Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
Grogan dijo que harían averiguaciones y darían la alerta a puertos y aeropuertos. No veía qué más podían hacer. Enviarían a alguien a que hablase con la señora Slocum y quizá registrasen minuciosamente la casa... Mañana o pasado mañana. Grogan no parecía muy entusiasta. Ya había resuelto un caso de asesinatos en serie y no se mostraba muy predispuesto a perseguir fantasmas.
Rebus se encontró con Morton en la cantina, tomando un té y comiendo patatas fritas con judías.
— ¿Dónde has estado?
Se sentó a su lado.
—Por ahí, a ver si ligaba como tú.
Morton sacudió la cabeza.
—Pues mira, estuve a punto de proponerle que fuéramos a un hotel.
— ¿Y por qué no lo hiciste?
Morton se encogió de hombros.
—Me dijo que no se fiaba de los hombres que no beben. ¿Qué te parece si regresamos?
—Bueno.
—John, ¿dónde has estado?
—Te lo cuento por el camino. Así no te duermes...
Capítulo 36
Al día siguiente, después de dormir unas horas en el sillón, Rebus telefoneó a Brian Holmes. Quería saber cómo estaba y si se habían desvanecido las amenazas de Ancram tras la carta de Geddes. Contestó inmediatamente una voz de mujer:
—Diga.
Era Nell. Discretamente, Rebus volvió a colgar. Había vuelto. ¿Aceptaba el trabajo de Brian? ¿O él le había prometido dejarlo? Ya se enteraría.
Morton estaba dando vueltas por el piso. Sabía que había terminado su tarea de «cuidador», pero había pasado allí la noche porque estaba demasiado cansado para recorrer los kilómetros que faltaban hasta Falkirk.
—Gracias a Dios que es fin de semana —dijo mesándose el cabello—. ¿Tienes algún plan concreto?
—Creo que me asomaré a Fettes a ver cómo está el asunto de Ancram.
—Buena idea. Te acompaño.
Esta vez cogieron el coche de Rebus. Pero al llegar a Fettes el despacho de Ancram estaba vacío y no había señal de que hubiera estado allí. Rebus telefoneó a Govan y le pusieron con él.
— ¿Se ha acabado el asunto? —preguntó.
—Redactaré el informe —respondió Ancram—. Seguro que su jefe querrá hablar con usted.
— ¿Y Brian Holmes?
—Lo mencionaré en el informe.
— ¿Todo?
—Óigame, Rebus, ¿es listo o tiene suerte?
— ¿Hay alguna diferencia?
—Ya ha fastidiado bastante las cosas. Si hubiéramos seguido con lo de Tío Joe habríamos podido cazar al topo.
—Y ahora han cazado a Tío Joe. —Gruñido de Ancram—. ¿Sabe quién es el topo?
—Tengo la corazonada de que es Lennox. Le conoce usted de aquel día en el Lobby. Pero no tengo pruebas.
El sargento Andy Lennox; el de las pecas y los ricitos. El sempiterno problema: jurídicamente no basta con saber. Y la ley escocesa era aún más estricta: exige que se corrobore.
—Otra vez será, ¿no? —dijo Rebus y colgó.