Al norte del infierno
  35. Capítulo 28
  36. Capítulo 29
  37. Capítulo 30
  38. Capítulo 31
  39. Capítulo 32
  40. Capítulo 33
  41. Capítulo 34
  42. Capítulo 35
  43. Capítulo 36
  44. EPÍLOGO
  45. Notas

—Sólo un número de teléfono. De la comisaría de Lerwick. Supongo que existe.

—Sí. Bajo los auspicios de la División Norte. El año pasado hubo una conferencia y se quejaron de tener que hacer servicio de vigilancia en Orkney y Shetland.

—Gill...

—Lo estaba mirando mientras hablaba.

Le dio el número y él lo anotó en el bloc.

—Gracias, Gill. Adiós.

— ¿John!

Pero él colgó.

— ¿Cómo andas de calderilla, Jack?

Morton sacó unas monedas y Rebus las cogió casi todas y llamó a Lerwick para preguntar si podían dejarles un coche durante medio día. Explicó que era un asunto de asesinato de Lothian y Borders, pero nada del otro mundo: se trataba de interrogar a un amigo de la víctima.

—Es que un coche... ahora... —respondieron como si Rebus hubiese pedido una nave espacial—. ¿Cuándo piensan llegar?

—Vamos en un helicóptero que sale de aquí dentro de una media hora.

— ¿Son dos?

—Dos. No nos mande un motorista —dijo Rebus.

Se oyeron risas al otro extremo de la línea.

— ¡No, hombre, no!

— ¿Puede ser?

—Bueno, puedo hacer algo. El único problema es que los coches estén de servicio. A veces nos llaman del fin del mundo.

—Si no hay nadie esperándonos cuando lleguemos, vuelvo a llamar.

—Eso. Hasta luego.

Cuando volvieron al mostrador les dijeron que les habían acomodado en un vuelo que salía al cabo de treinta y cinco minutos.

—Nunca he subido en un helicóptero —dijo Morton.

—Una experiencia que nunca olvidarás.

Morton frunció el ceño.

— ¿No puedes decirlo con menos énfasis? —se quejó.

Capítulo 29

Había media docena de aviones en el aeropuerto de Sumburgh y el mismo número de helicópteros, la mayor parte conectados como por un cordón umbilical a su correspondiente cisterna de carburante. Rebus entró en la terminal de Wilsness abriéndose la cremallera del traje salvavidas y observó que Morton seguía en la pista contemplando el paisaje costero de la isla plana y desolada. Se había levantado un fuerte viento y Morton se encogía para resguardarse. Estaba pálido y tenía el estómago algo revuelto. Esta vez Rebus había procurado durante todo el vuelo no pensar en el copioso desayuno. Morton vio al fin las señas que le hacía y fue hasta él.

—Qué azul está el mar.

—Del mismo color que se pone uno si se queda afuera dos minutos.

—Y el cielo... es increíble.

—No te pongas en plan new age, Jack. Vamos a quitarnos estos trajes. Creo que ha llegado nuestro acompañante con el Escort.