Chapters (45)
- Agradecimientos
- Capital desierta
- Capítulo 1
- Capítulo 2
- Capítulo 3
- Capítulo 4
- Susurro de lluvia
- Capítulo 5
- Capítulo 6
- Capítulo 7
- Capítulo 8
- Capítulo 9
- Capítulo 10
- Capítulo 11
- Ciudad granito
- Capítulo 12
- Capítulo 13
- Capítulo 14
- Capítulo 15
- Capítulo 16
- Capítulo 17
- Crudo muerto
- Capítulo 18
- Capítulo 19
- Capítulo 20
- El terror en sueños
- Capítulo 21
- Capítulo 22
- Capítulo 23
- Capítulo 24
- Capítulo 25
- Capítulo 26
- Capítulo 27
- Al norte del infierno
- Capítulo 28
- Capítulo 29
- Capítulo 30
- Capítulo 31
- Capítulo 32
- Capítulo 33
- Capítulo 34
- Capítulo 35
- Capítulo 36
- EPÍLOGO
- Notas
— ¿No? Qué raro, a mí me contó que usted le llamó para interrogarle cuando el caso Spaven. ¿Algo que alegar, inspector? —añadió con sonrisa sarcástica—. No, no creo.
Cerró la puerta y oyó cómo bajaba las escaleras; después, volvió al cuarto de estar y, de pie ante la ventana, miró hacia la calle. La vio doblar a la derecha hacia el Meadows en busca de un taxi. No había señales del coche de Stevens. Clavó la mirada en su propio reflejo. Ella conocía el vínculo entre Spaven y McLure y sabía que él había interrogado a McLure. Era justamente la clase de munición que le vendría bien a Chick Ancram. Su propio reflejo le miraba, burlonamente tranquilo. Le costó un gran esfuerzo no estampar el puño contra el cristal.
Capítulo 11
Se puso en marcha —blanco móvil, etc.— venciendo la galbana de la resaca matinal. Lo primero que hizo fue meter alguna cosa en la maleta y dejarse el busca en la repisa de la chimenea.
En el taller en que generalmente pasaba la ITV le hicieron un hueco para dar un repaso al Saab: neumáticos y niveles. Quince minutos, quince libras. La única pega que encontraron era que la dirección estaba floja.
—Como mi modo de conducir —les comentó.
Tenía que hacer llamadas, pero no desde el piso ni desde Fort Apache u otra comisaría. Pensó en los pubs que abrían a primera hora, pero eran como oficinas y sabían que solía llamar desde allí: Ancram le podía localizar fácilmente. Se decidió por la lavandería, rechazando al entrar la oferta de la semana: un lavado con el diez por ciento de descuento. «Oferta promocional.» ¿Desde cuándo necesitaban las lavanderías hacer ofertas de promoción?
Fue a la máquina a cambiar un billete de cinco libras en monedas, sacó café y un bizcocho de chocolate en otra y arrimó una silla al teléfono de la pared. Primera llamada: a casa de Brian Holmes, último recurso de su «investigación». No contestaban. No dejó mensaje. Segunda llamada: a Holmes al trabajo. Disimuló la voz y escuchó a un joven agente decirle que Brian aún no había llegado.
— ¿Quiere dejar algún mensaje?
Rebus colgó sin contestar. A lo mejor Brian estaba en su casa trabajando en la «revisión» y no cogía el teléfono. Podía ser. Tercera llamada: a Gill Templer en su despacho.
—Departamento de Investigación Criminal, Templer al habla.
—Soy John —dijo Rebus, mirando en torno a él.
Dos clientes embebidos en sus revistas, ruido sordo de motores y centrifugadoras. Olía a suavizante, la encargada echaba detergente en una máquina y se oía una radio al fondo: Double Barrel de Dave y Ansel Collins. Una letra estúpida.
— ¿Quieres las últimas noticias?
— ¿Para qué iba a telefonear, si no?